19.8.12

Bardos, juglares, torvadores y troveros

Bardo, compositor, arpista y poeta céltico. Actuaba como transmisor oral de la historia, crítico político, artista y poeta oficial. Su misión era loar las epopeyas nacionales. Los poemas pasaban por transmisión oral de unos bardos a otros, aunque cada uno agregaba toques personales al texto. Para memorizarlos utilizaban ciertas fórmulas como frases hechas y la repetición de versos o grupos de versos. La tradición de los bardos célticos se remonta a la antigüedad, aunque proliferó sobre todo durante la edad media y prerrenacimiento en Gales e Irlanda. Muchos bardos vivían en casas acomodadas, otros eran itinerantes. Los bardos de Bretaña y de la Galia eran considerados una clase social aparte y disfrutaban de sus propios privilegios. Tuvieron especial importancia en Gales, donde solían pertenecer a la nobleza y formaban gremios que fijaban pautas para escribir y recitar. Considerados por los ingleses como políticamente peligrosos, estos gremios llegaron a estar fuera de la ley en varias ocasiones y poco a poco fueron desapareciendo. No obstante, la reunión anual de poetas y músicos galeses, en Eisteddfod, renació en el siglo XIX y continúa hoy día. Algunos textos se conservan desde el periodo medieval, no ocurre lo mismo con la música. Artistas similares han existido en distintas culturas: los gusan armenios, los guslari eslavos o los aedos de la Grecia homérica.

Juglar, artista profesional del entretenimiento en la Europa medieval, dotado para tocar instrumentos, cantar, contar historias y hacer acrobacias, así como otros trucos de la actuación. La nobleza solía emplear muchos juglares, pero la mayoría eran itinerantes. A partir de 1300 comenzaron a formar gremios en los pueblos. Estos artistas recibieron el nombre de juglares alrededor de 1100, y a menudo se les solía contratar para interpretar canciones escritas por trovadores y troveros.

Los juglares se dedicaban a llevar de ciudad en ciudad las noticias sobre las luchas, las novedades de los palacios de los reyes y hasta los chismes de los nobles. Eran la mayor, mejor y más actualizada fuente de información, así que todo el mundo los escuchaba: la gente del pueblo se reunía en las plazas y los reyes los invitaban a sus cortes. Muchas veces sus relatos eran largos; si habían presenciado alguna batalla importante o un casamiento, por ejemplo, daban todos los detalles del suceso. Entonces, para que no fuera tan aburrido, montaban un verdadero espectáculo con bailes, malabares, chistes. Y para que no fuera tan difícil recordar todo lo que tenían que contar, lo cantaban: como todas las canciones, esos relatos estaban armados en verso.

Trovadores y troveros.

Los trovadores eran poetas líricos en lengua provenzal y poetas líricos en francés antiguo. El término deriva del verbo trobar (componer versos). Su actividad se desarrolla en Francia entre finales del siglo XI y finales del siglo XIII. Los trovadores, afincados en la región de Provenza, se inspiraron en el antiguo concepto griego de poema lírico como composición vocal. La poesía de los trovadores figura entre las primeras muestras literarias en una lengua distinta del latín, lengua literaria por excelencia durante la edad media. Sus poemas emplean nuevas formas, melodías y ritmos, originales o copiados, de la música popular. El primer trovador del que se tiene noticia fue Guillermo IX de Aquitania. La mayoría de los 400 trovadores que vivieron en esta época fueron nobles o reyes para quienes componer e interpretar canciones era una manifestación más del ideal caballeresco. La música de los trovadores desapareció progresivamente a lo largo del siglo XIII con la destrucción de los reinos del sur de Francia durante las guerras religiosas, que culminaron con la derrota de los albigenses por el poder papal.

Originalmente, los trovadores cantaban sus poemas en la corte y a menudo celebraban competiciones o torneos musicales; más tarde contrataron a músicos itinerantes, los llamados juglares, para interpretar sus obras. Entre sus temas predilectos figuran el amor, la caballería, la religión, la política, la guerra, los funerales y la naturaleza. Sus formas de versificación eran la cansón (por lo general de amor cortés), la tensón (diálogos o debates), el serventesio (canción política o satírica), el planto (canto fúnebre o endecha), el alba (canción matinal) y la serena (canción nocturna). El acompañamiento musical se interpretaba generalmente con instrumentos de cuerda como la viella (violín medieval) o el laúd. La notación indicaba el tono, pero no el tiempo o el ritmo. En la actualidad se conservan unas 300 melodías y cerca de 2.600 poemas trovadorescos. La música de los trovadores influyó de manera decisiva en el desarrollo de la música profana medieval.

Los troveros desarrollaron su actividad en el norte de Francia y su obra incluye canciones de gesta y poesía cortesana. Sus canciones estaban muy influidas por los trovadores, enviados al norte de Francia en torno a 1137 por Leonor de Aquitania, nieta de Guillermo de Poitiers. Leonor se estableció en la corte parisina tras contraer matrimonio con el rey Luis VII, y trajo consigo a los poetas y músicos de su tierra natal. Los troveros empezaron por copiar y adaptar las obras de los trovadores y más tarde desarrollaron un género propio, similar en su temática y su forma musical al de los trovadores, aunque de carácter más épico. Se conservan cerca de 1.400 melodías y 4.000 poemas escritos por los troveros, el más famoso de los cuales fue Adam de la Halle.

Lírica galaico-portuguesa. Cantigas

COMPOSICIONES GALAICO-PORTUGUESAS


Desde mediados del siglo XII hasta el siglo XIV floreció en la zona de Galicia y Portugal principalmente el género conocido como lírica galaico-portuguesa. Estos versos eran cantados por trovadores, segreles y juglares en las cortes de los reyes. Las cortes de Alfonso IX, Fernando III, Alfonso X, Sancho IV, Alfonso III de Portugal, Alfonso XI , Don Denis y Alfonso IV de Portugal favorecieron el ejercicio de la poesía, permitiendo así el nacimiento y despliegue de este género.

La influencia más marcada proviene de Francia, de la región de Provenza. Allí, se había cultivado la poesía trovadoresca y su expansión hacia las costas occidentales de la península ibérica se vió altamente favorecida por el camino de Santiago.

Existieron dos vertientes de lírica galaico-portuguesa: una profana y otra religiosa. Dentro de la lírica religiosa encontramos las Cantigas de Santa María, que son composiciones hechas en alabanza a la Virgen. Las mismas constituyen el corpus de poesía mariana medieval más relevante de toda la Península. Fueron compuestas en la corte de Afonso X, el Sabio, (“o úneco Rei sabio que no trono de España tive asento”) quien se encargó de la dirección y, en ocasiones, de la propia elaboración. Ejemplifican el prestigio alcanzado por el idioma gallego como lengua literaria a finales del siglo XIII.

Por otro lado, dentro de la lírica profana, encontramos a su vez una subdivision según el género: erótico y epigramático. Dentro del género erótico encontramos dos tipos de cantigas: las cantigas de amor y las cantigas de amigo. El género epigramático posee, también, dos tipos de cantigas: las cantigas de maldecir y las cantigas de escarnio.
 
Género erótico:

•Cantigas de amigo:

Estos cantares tratan temas populares en los que la mujer recuerda a su amado. En las mismas se puede ver la pena por la lejanía de su hombre, por la demora del encuentro, el recuerdo apasionado de su amado y otras situaciones en las cuales el aspecto negativo del sufrimiento por el amor se manifiesta claramente. No es la mujer la que escribe sino el varón, pero todas las cantigas de amigo, ya sean dialogadas o monologadas, están puestas en la voz de una mujer. Este artificioso proceso artístico expresa los sentimientos amorosos que el hombre imagina que la mujer experimenta. Hay cantigas monologadas, en las que sólo se expresa la voz de la mujer; y dialogadas, en las cuales la mujer establece una conversación ya sea con su madre, con una amiga o con un amigo en donde se intercambian palabras sobre la pena amorosa, las entrevistas con su amigo, su tardanza en regresar a casa, la oposición de sus padres, la infidelidad y la timidez que ella siente.

Características de los recursos de las cantigas de amigo:


El recurso por excelencia que emplean las cantigas de amigo es el paralelismo o liexa-pren. El mismo consiste en el despliegue de un núcleo originario inicial en una serie de estrofas. En el fondo de la cantiga hay una repetición ya sea de palabras, de estructuras sintácticas/ rítmicas o de conceptos. Se parte de una estrofa inicial que suele tener dos versos y un estribillo corto y el mismo se repite a lo largo de la composición.

Ondas do mar de Vigo,

se uistes meu amigo.
E ay Deus, se uerrá cedo.

Ondas do mar leuado,
se vistes meu amado.
E ay Deus, se uerrá cedo.

Se uistes meu amigo,
o por que eu sospiro.
E ay Deus, se uerrá cedo.

Se uistes meu amado,
por que ei gran coidado.
E ay Deus, se uerrá cedo.

(traducción)
Olas del mar de Vigo,
¿habéis visto a mi amigo?
Y, ¡ay Dios, si vendrá pronto!

Olas del mar airado,
¿habéis visto a mi amado?
Y, ¡ay Dios, si vendrá pronto!

¿Habéis visto a mi amigo,
por el que yo suspiro?
Y, ¡ay Dios, si vendrá pronto!

¿Habéis visto a mi amado,
el que me inquieta tanto?
Y, ¡ay Dios, si vendrá pronto!

(Fuente: Martín Códax, pliego Vindel, Cancionero da Ajuda.)


•Cantigas de amor:

En la voz de un hombre se expresa este mismo sufrimiento amoroso que se ve en las cantigas de amigo. Llevan el sello de la influencia provenzal en las formas “fazer bem - fazer mal” a pesar de su raíz peninsular traducida. También en estas cantigas hay una reflexión sobre el amor, aunque aquí también se incluyen reflexiones sobre la mujer amada.

