JUAN BENET
Al despedirse le advirtió, con un tono de Cierta severidad:
-En ausencia mía no deberás visitar a Pertinax. Cuídate mucho de hacerlo, pues de otra suerte puedes provocar un serio disgusto entre nosotros.
La mujer permaneció en su casa obediente de las instrucciones de su marido, quien a su vuelta le interrogó acerca de las personas que había visto en su ausencia.
-He visto a Pertinax -repuso ella.
-¿No te advertí que no fueras avisitarle? -preguntl él con enojo.
-No fui yo a visitarle. Fue él quien vino aquí en ausencia tuya.
Fue el marido en busca de Pertinax y le preguntó: -¿Qué derecho te asiste para visitar a mi mujer en mi ausencia?
-No fui a visitar a tu mujer -contestó Pertinax, sin perder la calma- sino a ti, pues ignoraba que te hallaras ausente de tu casa. En lo sucesivo deberás advertírmelo si no deseas que se produzca de nuevo esa circunstancia que tanto te mortifica.
No satisfecho con tal explicación, el marido ingenió una estratagema para averiguar las intenciones de Pertinax y descubrir la índole de las relaciones que mantenía con su mujer. Despachó a ésta de la casa con un pretexto cualquiera, y disfrazándose con sus ropas, envió un criado a Pertinax para comunicarle que hallándose en su casa esperaba ser honrado con su visita.
Pero la mujer, recelosa de la conducta de un marido que se comportaba de manera tan desconsiderada y averiguando en parte sus intenciones, decidió -disfrazada de Pertinax- volver a su casa para representar el papel que deseaba que presenciase su marido.
Por su parte Pertinax, al advertir que la mujer se hallaba sola en la casa, contrariamente a las noticias que había recibido, se disfrazó de su marido, sin otra intención que la de descubrir la intimidad de las relaciones que les unía.
Así pues, cuando el falso Pertinax -que no era otra que la mujer- se rindió a la casa para cursar la visita a la que había sido invitado, se encontró con que el matrimonio le estaba esperando, a diferencia de lo que había presumido.
La circunstancia en que se vieron envueltos los tres era análoga para cada uno de ellos, pues los tres sabían, cada cual por su lado, que uno al menos de los otros dos se hallaba disfrazado, sin poder asegurar cuál de ellos