En estas cantigas, el paralelismo se deja de lado dando lugar al caudal poético en estrofas, con un número indeterminado de ellas.

Vemos un claro ejemplo del protagonismo masculino en este tipo de cantigas en la Cantiga de Bernal de Bonaval que a continuación se transcribe:


A dona que eu am' e tenho por senhor
amostrade-mh-a, Deus, se vos em prazer for,
se non dade-mh-a morte.

A que tenh'eu por lume d'estes olhos meus
e por que choran sempr' , amostrade-mh-a Deus,
se non dade-mh-a morte.

Essa que vós fezestes melhor parecer
de quantas sey, ay Deus!, fazede-mh-a veer,
se non dade-mh-a morte.

Ai, Deus! qui mh-a fezestes mays ca mim amar,
mostrade-mh-a u possa com ela falar,
se nom dade-mh-a morte.

(traducción)
La mujer que yo amo y tengo por señora
Mostrádmela, Dios, hacedme el favor,
Sino dádme la muerte.

La que tengo por luz de estos ojos míos
Y por la que lloran siempre, mostrádmela, Dios,
Sino dádme la muerte.

Esa que vos hiciste mejor parecer
De cuantas hay, ay Dios, hacédmela ver,
Sino dádme la muerte.

Ay Dios, que me hiciste amarla más que a mí,
mostrádmela y que pueda con ella hablar,
Sino dádme la muerte

(Fuente: Mª Luisa Indini (ed.) (1978): Bernal de Bonaval. Poesie. Bari: Adriatica Editrice, pp. 113-114. )

Es válido aclarar que las cantigas de amigo son consideradas expresiones populares mientras que las cantigas de amor tienen un matiz culto, a pesar de estar ambas en lengua gallego-portuguesa.


Género epigramático:

La sátira ocupa un puesto relevante en el panorama de la poesía medieval galaico-portuguesa como contrapunto (unas veces censor, otras moralista y hasta irreverente) de la poesía de amor y del conjunto de andamiaje temático y retórico. Cabe destacar la temática que éstas cantigas abarcan pasando de relaciones homosexuales, arrogancia de poderíos, violencia, injusticias contra los débiles, ignorancia, injurias personales, excesos por parte de miembros de la nobleza. Se manifiestan en este tipo de poesía una temática que más que reflejar una realidad socio-cultural, ilustra un juego social.

Se conocen dos clases dentro de estas cantigas:

•Cantigas de escarnio:

En estas cantigas, el trovador hace críticas sobre una persona sin citar su nombre generalmente (siendo fácilmente reconocido por la sociedad), de forma encubierta, con palabras de doble sentido para no ser entendido con claridad; de modo tal que en algunas es necesario un verdadero análisis filológico para percibir su intención. En otras, el significado se explica al final. Son un juego de ingenio, cortesanas y poco sinceras. Pueden contener una referencia clara y despiadada o bien pueden adoptar una actitud irónica.

En estas composiciones se ven también, con lenguaje sarcástico y a veces hasta procaz, distintas alusiones a temas cotidianos ridiculizados, como por ejemplo, el bufonesco papel de las gárgolas en las catedrales góticas.

Ai, dona fea, fostes-vos queixar
que vos nunca louv' en [o] meu cantar;
mais ora quero fazer um cantar
en que vos loarei toda via;

e vedes como vos quero loar;
dona fea, velha e sandia!
Dona fea, se Deus me perdon,
pois avedes [a] tan gran coraçon
que vos eu loe, en esta razon
vos quero loar toda via;
e vedes qual será a loaçon
dona fea, velha e sandia!

Dona fea, nunca vos eu loei
en meu trobar, pero muito trobei;
mais ora já un bon cantar farei,
en que vos loarei toda via;
e direi-vos como vos loarei:
dona fea, velha e sandia!

(traducción)
Ay, mujer fea, fuístete a quejar
Que a vos nunca os loé en mi cantar
Pero ahora quiero hacer un cantar
En el que os loaré toda la vida
Y verás como os quiero loar:
mujer fea, vieja y loca!
mujer fea, si Dios me perdona,
Porque tiene tan gran corazón
Que a vos os loe, en esta razón
A vos quiero loaros toda la vida;
Y verás cual es el loor
mujer fea, vieja y loca!
mujer fea, nunca os loé
en mi trovar, pero mucho trové;
ora un buen cantar haré,
En el cual a vos os loaré toda la vida,
Y os diré loándoos:
Mujer fea, vieja y loca

(Fuente: M. Rodrigues Lapa: Cantigas de Joham de Guilhade, Cancionero Colocci-Brancuti)

- Cantigas de maldecir:

Las cantigas de maldecir expresan vivamente su intención: “dizer mal”. No hay confusión de sentidos, son más sinceras y llevan consigo en ocasiones una misión moralizadora. Con las críticas dirigidas a las instituciones y a quienes las representan (Dios y el mal Papa, la abadía y el mal abad, el monarca y quien lo substituye), son frecuentes la censura y las alusiones a los vicios “anticorteses” (en primer lugar la avaricia, luego la escasa profesionalidad de los trovadores y juglares culpables de no saber componer canciones de altura). Hay uso de palabras gorseras empleadas para ofender a las personas aludidas.

En la cantiga que se transcribe se observa la utilización de insultos y la ridiculización del personaje a quien va dirigida la misma:


O que foi passar a serra
é non quis servir a terra,
é ora, entrant' a guerra,
que faroneja?

Pois el agora tan muito erra,
maldito seja!

O que levou os dinheiros
e non troux' os cavaleiros,
é por non ir nos primeiros
que faroneja?

Pois que ven cõnos prestumeiros,
maldito seja!

O que filhou gran soldada
e nunca fez cavalgada,
é por non ir a Graada
que faroneja?

Se é rie' omen ou á mesnada,
maldito seja!

O que meteu na taleiga
pouc' aver e muita meiga,
é por non entrar na Veiga
que faroneja?

Pois chus mol[e] é que manteiga,
maldito seja!

(Fuente: M. Rodrigues Lapa (ed.) (1970): Cantigas d`escarnho e de mal dizer dos cancioneiros medievais galego-portugueses, 2ª ed., Vigo: Galaxia, pp. 13-16.)

EspejoLaVirgen y El Toro

Cultura y escritura iberas y celtas


1. Ahora ve y escribe tu nombre en alfabeto ibero en el siguiente sitio:
http://www.enciclopedia-aragonesa.com/monograficos/pueblos_prerromanos/interactivos/Nombreibero.htm

2. Imprímelo e inclúyelo en tu carpeta.

3. Entra a este sitio, consulta los nombres iberos y celtas que ahí se muestran y copia algunos en tu carpeta.

4. Explora el mismo sitio en los temas que te interesen (universo celta, orígenes, tradiciones, mitos y leyendas, etc.) y haz un reseña de los temas que hayas consultado.

5. Visita este sencillo sitio multimedia para observar algunos aspectos de la cultura ibera:
http://www.enciclopedia-aragonesa.com/monograficos/pueblos_prerromanos/interactivos/PobladoIbero.htm

6. Y esta presentación de diapositivas:
https://picasaweb.google.com/ceipnuestro/PresentacionIberos#slideshow/5333602477382361810 

Para cada consulta haz una breve reseña de lo observado en tu cuaderno.

29.12.11

La cueva de la Mora

Gustavo Adolfo Bécquer
I
Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio, que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si sonaba a hueco y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones, con la idea de encontrar la entrada de alguno de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.
Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.
Sin embargo, uuna tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en los alto de la roca sobre la que se asienta el castillo,renuncié a subir a ella, y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor, separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que, después que anduve algunos pasos, vi era un subterráneo abierto a pico.
No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente los accidentes de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda, había descubierto uno de esos caminos secretos, tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas o coger, estando sitiados, el agua del río que corre allí inmediato.
Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes: de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
—¡Penetrar en la cueva de la Mora! —me dijo, como asombrado al oír mi pregunta—. ¿Quien había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?
—¡Un ánima! —exclamé yo, sonriéndome—. ¿El ánima de quién?
— El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.
Por explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él había alguna historieta, y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo, a mi vez, se la voy a referir a mis lectores.
II
Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, tuvo lugar junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte, hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verle, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su estraña melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero que cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer, ora hacía los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, hizo llamar a sus hombres de guerra y, después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole en el fondo de sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que, al fin, logró encender en el pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.
Y, en efecto, sucedió así: el alcaide allegó de los lugares comarcanos y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
El castillo podía llamarse con razón inexpugnable. Solo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta juraron perecer en su defensa.
Los moros impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con la ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo, moribundo, y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, se levantó una piedra como movida de un impulso sobrenatural y por la boca que dejó ver al levantarse, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al fondo del subterráneo.
III
Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío, y dijo:
—¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!
Y en su delirio precursor de la muerte, de sus labios secos, al pasar por los cuales silbaba la respiración sólo se oían salir estas palabras angustiosas:
—¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que, una vez rendida la fortaleza, buscaban en vano por todas partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio. Sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y exhaló un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparados sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su razón y, conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió sus ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía y, sin acercársela a los labios, preguntó a la mora:
—¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión y, si me salvo, salvarte conmigo?
La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal invocando el nombre del Todopoderoso.
Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.

Mística Española. Renacimiento.

Poemas de San Juan de la CruzCANCIONES DEL ALMA... [ I ]

En una noche oscura
con ansias en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada,

a oscuras y segura
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
ni yo miraba cosa
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía
en sitio donde nadie aparecía.

¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
y en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

CANCIONES DEL ALMA... [ II ]

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!,
matando muerte en vida la has trocado.

¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido
que estaba oscuro y ciego
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!

Poemas de Santa Teresa de Jesús

VIVO SIN VIVIR EN MÍ

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga:
quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no me seas molesta,
mira que sólo me resta,
para ganarte perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
que es la vida verdadera,
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva:
muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.

27.11.11

Generación del '98

Introducción. El año de 1898 y la crisis española
Fernando Montesdeoca

Los escritores no tuvieron la culpa. O no directamente al menos.
Se le llama generación del ’98 a un conjunto de escritores españoles diversos entre sí que, sin embargo, compartieron algunas características en sus obras.
Se le llama Generación del ’98 porque dentro del contexto de una época de crisis generalizada en España, en ese año ocurre un acontecimiento contundente: España pierde sus último territorios americanos.
¿Cómo los pierde? En una guerra con el país equivocado: Estados Unidos. Claro que Estados Unidos no era aún la potencia que es ahora; y España, por desgracia, ya no era la potencia que había sido antes.
¿Por qué empezó la guerra? Porque Cuba, que aún era colonia española, inició, desde 1895, un proceso para independizarse de España, que reprimió el levantamiento. Estados Unidos, según esto, se preocupó por las injusticias y los derechos humanas y todas esas cuestiones que siempre dicen defender: la libertad, la autodeterminación de los pueblos, los derechos, en fin; así que mandó un barco de guerra a echar un ojo por ahí, también porque había negocios y ciudadanos americanos viviendo en Cuba, y bueno, eran sus intereses. El chiste es que de repente, quién sabe por qué, quién sabe de dónde, hubo una explosión y el barco se hundió. Era un barco de guerra, el Maine, y que no que quién fue y que cómo y que quién se quedó dormido y todo eso, y pues no: resulta que investigaron y que habían puesto una mina desde afuera. ¿Quién?, se preguntaron los gringos. ¿Quién? Pues los españoles. Hicieron escándalo y declararon la guerra. Los españoles dijeron que no. Que la explosión se había originado desde adentro del barco y que no tenían nada que ver. ¿A quién creerle?
Claro, ya que los Estados Unidos ganaron la guerra, que duró unos tres meses, se quedaron, como indemnización, con los territorios de las Filipinas, Puerto Rico y Guam. A lo mejor se pregunta, pero ¿cómo?, ¿si el pleito era en Cuba que tienen que ver esos lugares? Antes del conflicto Estados Unidos había querido comprar las islas de Cuba y Puerto Rico sin conseguirlo. Al final con la guerra consiguió más. De todos modos no se quedó con Cuba, que a partir de entonces consolidó su independencia de España. Hoy todavía Puerto Rico es territorio de los Estados Unidos y por eso los portorriqueños pueden irse a Estados Unidos sin problemas, porque son ciudadanos. Ya allá parece que hacen mafias, delincuencia y otras cosas, pero bueno, no todo les sale siempre bien a los gringos. Hay portorriqueños, además, que son buenos ciudadanos, ¿no? Guam sigue siendo territorio de Estados Unidos, sólo que a diferencia de Puerto Rico y Cuba, que están en el Golfo de México, Guam se encuentra en el Pacífico, igual que Filipinas. Después de la segunda guerra mundial Filipinas se convirtió en una república independiente.
En cuanto a la época de inestabilidad que afecta a España, y a la forma de ver y expresarse de los escritores de la generación del ’98, se conoce, de manera general como La Regencia, y abarca del año 1885, en que muere el rey Alfonso XII, hasta la mayoría de edad de su hijo, Alfonso XIII, que en 1902 sube al trono. La regencia es la forma de gobierno en la cual María Cristina de Hasburgo, viuda de Alfonso XII, y embarazada, ocupa el papel de reina regente, en ausencia de un sucesor legítimo. De todos modos no gobierna ella de modo directo, sino a través de diversos partidos políticos que se sucedieron en el poder. La crisis española no corresponde exclusivamente a este periodo, sino que tiene antecedentes y se continúa más allá de la regencia hasta la Guerra Civil Española de los años ’30 que culmina en el franquismo.

María Cristina de Hasburgo, viuda de Alfonso XII, embarazada, sube al poder como reina regente gobierno por turno de partidos , conflicto con otros partidos y fuerzas políticas sistema de partidos apoyar a la regente, extranjera y sin experiencia
se refiere a una época de crisis general en España Esta generación de escritores españoles se refiere al año de 1898. La fecha se refiere al año en que España entró en guerra con los Estados Unidos por la disputa de algunas colonias americanas. España perdió en esta guerra y perdió con ella las colonias.
Así que el año de 1898 resulta un año simbólico del proceso general de crisis y decadencia de la sociedad española, por la pérdida material de los últimos territorios americanos. Se puede decir que es el acontecimiento crítico más notorio.

1. Antecedentes literarios. Romanticismo

Son muchos. Primero está el Romanticismo. Este movimiento tiene antecedentes literarios desde el siglo XVIII, en lo que se conoce como prerromanticismo, el cual se manifiesta, por ejemplo, en el género de la novela sentimental, como La nueva Eloísa, de Jean-Jacques Rousseau, el mismo autor de El contrato social. Otra novela sentimental de la misma época es Pamela o la virtud recompensada, de Samuel Richardson, en Inglaterra. También del siglo XVIII, en Inglaterra, y como antecedente de la literatura romántica de horror, está la novela gótica El castillo de Otranto, de Horace Walpole.

La aparición de características de tendencias románticas en el arte tiene que ver con la aparición gradual de nuevas formas de vida social que, en el caso de la literatura, da lugar a un nuevo público lector.
Estos nuevos públicos emergen en la medida en que la burguesía se extiende y alcanza niveles de vida más altos. El desarrollo de esta clase social coincide, como se sabe, con la Revolución Industrial en Inglaterra. La escala de valores estéticos se orienta hacia la verdad subjetiva, la sensibilidad, la intimidad y también, la forma naturalista de expresión, que a diferencia del simbolismo y la grandeza del arte aristocrático, busca los detalles espontáneos de la vida cotidiana. Por eso surgen en la novela el género sentimental y costumbrista, que al mismo tiempo tiene intenciones moralizantes. Sin embargo, también surgen las historias de horror que buscan provocar sorpresa frente a lo extraordinario, las cuales reflejan una visión decadente.
Durante el siglo XVIII hay dos tendencias que se oponen al modelo aristocrático y monárquico: por un lado el prerromanticismo, y por el otro la Ilustración. Ambos cuestionan, desde dos puntos de vista distintos al sistema monárquico. El primero desde el irracionalismo de la emoción y la intimidad; el segundo desde la razón. En Francia los principales exponentes de estas tendencias son, respectivamente, Voltaire y Rousseau.
En Francia, por ejemplo con Moliere, surge el drama burgués en oposición al modelo de la tragedia clásica, que se identificaba con la aristocracia y con el suntuoso arte barroco.
La Revolución Francesa, sin embargo, representa una ruptura y el prerromanticismo no se continúa propiamente en el Romanticismo, aunque prepara el camino para la aparición de éste. Lo que sucede con la revolución es que se presenta un nuevo sentido del mundo que adquiere características propias del sistema burgués, basado en el liberalismo económico, las ideas democráticas y de igualdad, así como el individualismo. A partir de entonces se madura la idea de la libertad del artista, que es un concepto nuevo. Inicialmente surge entre clasicistas, ya que clasicista fue el arte de la revolución, pero conforme avanza el siglo XIX el romanticismo se define con más claridad y se convierte en el elemento progresista de la época.
Inicialmente, los primeros “románticos”, en tanto que celebran los ideales de la revolución y la nueva concepción de sociedad y de ser humano, son los neoclasicistas. Pronto, conforme pasa el entusiasmo inicial y se hace evidente que los beneficios de los ideales revolucionarios están destinados a un sector privilegiado de la sociedad, los artistas se alejan de la celebración patriota y libertaria, dando lugar a una tendencia al desprecio por la realidad social, y se refugia en una concepción idealizada, que se fuga hacia sus temas predilectos:

§ El pasado idealizado
§ La utopía
§ Lo inconsciente
§ Lo fantástico
§ El horror
§ Lo misterioso
§ La niñez
§ El sueño
§ La locura
§ La noche
§ La soledad

En coincidencia con esta postura crea la ilusión de una existencia estética utópica, en su intento por adaptar la vida al arte, de tal modo que el romántico tiende a adaptar la vida al arte. Construye su propia ficción, su propia leyenda, a veces negra, y la vive en carne propia.
En su escape de la realidad, sin embargo, es decir, en su sentirse extraño al mundo, y buscar por tanto lo lejano, lo fantástico, el pasado, lo exótico, sin alcanzarlo nunca del todo, siente nostalgia por esos mundos y no acaba por pertenecer a ninguno. Una ironía romántica consiste en que el artista es conciente de lo ficticio de la representación, es decir, sabe que vive un autoengaño, y en la búsqueda de un escape más convincente, en la evolución del romanticismo, busca la anestesia y la embriaguez de los sentidos para dejsrse llevar más profundamente en una ilusión inconsciente. En todos aspectos, el Romanticismo del siglo XIX posterior a la Revolución Francesa, es un salto hacia lo irracional.
Así crece la leyenda del artista romántico, al margen del mundo utilitario burgués, de su moral conservadora y mesurada, y del respeto por las normas sociales. El artista romántico se auto exila del Contrato Social y se convierte en un orgulloso marginado, más grande que la sociedad con respecto a la cual es un ser extraño.
En España y en Latinoamérica el Romanticismo se define, sobre todo, hacia el sentimentalismo de la relación amorosa. Retoma el ideal del amor caballeresco, siempre insatisfecho de sus propios méritos para alcanzar a la amada, que o ya ha muerto, o no le corresponde, o no se atreve a acercarse a ella. La amada suele encontrarse entonces en el mundo de los sueños, en el pasado o en el futuro, o en lugares inaccesibles, ya sea por su ubicación física, o por su condición de clase. A diferencia del caballero andante, los esfuerzos del romántico por alcanzar a su objeto son inútiles. El mérito se encuentra en su sufrimiento y en su impotencia.
¿Pero es siempre así? No del todo. Sobre todo sería necesario revisar con cuidado las producciones literarias del periodo en Latinoamérica y España. Está el caso, por ejemplo, del Don Juan, de Zorrilla, que es romántico, en donde su personaje se salva finalmente gracias al amor de doña Inés. El Don Juan original, que no es romántico, en cambio, se lleva a don Juan al infierno. El tema de esta obra tiene, sin embargo, un trasfondo muy romántico: a pesar de que don Juan hace suyas a las doncellas que corteja, no se enamora de ninguna. Nada más las utiliza para engrandecer su prestigio y para satisfacer su placer, pero, en cierto modo, nunca las alcanza. El amor, que aparentemente persigue no le está destinado. Hasta aquí don Juan coincidiría con el rasgo básico del romanticismo sentimental en lengua española, pero Zorrilla le concede, sin embargo, realizarse, y salvarse del infierno en el amor de doña Inés, aunque (rasgo romántico), no en el mundo de los vivos, sino en el más allá.
Si quieres información detallada del prerromanticismo y Romanticismo te recomiendo que consultes La historia Social de la Literatura y el Arte, de Arnold Hausser, en los capítulos que corresponden a esos temas. Otro autor que ha estudiado de manera detallado al Romanticismo es Harold Bloom, quien tiene diversos textos al respecto, y algunos los puedes encontrar en internet.

También está el link siguiente sobre características del romanticismo. Te voy a pedir que entres al sitio y tomes notas en tu cuaderno de los datos que ahí se mencionan:

http://www.ale.uji.es/romuniv.htm#Ilustración

En los archivos siguientes subiré textos románticos representativos, no sólo del romanticismo español e hispanoamericano, sino de otros países para que llevemos a cabo una comparación de características, par continuar después con los otros antecedentes que tienen que ver con la Generación del ’98, que es nuestro tema central.

Cantares / Generación del 98

Antonio Machado

I

Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

II

¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.

III

A quien nos justifica nuestra desconfianza
llamamos enemigo, ladrón de una esperanza.
Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía
que dio a cascar al diente de la sabiduría.

IV

Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender.

V

Ni vale nada el fruto
cogido sin sazón...
Ni aunque te elogie un bruto
ha de tener razón.

VI

De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra, no es caridad.

VII

Yo he visto garras fieras en las pulidas manos;
conozco grajos mélicos y líricos marranos...
El más truhán se lleva la mano al corazón,
y el bruto más espeso se carga de razón.

VIII

En preguntar lo que sabes
el tiempo no has de perder..
Y a preguntas sin respuesta
¿quién te podrá responder?

IX

El hombre, a quien el hambre de la rapiña acucia,
de ingénita malicia y natural astucia,
formó la inteligencia y acaparó la tierra.
¡Y aun la verdad proclama! ¡Supremo ardid de guerra!

X

La envidia de la virtud
hizo a Caín criminal.
¡Gloria a Caín! Hoy el vicio
es lo que se envidia más.

XI

La mano del piadoso nos quita siempre honor;
mas nunca ofende al damos su mano el lidiador.
Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;
escudo, espada y maza llevar bajo la frente
porque el valor honrado de todas armas viste:
no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste.
Que la piqueta arruine, y el látigo flagele;
la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste,
y que el buril burile, y que el cincel cincele,
la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste.


XII

¡Ojos que a luz se abrieron
un día para, después,
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!

XIII

Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos...

XIV

Virtud es la alegría que alivia el corazón
más grave y desarruga el ceño de Catón.
El bueno es el que guarda, cual venta del camino,
para el sediento el agua, para el borracho el vino.

XV

Cantad conmigo en coro: Saber, nada sabemos,
de arcano mar vinimos, a ignota mar iremos...
Y entre los dos misterios está el enigma grave;
tres arcas cierra una desconocida llave.
La luz nada ilumina y el sabio nada enseña.
¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña?

XVI

El hombre es por natura la bestia paradójica,
un animal absurdo que necesita lógica.
Creó de nada un mundo y, su obra terminada,
«Ya estoy en el secreto -se dijo-, todo es nada.»

XVII

El hombre sólo es rico en hipocresía.
En sus diez mil disfraces para engañar confía;
y con la doble llave que guarda su mansión
para la ajena hace ganzúa de ladrón.

XVIII

¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Ilíada!
Ayax era más fuerte que Diómedes,
Héctor, más fuerte que Ayax,
y Aquiles el más fuerte; porque era
el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia!
¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Ilíada!

XIX

El casca-nueces-vacías,
Colón de cien vanidades,
vive de supercherías
que vende como verdades.

XX

¡Teresa, alma de fuego,
Juan de la Cruz, espíritu de llama
por aquí hay mucho frío, padres, nuestros
corazoncitos de Jesús se apagan!

XXI

Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía...
Después soñé que soñaba.


XXII

Cosas de hombres y mujeres,
los amoríos de ayer,
casi los tengo olvidados,
si fueron alguna vez.

XXIII

No extrañéis, dulces amigos,
que esté mi frente arrugada;
yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entrañas.

XXIV

De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa.
Nunca extrañéis que un bruto
se descuerne luchando por la idea.

XXV

Las abejas de las flores
sacan miel, y melodía
del amor, los ruiseñores;
Dante y yo -perdón, señores-,
trocamos -perdón, Lucía-,
el amor en Teología.

XXVI

Poned sobre los campos
un carbonero, un sabio y un poeta.
Veréis cómo el poeta admira y calla,
el sabio mira y piensa...
Seguramente, el carbonero busca
las moras o las setas.
LlevadIos al teatro
y sólo el carbonero no bosteza.
Quien prefiere lo vivo a lo pintado
es el hombre que piensa, canta o sueña.
El carbonero tiene
llena de fantasías la cabeza.

XXVII

¿Dónde está la utilidad
de nuestras utilidades?
Volvamos a la verdad:
vanidad de vanidades.

XXVIII

Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios;
y despierto, con el mar.

XXIX

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

XXX

El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

XXXI

Corazón, ayer sonoro,
¿ya no suena
tu monedilla de oro?
Tu alcancía,
antes que el tiempo la rompa,
¿se irá quedando vacía?
Confiemos
en que no será verdad
nada de lo que sabemos.


XXXII

¡Oh fe del meditabundo!
¡Oh fe después del pensar!
Sólo si viene un corazón al mundo
rebosa el vaso humano y se hincha el mar.

XXXIII

Soñé a Dios como una fragua
de fuego, que ablanda el hierro,
como un forjador de espadas,
como un bruñidor de aceros,
que iba firmando en las hojas
de luz: Libertad. -Imperio.

XXIV

Yo amo a jesús, que nos dijo
Cielo y tierra pasarán.
Cuando cielo y tierra pasen
mi palabra quedará.
¿Cuál fue, jesús, tu palabra?
¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?
Todas tus palabras fueron
una palabra: Velad.

XXXV

Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tú. ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?

XXXVI

Fe empirista. Ni somos ni seremos.
Todo nuestro vivir es emprestado.
Nada trajimos; nada llevaremos.

XXXVII

¿Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.

XXXVIII

¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro.

XXIX
Dicen que el ave divina
trocada en pobre gallina,
por obra de las tijeras
de aquel sabio profesor
(fue Kant un esquilador
de las aves altaneras;
toda su filosofia,
un sport de cetrería),
dicen que quiere saltar
las tapias del corralón,
y volar
otra vez, hacia Platón.
¡Hurra! ¡Sea!
¡Feliz será quien lo vea!


XL

Sí, cada uno y todos sobre la tierra iguales:
el ómnibus que arrastran dos pencos matalones,
por el camino, a tumbos, hacia las estaciones,
el ómnibus completo de viajeros banales,
y en medio un hombre mudo, hipocondríaco, austero,
a quien se cuentan cosas y a quien se ofrece vino...
Y allá, cuando se llegue, ¿descenderá un viajero
no más? ¿O habránse todos quedado en el camino?

XLI

Bueno es saber que los vasos
nos sirven para beber;
lo malo es que no sabemos
para qué sirve la sed.

XLII

¿Dices que nada se pierde?
Si esta copa de cristal
se me rompe, nunca en ella
beberé, nunca jamás.

XLIII

Dices que nada se pierde,
y acaso dices verdad;
pero todo lo perdemos
y todo nos perderá.

XLIV

Todo pasa y todo queda;
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

XLV

Morir.. ¿Caer como gota
de mar en el mar inmenso?
¿O ser lo que nunca ha sido:
uno, sin sombra y sin sueño,
un solitano que avanza
sin camino y sin espejo?

XLVI

Anoche soné que oía
a Dios, gritándome: ¡Alerta!
Luego era Dios quien dormía,
y yo gritaba: ¡Despierta!

XLVII

Cuatro cosas tiene el hombre
que no sirven en la mar:
ancla, gobernalle y remos,
y miedo de naufragar.


Mirando mi calavera
un nuevo Hamlet dirá:
He aquí un lindo fósil de una
careta de carnaval.

XLIX

Ya noto, al paso que me torno viejo,
que en el inmenso espejo,
donde orgulloso me miraba un día,
era el azogue lo que yo ponía.
Al espejo del fondo de mi casa
una mano fatal
ya rayendo el azogue, y todo pasa
por él como la luz por el cristal.

L

-Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
-El vacío es más bien en la cabeza.

LI

Luz del alma, luz divina,
faro, antorcha, estrella, sol...
Un hombre a tientas camina;
lleva a la espalda un farol.

LII

Discutiendo están dos mozos
si a la fiesta del lugar
irán por la carretera
o campo atraviesa irán.
Discutiendo y disputando
empiezan a pelear.
Ya con las trancas de pino
furiosos golpes se dan;
ya se tiran de las barbas,
que se las quieren pelar.
Ha pasado un carretero,
que va cantando un cantar:
«Romero, para ir a Roma,
lo que importa es caminar;
a Roma por todas partes,
por todas partes se va.»

LIII
Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
Españolito que vienes
al mundo, te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

11.11.11

Cordero de Dios

http://es.geocities.com/cuentohispano/texto/sipan_cordero.html
OSCAR SIPÁN

Cordero de Dios

Marx se equivocó al creer que el sufrimiento económico sería la base de la revolución; quizá lo sea la angustia psíquica, el sufrimiento espiritual"
JOHN ZERZAN (1999)


Imbuido en un caos a cámara lenta, roto el círculo de juicio y control, de equilibrio y realidad, rogándole a un dios desconocido que todo sea un mal sueño, una pesadilla de verano, cae de rodillas, alza las manos al cielo y con los ojos cerrados y la mandíbula desencajada expulsa un grito de dolor del que tendrá que alimentarse el resto de sus días.
Mercedes negro de última generación bajo un sol de justicia, instala al niño en la silla -asegurando firmemente las correas y los cierres--, revisa el nudo de su corbata de seda y se atusa el pelo moteado de canas en el espejo retrovisor, a pesar de la ducha ya tiene la frente perlada de sudor, deposita la americana y el maletín de cuero negro en el asiento contiguo y enciende el climatizador y la radio, "ola de calor en el país...la temperatura podrá alcanzar hoy los cuarenta y cinco grados a la sombra", concentrado en firmes pensamientos -el ultimátum de su jefes, una relación basada en la comodidad, falta de ilusiones, anemia de sentimientos, depresión, deterioro del cuerpo y de las defensas- avanza entre una amalgama de casas unifamiliares repetidas, gente repetida corta mecánicamente un césped repetido, pasea a un perro de raza repetido o besa en la mejilla a una mujer repetida que le desea un buen día, habitantes de un paraíso abstracto, adictos a la luz artificial y al dinero de plástico, herederos de dudas y tristezas, circula a mayor velocidad de la permitida, sorteando repartidores andróginos y jubilados sin nada que hacer, jubilados como su padre, un hombre marcado por una guerra y una mujer alargando su vida en una residencia de la provincia de Huesca, intenso dolor de cabeza y el regusto amargo del café en la boca del estómago, si la delegación japonesa que hoy visita la fábrica no invierte en la nueva planta se acabó la casa unifamiliar, el coche de importación, el gimnasio, las vacaciones exóticas, el club de golf...los valores fundamentales -si no puedes comprar no existes--, de todo eso se habló en la última reunión, un solo camino, una sola dirección: para juzgar al mundo hay que estar en el lado de los vencedores, les mostrará, en su mejor inglés comercial, todo el proceso de fabricación, paso a paso, calibrando cada palabra, cada latido, argumentando con sencillez y seguridad (el catecismo del vendedor: la seguridad), impermeable y límpido, explayándose de una forma clarividente en las cuestiones importantes, desplegando todo su abanico de trucos con sinceridad fingida, toda su arquitectura de palabras vacías, alejado de su propias miserias para contagiar entusiasmo por un proyecto en el que ni él ni sus superiores creen, si consigue transmitir el mensaje habrá triunfado, invertirán, y esa inversión solventará el fantasma del cierre de la empresa o su traslado al tercer mundo, el atasco se perfila importante a la entrada de la autovía, cientos de coches avanzan de forma sumisa en dos carriles, avanzan y luego se detienen, con el bombeo inconstante de un corazón enfermo, las ocho y treinta de la mañana y su intranquilidad se traduce en ardor de estómago y anquilosamiento de los músculos, el saxo de Charlie Parker amortigua la quietud de los coches desde la radio, "resignación" es la palabra que todo el mundo lleva escrita en mitad de la frente, mira a una mujer de labios almibarados y porte altivo y se imagina su vida con ella, es joven, delgada como una promesa, pañuelo multicolor anudado al cuello y rayos uva, de unos veinte años a lo sumo, se muerde las uñas de la mano derecha con la mirada lejana, inalcanzable, y un mohín de niña disgustada en el rostro, el abrazo de tela del vestido ceñido reafirma unos pechos voluptuosos, por un momento, por una décima de segundo está desnuda a su lado -hoyuelos de felicidad, pelo púbico enmarañado y piel tersa y brillante-- musitando obscenidades en su oído sobre la cama de una habitación de hotel, siente el perfume de su sexo... no, basta de fantasías, debe dormir la lujuria y centrarse en el mensaje, el día le exige una castidad de ideas, una pureza mental impecable, la sociedad está construida únicamente para los ganadores, su futuro es algo serio, lo es todo, el móvil le saca de su estancamiento, reconoce el número del jefe de inmediato y contesta con una voz aturdida, algo impostada, "buenos días...sí, claro, de camino...un atasco a la altura del hipermercado...ya han llegado, sí, me hago cargo...hasta luego", enajenado, golpea el volante con una violencia inusual, desproporcionada, y respira hondo, intentando dominar su calvario particular, la impotencia del momento le está destrozando los nervios, daría su brazo derecho por fumar un cigarrillo, profundas caladas de humo gris y tranquilidad acunando su ánimo, el parche de nicotina le recuerda con brusquedad su compromiso: ha dejado de fumar, de pronto se atisba algo de movimiento, avanza renqueante, de forma irregular, adelanta a la mujer y la olvida, las luces de la policía le descubren la causa del atasco: la vida de un ciclista se derrama en el asfalto, ineludiblemente posa su mirada en la figura caída y en el amasijo de hierros que fue su bicicleta, un hombre angustiado llora en silencio por la vida que acaba de seccionar, "en realidad no tiene la culpa -piensa--, nadie tiene la culpa: era su destino, su cruel y estúpido destino", la bola de fuego del astro rey se refleja con una claridad terrorífica en el charco de sangre, incrementa la velocidad, conduce ajeno al agreste paisaje de chabolas con antena parabólica, toxicómanos durmiendo en tiendas de campaña y basura, la anarquía de solares vallados y naves en construcción le anuncian la proximidad del polígono industrial, en la radio dos contertulios divagan sobre el mapa del genoma humano y el mal de las vacas locas, su palabras son ejercicios de estilo --sin una pizca de inteligencia ni de intuición-- para su propio lucimiento, los imagina orgullosos y arrogantes, hinchados como pavos, con los antebrazos apoyados en una mesa circular, bebiendo agua mineral a sorbitos y apagando sus cigarrillos mentolados en las paredes de un cenicero, el smog y la periferia de la gran ciudad le inyectan un aire flemático y cautivador: va a hechizar a esos malditos japoneses, atraviesa el polígono color mostaza y llega a la fábrica, le da los buenos días al guardia de seguridad -rostro enjuto y piel ambarina en un cuerpo de músculos cultivados cinco horas al día en un gimnasio y esteroides-que, desde la garita, le devuelve el saludo, le hace firmar y levanta la barrera bicolor, coloca el coche en su plaza de mando intermedio (plaza número 536), en el inmenso puzzle alquitranado que es el aparcamiento, sale del mismo y una voz le increpa "que se dé prisa, que comienzan a ponerse nerviosos", es una voz sin candidez ni clemencia: la voz de un tratante de miedo: su jefe, le da una palmada en la espalda -altruismo intencionado- y le desea buena suerte con un brillo gélido en las pupilas, los japoneses -figuras arcaicas de rostro árido e inexpugnable, regios trajes de paño y corbatas impregnadas en naftalina y oscuridad- inclinan la cabeza a su llegada y le dan la mano firmemente, impacientes como novios en el día de su boda, después, en la sala de juntas, esquemas y transparencias, humo de puros y café aguado, charla de presentación y teatro de supervivencia, teatro de muy alto nivel, la verdad, seriedad y un chiste oportuno, de efecto liberador, visita rutinaria a pie de fábrica siguiendo una ruta prefijada, con un casco amarillo, unos tapones de caucho para amortiguar el ruido y una bata de cirujano, la atención para las máquinas y la invisibilidad para los empleados, explicaciones y más explicaciones, cifras infladas --unidades por hora, número de contenedores por día, crecimiento teórico gracias a la nueva planta, apertura de mercados--, datos y más datos, y al final, de vuelta al punto de partida: la sala de juntas, dos horas más tarde -seis desde que llegó a la fábrica--, física y psicológicamente extenuado, los japoneses toman una decisión, una decisión positiva, explosiones de júbilo, clímax conmovedor, euforia colectiva reflejada en los rostros, en el espejo del alma, todo el mundo satisfecho, encantados de ratificar el acuerdo con un gran apretón de manos, una firma por sextuplicado y una gran copa de champán, pero, extrañamente, la mañana no es completa, algo no encaja en esa felicidad, ¿qué?
Un pensamiento repentino estalla en su cabeza inundándolo todo: una imagen aérea del inmenso aparcamiento --cientos de filas de coches alineados en un orden estricto, coches de directivo y coches de trabajador, coches imponentes y coches desguazados, coches con el color de la selva y coches con el color del desierto, capotas pulidas refulgiendo bajo un sol amenazador-- y un niño, prácticamente un bebé, (que alguien olvidó llevar a la guardería) atado fuertemente a una silla por diversos cierres de seguridad en el interior de un mercedes negro de última generación en plena ola de calor.

Fábula primera

Juan Benet. (Madrid, 1927–1993). Escritor español.
JUAN BENET

-Vete al mercado -dijo el comerciante a su criado-- y compra mi destino. Estoy seguro de que será fácil encontrarlo. Pero no te dejes engañar, no pagues más de lo que vale.

-¿Cuánto he de pagar? -preguntó el criado.

-Lo mismo que para los demás. Mira cómo está el destino de los demás y paga lo mismo por el mío.

El criado estuvo ausente durante largo tiempo y volvió desazonado, asegurando a su amo que no había encontrado su destino en el mercado, a pesar de haberlo buscado con gran ahínco. El comerciante le reprendió con acritud y se quejó de su ineficacia.

-No puedo encargarte la encomienda más sencilla. ¿Es que lo he de hacer todo yo? No puedo -compréndelo- abandonar este negocio que sólo marcha si yo lo vigilo. Por otra parte, me interesa mucho hacerme con ese destino. Sigue buscando y no vuelvas por aquí sin haber dado con él.

El criado volvió al mercado y durante días buscó el destino de su amo, sin encontrarlo en parte alguna. Pero alguien le sugirió que buscara en otros mercados y ciudades porque una cosa tan especial no tenía por qué hallarse allí. El criado volvió a casa del comerciante a pedirle permiso y dinero para el viaje, a fin de buscar un destino por toda la parte conocida del país.

El comerciante lo pensó y dijo:

-Bien, te concedo ese permiso y ese dinero, a condición de que no hagas otra cosa que buscar mi destino. No vuelvas aquí sin él -y añadió- o sin la seguridad de que no está en parte alguna y a merced de quien se lo quiera llevar.

El criado se puso en viaje y ya no hizo otra cosa que recorrer toda la parte conocida del país en busca del destino de su amo. Viajó por regiones muy lejanas y envejeció; perdió la memoria pero, fiel a la promesa hecha a su amo, sólo conservó la obligación contraída. También el comerciante envejeció y perdió muchas de sus facultades. Un día su constante peregrinación llevó al criado hasta el negocio de su amo a quien ya no reconoció, empero sí le interrogó sobre el objeto de su búsqueda.

-Por lo que me dices -dijo el comerciante-, tengo algo aquí que creo que te puede convenir -y le mostró su propio destino.

-Es exactamente lo que necesito -repuso el criado-. Pero espero que no cueste mucho. Llevo tantos años buscándolo que me he gastado casi todo el dinero que tenía. Sólo me resta esto.

-Ya es bastante y me conformo -repuso el amo-. Ese trasto lleva toda la vida en mi casa y a nadie ha interesado hasta ahora. Te lo puedes llevar a condición de que me digas para qué lo quieres.

-Eso no lo puedo decir porque lo ignoro. Lo he olvidado. Sé muy bien que lo necesito, pero no sé para qué.

-Entonces es tuyo -replicó su viejo amo-; es un objeto que conviene a un desmemoriado. Creo recordar que alguien lo olvidó aquí y no se me ocurre destino mejor para él que quedar encerrado en el olvido de quien tanto lo necesitó.

y cuando el comerciante vio que su antiguo criado se alejaba con su destino bajo el brazo, dijo para sus adentros:
-Al fin.


Texto extraído de «Una tumba y otros relatos». Ed. Taurus

Fábula segunda

JUAN BENET


Al despedirse le advirtió, con un tono de Cierta severidad:

-En ausencia mía no deberás visitar a Pertinax. Cuídate mucho de hacerlo, pues de otra suerte puedes provocar un serio disgusto entre nosotros.

La mujer permaneció en su casa obediente de las instrucciones de su marido, quien a su vuelta le interrogó acerca de las personas que había visto en su ausencia.

-He visto a Pertinax -repuso ella.

-¿No te advertí que no fueras avisitarle? -preguntl él con enojo.

-No fui yo a visitarle. Fue él quien vino aquí en ausencia tuya.

Fue el marido en busca de Pertinax y le preguntó: -¿Qué derecho te asiste para visitar a mi mujer en mi ausencia?
-No fui a visitar a tu mujer -contestó Pertinax, sin perder la calma- sino a ti, pues ignoraba que te hallaras ausente de tu casa. En lo sucesivo deberás advertírmelo si no deseas que se produzca de nuevo esa circunstancia que tanto te mortifica.
No satisfecho con tal explicación, el marido ingenió una estratagema para averiguar las intenciones de Pertinax y descubrir la índole de las relaciones que mantenía con su mujer. Despachó a ésta de la casa con un pretexto cualquiera, y disfrazándose con sus ropas, envió un criado a Pertinax para comunicarle que hallándose en su casa esperaba ser honrado con su visita.
Pero la mujer, recelosa de la conducta de un marido que se comportaba de manera tan desconsiderada y averiguando en parte sus intenciones, decidió -disfrazada de Pertinax- volver a su casa para representar el papel que deseaba que presenciase su marido.

Por su parte Pertinax, al advertir que la mujer se hallaba sola en la casa, contrariamente a las noticias que había recibido, se disfrazó de su marido, sin otra intención que la de descubrir la intimidad de las relaciones que les unía.

Así pues, cuando el falso Pertinax -que no era otra que la mujer- se rindió a la casa para cursar la visita a la que había sido invitado, se encontró con que el matrimonio le estaba esperando, a diferencia de lo que había presumido.

La circunstancia en que se vieron envueltos los tres era análoga para cada uno de ellos, pues los tres sabían, cada cual por su lado, que uno al menos de los otros dos se hallaba disfrazado, sin poder asegurar cuál de ellos era, ni siquiera si lo estaban los dos. En efecto, cualquiera de ellos podía razonar así: si sólo hay uno disfrazado debe haberse disfrazado de mí, puesto que yo lo estoy de él, y, por tanto, el auténtico sólo puede ser aquél de quien yo estoy disfrazado. Ahora bien, como no está disfrazado, no tiene por qué saber que lo estamos nosotros y, por consiguiente, al no tener ninguna razón para suponer una mixtificación no lo romperá. Y sí, por el contrario, lo están los dos, el que está disfrazado de mí es aquel de quien yo no estoy disfrazado, del cual ignora si está disfrazado o no. Así pues, no es posible saber quién está disfrazado de quién, a menos que uno -atreviéndose a revelar las intenciones que le llevaron a adoptar tal disfraz- se apresure a descubrir su identidad ante los demás, cosa en verdad poco probable.
En consecuencia -debieron pensar, cada cual por su lado--, si queremos preservar nuestros
más íntimos pensamientos e intenciones, hemos de seguir disfrazados para siempre, lo cual, si cada uno ha elegido con tino su disfraz, no cambiará nada las cosas.


Texto extraído de «Una tumba y otros relatos»

Agradecimiento

Julia Otxoa
(Relato de su libro Kískili-KáskalaVosa, Madrid 1994

Hortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.La dama, picada por la curiosidad, acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A.Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a pesar de que a ellos jamás acudió nadie.Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignoto e inasequible.

10.11.11

Separa

Oscar Sipan
ERA VERANO y una mañana en la que no tenía nada que hacer decidí acompañar a la chica rubia al asilo para visitar a su abuela Petra. El sol quemaba lo suficiente para dejar de ser agradable y la chica rubia y yo nos dirigíamos al asilo. Caminábamos cogidos de la cintura, muy unidos, charlando animadamente, con las gafas de sol sucias y el sudor deslizándose por nuestro cuerpo como un torrente en época de crecida; cuando estás enamorado el tiempo y el espacio adquieren otra dimensión y por eso llegamos en un abrir y cerrar de ojos. Se trataba de una moderna construcción de ladrillo rojo -decorada con planchas caleidoscópicas de aluminio-de cuatro plantas de altura y repleta de amplios ventanales y cuidados jardines. Su situación privilegiada -una inmensa llanura rodeada de campos de cereal y alfalfa-hacía del lugar un paraíso para la tercera edad ya que, además de acercarles al entorno plenamente rural de su juventud, les llenaba de tranquilidad y sosiego. El edificio brillaba como una luciérnaga gigante en un país de invidentes y se divisaba a kilómetros de distancia.
Delante de la puerta principal -había además tres puertas auxiliares-, a escasos metros de la escalinata de mármol blanco, un coche mortuorio se encontraba estacionado; el alegre entorno se veía gravemente amenazado. La chica rubia se desprendió de mi cintura de una forma eléctrica, dio un chasquido nervioso con la punta de la lengua y cruzó los dedos deseando con toda su alma que aquel siniestro vehículo no fuera un taxi para su abuela Petra. Se despidió de mí con un beso rápido y seco y atravesó una selva de puertas de puertas automáticas de cristal. Cuando perdí de vista la silueta esbelta de su figura, me di a vuelta bruscamente y sentí cómo subía un escalofrío sin forma por el ascensor de mi columna vertebral; entonces decidí alejarme. Caminé hacia el ala este del edificio -una terraza con losas de gres rodeada por una barandilla metálica-y me senté en un sencillo y acogedor banco de madera. La visión del coche fúnebre me había producido un desagradable dolor de muelas en el alma y la verdad es que me sentía bastante incómodo allí sentado; algo en mi interior exigía movimiento. Enfilé mis pasos hacia un lateral y me apoyé en la valla que delimitaba la terraza con el jardín. Me quité las gafas de sol, turbias como el agua de una alcantarilla, y abrí los ojos todo lo que pude, intentando abarcar el mayor número de cosas posible. El sol calentaba todavía con más virulencia y en el horizonte una estrecha y descuidada carretera comarcal se abría paso entre los campos. Pequeñas figuras borrosas caminaban por el arcén de la misma en dirección al asilo. De repente, un gorrión macho se lanzó en picado y atrapó al vuelo una mariposa naranja con machas amarillas y negras. La mariposa nada pudo hacer. Lo vi como en un documental.
Apoyado en la valla de metal, pude comprobar cómo las pequeñas figuras -que avanzaban en una interminable procesión-eran algunos de los hombres y mujeres que habitaban aquel extraño hotel. Con un ritmo lento y casi diría doloroso, los ancianos caminaban en rigurosa fila india, como un grupo de boy-scouts perdidos en las brumas de un cementerio. No debían de ser más de quince o quizá veinte.
Con el paso de los minutos y las nubes de calor, fueron acercándose a su destino. Con muchísima dificultad, haciendo grandes esfuerzos, ascendieron la suave rampa que enlazaba la carretera con el asilo. Sus caras, apacibles y bondadosas, me recordaban a los rostros de los niños, extenuados tras un largo día de cumpleaños. Niños mayores de sesenta y cinco años que arrastraban un pasado. Niños ex bomberos, ex amas de casa, ex sargentos de la guardia civil, ex enfermeras o ex artistas de variedades, aunque también ex asesinos, ex prostitutas, ex violadores, ex parricidas o ex navajeros de la peor calaña; las canas y las arrugas implicaban respeto, pero las escorias de la vida pertenecían a cada uno.
Aunque no quise mirar, aunque me forcé a observar la infinita línea del horizonte en vez de apreciar el sufrimiento que aquella pequeña ondulación les producía, acabé volviendo la vista hacia la rampa. Era un espectáculo dantesto y decadente: parecían robots a los que se les estuviesen terminando las baterías. Según iban llegando a mi posición, me saludaban educadamente, entre respiraciones agitadas y palpitaciones asíncronas, y yo les devolvía el saludo con una cortés sonrisa. Cuando doblaron la esquina y se dieron de bruces con el coche fúnebre, dejaron de caminar, como inmovilizados por una fuerza descomunal y cercana, y se reunieron en un amplio círculo. En voz baja, como para no profanar el sueño de los muertos, fueron discutiendo a quién habría venido a buscar la dama de la guadaña.
En su tono de voz se podía apreciar el miedo, un miedo con el que tenían que convivir día a día. Un miedo que sólo desaparecería con la muerte.
Desde mi posición, desde de refugio al lado del jardín, pude apreciar la amargura de sus comentarios y, por un momento, perdí mi identidad, el contorno de mis recuerdos y lo que me pareció más importante: perdí la percepción de mi juventud. Me convertí en uno de ellos, en un pobre diablo que esperaba la muerte jugando al mus, recordando o haciendo pequeñas excursiones; saber a ciencia cierta que el monstruo viene hacia ti y disimular como si la cosa no fuese contigo, de eso se trataba. Lleno de un angustioso nerviosismo, caminé hacia la puerta principal, en un intento desesperado por desprenderme del miedo, viscoso e insondable, que aquel minúsculo grupo me había contagiado. Sentía las manos brutales y despiadadas de Dios en mi cuello -unas manos de largos dedos huesudos y llenos de callosidades-, ahogándome como a un perro, disfrutando con la destrucción de otra de sus imperfectas creaciones de barro y lágrimas. Me ahogaba y no podía evitarlo. Entonces, como por arte de magia, las puertas automáticas de cristal se abrieron y la chica rubia salió con su habitual entusiasmo y agitó la mano en mi dirección. De las profundidades de la entrepierna de mi pantalón vaquero surgió una oleada de calor incontrolable, una catedral de deseo que terminó por ahuyentar de mi lado aquel presagio de muerte. Cerré los ojos, inflé los pulmones de aire puro y me quedé allí, sonriendo, bajo el abrasador sol de agosto, con la extasiante alegría de haber recuperado mi juventud y la sensación de tener que aprovechar mi vida al máximo.

Cerraduras

OSCAR SIPÁN

Cerraduras
"Estamos todos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro", E.M. CIORAN

Miro a través del ojo de la cerradura y veo a una mujer madura
-alcanzando esa frontera marchita que es la menopausia-- sentada en la cama de una habitación en penumbra. Tiene la cara surcada de arrugas, una de esas caras irreductibles, ajadas por el tiempo, que jamás se dignan en integrarse con el paisaje, y acaricia un retrato con ambas manos, casi arañándolo, presa de una impaciencia incontrolable. Los ojos -oscuros, impregnados en una luz confusa -son un pozo de aguas profundas; las sienes hierba cana, zuzón aletargado por el invierno. Ahora que su única hija ha muerto los días transcurren lentos y extraños. Suspira, sin dejar de acariciar el retrato, y se yergue repentinamente, poseída por una fuerza descomunal, agitando la lámpara de araña del techo. Sueña con sus manos pequeñas y su sonrisa irrompible, a todas horas.
Pero el cordón umbilical se ha roto definitivamente.
Se incorpora, sintiéndose vieja e inútil, y recorre la habitación empujada por la ansiedad. Se detiene ante el tocador. Se sienta en una silla de mimbre y se cepilla el cabello lentamente, con la mano izquierda, imitando los gestos elegantes y precisos de su hija. La voz de un hombre -"me voy, no me esperes para cenar"- atraviesa la puerta cerrada. Una voz pausada y nasal, carente de misterio, apática, demasiado lenta para la vida. Sin responderle, concentrada en sus miserias, abre un joyero y levanta el doble fondo de terciopelo: la foto de un joven de gesto orgulloso y rostro simétrico, algo taimado, una carta de amor moteada de lágrimas, un poema de grafía alterada por el dolor ("Te quiero con ese extraño avanzar de las mareas/ silencioso y disciplinado/ víctima de un absurdo plan tan antiguo como el tiempo/ de un dueño invisible/ de una luz que enturbia nuestros abrazos/ Te quiero desde la órbita imposible de un despertar varado en un océano de cansancio/ Te quiero a través de los cuerpos que pupila, corazón y cerebro/ fabrican para nosotros/ Te quiero/ a pesar de todo/ pero no hay poesía en la traición"), una caja de preservativos, un número de teléfono anotado en una grasienta servilleta de cafetería. Revisa estos objetos con la minuciosidad de un arqueólogo y luego los guarda. Vuelve a la cama y, abatida por una mano invisible, por un viento interior, se deja caer. Ahora, fría como una misa televisada, desorientada como una princesa sin un espejo, aferrándose a un pasado que se desmorona, buscando oxígeno en los recuerdos, paladeando un jarabe de hiel (el jugo de la derrota), sin ilusiones, sin camino, puede sentir la aplastante soledad humana, el estómago vacío de Dios. Porque, ¿de qué le sirve a una madre rota el sabor de la primera cereza del verano? ¿Puede importarle algo el deterioro de la capa de ozono? ¿Las consecuencias devastadoras del sida en Africa?
Se necesita mucho dolor para no sentir nada.
El tic tac del reloj asesina toda esperanza en el cuarto cerrado, sembrado de motas de polvo y mariposas disecadas, atrapado en una atmósfera de levadura.
Arroja el retrato contra la pared, provocando un ruido ensordecedor, desasosegante, como de trenes chocando en la niebla, y sale del cuarto con un único pensamiento:
--"No existe cobijo para esta tormenta".
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer encorvada afeitando a su esposo. El filo de la navaja se desliza por el cuello y el mentón hasta llegar a un labio inferior, húmedo y amoratado, que se descuelga sin vida. La mujer le habla cariñosamente, como a un niño enfadado, mientras tensa la arrugas de la mejilla y secciona una barba cana e hirsuta. No puede evitarlo: una gota de sangre se desliza por un rostro que hacía volver la vista atrás y que ahora se encuentra reducido a una masa de carne inútil. Un cuerpo hermoso y solemne, de ideales acendrados y personalidad cautivadora, al que, por no quedarle, no le queda ni la dignidad del suicida: el cuerpo de un juez atrapado por una enfermedad de nombre impronunciable que nubla la vista y los sentidos, de un germen que asesina la lucidez, toda ilusión. Cuando termina, le masajea la cara de abajo a arriba, con su aftersabe preferido, y besa su frente herida, apenas rozándola; días atrás, se asustó al no reconocerse en el espejo y se golpeó en la huída con el armario del baño. Le quita el batín de seda japonesa (regalo de su último cumpleaños), desnudándole en un silencio quebradizo y, tumbándole en la cama, boca arriba, le coloca una cuña de metal bajo los genitales. Vierte agua templada y gel sobre un barreño de plástico y una esponja y limpia un cuerpo nervudo jaspeado de pecas y decadencia, dedicando especial atención a los pliegues de las articulaciones y el sexo. Tras secarlo concienzudamente, le cambia el pijama y le pone las zapatillas. Más tarde, deja caer la aguja de diamante sobre un disco gastado y, como cada mañana desde hace seis largos años, la "Danza húngara Nº 3" de Brahms se expande por el cuarto. Alzándolo de las axilas, lo coloca en posición vertical y entrelaza su mano a la suya, abrazando su gruesa cintura al mismo tiempo. El hombre mueve los pies pesadamente, sin prestar atención al ritmo ni al compás, fuera de toda armonía, como si se arrastrase por un lodazal. La mujer guía y dirige toda la operación. Es sólo un brillo, un destello que se diluye en sus ojos zarcos, de un azul abrasado, sin vida, lejos del bien y del mal, pero, por un momento, la luz de aquel viaje a Grecia le devuelve la esperanza: la sombra de un diciembre apasionado eternizándose en su cerebro, la sensación de inmortalidad al salir de puerto, el gentío agitando pañuelos blancos y derramando lágrimas de envidia o tristeza, las gaviotas, la fría brisa de la mañana y sus modales toscos, zafios hasta la exageración para un hombre de leyes, su mano poderosa ¾una mano de dedos tallados en bronce y uñas devoradas en el tedio de un despacho sin ventanas- acariciando el hueco de la nuca, la pequeña orquesta de jazz comandada por un pianista ciego, el baile, el capitán haciendo los honores con una condesa rusa, la risa y el alcohol, el silencio del camarote alterado por la música de los amantes, noches de cama con sabor masculino y dulzón, el sabor de la vida. No hay nada mejor que la vida. No hay nada tras la cortina de la vida.
Se aparta de él ¾acaba de orinarse y continúa bailando, ajeno a todo sufrimiento- y desea fuertemente que muera en mitad del sueño.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una enana velando el cadáver de su madre. Cuatro candelabros de hierro iluminan tenuemente la sala, una habitación umbría de altos techos poblados por manchas de humedad y jeroglíficos de moho. Una flor seca y un escapulario dorado reposan sobre la mesilla de noche, el único mueble que acompaña a la cama. Un halo de olor acre y desagradable (el aroma del naufragio) envuelve el cuerpo sin vida de la muerta, todavía joven y hermosa, que tiene el cabello recogido en una trenza color mostaza, los labios agrietados por la enfermedad y las manos -manos de uñas largas y afiladas moteadas por restos de esmalte barato-cruzadas sobre el pecho; el semblante, pálido y sin arrugas, es una obra de arte impoluta esculpida en mármol por un loco o un genio.
La enana -sentada sobre la cama, a su lado-le acaricia la mejilla delicadamente, mientras se esfuerza por odiarla: hasta en el final, bajo el yugo inabarcable del invierno perpetuo, parece reprocharle su existencia.
--Aquí está, madre, sin gritarme, sin avergonzarse de mi presencia, hermosa, dulce y tranquila, cuando en vida sólo tuvo para mí desprecio y brutalidad -le increpa furiosa--. ¿Dónde están sus hombres? ¿A dónde se fueron aquellos hombres de sienes plateadas y bucles rubios, aquellos hombres corpulentos y delgados, bebedores y abstemios, empleados de banca y tahúres, engreídos y simpáticos a los que, bajo ningún concepto, podía yo saludar? Capté el mensaje alto y claro, madre: de un vientre tan bello nunca pudo salir nada deforme. Se desprendió de mi cordón umbilical con asco y me ignoró: ignoró al bebé que lloraba de hambre en la cuna, ignoró a la niña que jugaba sola lejos de la vista de la gente, ignoró a la adolescente que se formulaba preguntas en el silencio de la madrugada, que mutaba a mujer en un cerco de amargura. Madre, rompió la más sagrada ley de la naturaleza: repudió a la sangre de su sangre. Me convirtió en el muñeco repugnante donde desahogar sus iras, en la criada eficiente e invisible de su pensión para hombres.
Nada más verla, nada más cruzar el umbral de la puerta de la casa de beneficencia, acompañada por la hermana-portera de voz inexistente y ojos esquivos, se ha llenado de odio: preciosa hasta el final, exuberante en su delgadez, refulgiendo en la penumbra de la habitación como un icono religioso. Un pensamiento trashumante la deja sin fuerzas: al igual que las bombillas aumentan su resplandor y luego se desvanecen, se iluminó antes de morir.
Aunque sabe que ha muerto sola y medio loca, en la más absoluta miseria, lejos de sus vestidos fabulosos, de sus perfumes franceses y de sus joyas, de sus hombres solitarios y sus placeres rápidos en un bazar sexual abierto las veinticuatro horas, bajo un crucifijo de madera arrasado por la carcoma y los rezos, en la habitación de una casa de amparo, consciente en su agonía, retorciéndose entre sábanas usadas y mugre, todavía siente su presencia altiva e irritable, imagina su sonrisa de ultratumba antes del castigo. Y eso la sobrecoge: la semilla del temor no necesita luz para germinar.
--No, basta ya, madre, cuando crucé esa puerta prometí que no volvería a intimidarme. Escapé a un mundo mejor, me exilié de su compañía y del muérdago de sus ojos turbios y, como padre, encontré la felicidad -le recrimina con un tono de voz impregnado en desesperación-Y, ¿sabe qué le digo, madre? Espero que se pudra en el infierno.
Sin mirar atrás, sintiendo un alivio indescriptible, se aleja con paso firme y sale del cuarto hacia la vida, mientras las velas se consumen en una danza anárquica y derraman riachuelos de cera.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer desnuda asiendo un violonchelo como a un amante apocado. Frente a ella, un gran espejo hexagonal le devuelve su imagen, inmóvil, petrificada en un suspiro; una cortina roja, pesada como un muro, aisla la habitación de la luz y el ruido. Tiene los ojos cerrados -ojos de pestañas cobrizas y rizadas, de párpados delicados y venosos- y respira pausadamente. El cabello rasurado al uno le da un aspecto de indefensión. Una hembra de lóbulos cristalinos, pubis laberíntico y piernas largas rematadas por tobillos de porcelana china que desembocan en unos pies pequeños. Una boca grande -de modelo consumida por las drogas, los hombres y la noche-retiene el silencio en un rictus de serenidad. Sus pequeñas manos parecen un prolongación del arco y el violonchelo. Desde su oscuridad, espera el momento adecuado, la décima de segundo mágica que infle las velas de la inspiración. Nada perturba ese rostro cincelado por dioses o demonios, ese rostro de piel pálida y nariz oblonga. De repente, rompe su mutismo y abre los ojos, iluminada por una luz indescifrable, por un néctar de sonidos y colores (licor de almas), y, siguiendo con fervor la partitura fijada en un atril invisible, extrae del instrumento notas que recuerdan aromas silvestres, aromas lejanos, aromas misteriosos: música refrescante para el alma de los que no esperan nada. Utiliza la improvisación como llave que abre la puerta entre dos mundos, como antídoto contra la locura. Se enfrenta a la pieza sin planes ni estratagemas, prisionera de su libertad, combatiendo, con una armonía indestructible, sus miedos, sus inquietudes, buscando el púrpura de la noche eterna, el clímax de su zigurat particular y, cuando parece alcanzarlo, una fuerza desconocida destruye su concentración y le arroja a la realidad. En una sola nota descendente toda la tristeza y el desencanto, toda la vejez y la enfermedad, todo el cansancio y el peso de la Historia, el reflejo de un millón de tardes de hastío en el agua clara, de despertares solitarios, de traiciones inesperadas, los dialectos del tiempo desvelados en una única nota inacabada, el tórrido e imparable camino hacia la muerte.
Se deja caer al suelo entre sollozos, firmemente abrazada a su amante, sintiendo la náusea de la impotencia, víctima, una vez más, de su propia imperfección.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer anclada en la moda de otro tiempo maquillándose ante un espejo de bolsillo. El espejo le dice que nunca fue bonita. Intenta borrar el paso del tiempo con varias capas de maquillaje apelmazado. Pero no es suficiente. Lleva un vestido rojo atardecer que se ciñe a sus caderas y a sus pechos -erguidos y voluptuosos en el pasado, que ahora se descuelgan como fruta podrida, lejos de la efervescencia de la juventud, avergonzados de su antigua lozanía- y parece sonreírle a una copa de vino. Un gran escote en forma de uve muestra las manchas de la vejez y el sol. Brinda a la salud de Gregory Peck, bebe un largo trago y golpea el vaso contra la mesa; los posos del vino se quedan impregnados en el carmín y una saliva oleaginosa se desliza por la comisura de sus labios. Se dispone a ofrecer a la sociedad seis horas de su tiempo libre. El teléfono de la esperanza es un método como cualquier otro para combatir las espinas de la soledad; una forma más de fortificarse contra el fracaso. Medio borracha, con la mirada chispeante y sincera, se levanta y hace café. La cocina -demasiado grande para una sola persona-refulge en una oscuridad tan sólo alterada por la llama del calentador. El silencio, esa ausencia de voces y ruido, parece sobrecogerla. Se sirve un café largo, le agrega un chorrito de anís casero y regresa junto al teléfono. En el cenicero, restos de carmín acunan a cinco cigarrillos consumidos. Termina un crucigrama sin demasiado interés -"sexta letra del alfabeto griego" ZETA--. Camina inquieta con sus zapatos de tacón, rehuyendo su imagen en el espejo, sintiendo un cansancio inexplicable, esperando. Regresa por el camino de la bebida y se sirve varias dosis. Un pensamiento obsceno, sacrílego atraviesa su cabeza: besar en la boca al hombre que, desde el crucifijo de bronce, preside la habitación, lamer la herida del costado y arrancarle el taparrabos, seducirlo, poseerlo en la plenitud de su calvario.
--¿Esta mentira es la vida? ¿Esta falacia? ¿Por qué nos arrastramos como serpientes por un sendero plagado de aristas cortantes? ¿A dónde se fue mi buena estrella? -se lamenta en voz alta, con la cabeza fijada entre las manos.
Se acerca al teléfono negro y desea con todas sus fuerzas que alguien llame. Alguien con una historia triste y sórdida, no importa que sea hombre o mujer. Alguien que se desaga en llantos y necesite su apoyo, su conversación. Porque ella aconseja, escucha, orienta...es una brújula en un mar de confusión; un mar que, en realidad, también arremete contra ella.
Cuando suena el teléfono contesta acariciando el gatillo de una pistola cargada que, tarde o temprano, tendrá que utilizar.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer inclinada sobre una máquina de escribir. El flexo --un círculo de luz ambarina-ilumina volutas de humo y ráfagas de palabras que, como por arte de magia, surgen de la nada, empujadas por unos dedos ágiles y huesudos, sin anillos, esculpidas para una absurda posteridad. Multitud de párrafos masacrados y frases ilegibles violan las cuartillas de papel reciclado, que se amontonan en la parte izquierda de la mesa y en la papelera de rejilla, convertidas en minúsculos satélites.
Escribe: "Le sonríe maquinalmente, sin ganas, y a cambio recibe otro abrazo desconfiado. Ha cedido en sus pretensiones, en su pequeña rebelión. Porque las mujeres le temen al fórceps oxidado que todo hombre lleva dentro".
Escribe: "Los partos, el paso del tiempo y el desamor la convirtieron en una mujer anfibia, una mujer que indistintamente podía vivir en el ostracismo de una tierra baldía de sentimientos o sumergida en un doloroso mar de lágrimas y desdicha".
Escribe: "Hombre y mujer están condenados a no entenderse, a desangrarse en la gélida bañera del amor. El sufrimiento de dos mundos opuestos abre el camino, un camino cuyo final siempre se hace solo y desnudo".
Remarca estas frases con un rotulador rojo y luego las estruja entre sus manos.
Comenzó el relato preguntándose "¿qué hay tras las puertas cerradas?", pero únicamente escribe sobre el esfuerzo: el esfuerzo de una madre por recuperar a su hija fallecida; el esfuerzo de malvivir con un marido víctima del Alzheimer; el esfuerzo por superar el recuerdo de una madre cruel y despiadada; el esfuerzo por vencer la mediocridad; el esfuerzo por escapar de la soledad, el hastío de los que esperan. Escribe sobre los seres que mejor conoce: las mujeres. Y utiliza las cerraduras como nexo entre su imaginación y la realidad. Porque, ¿qué es real y qué no lo es? Alguien dijo:
--"Una vida no existe si no es narrada y fijada en el papel".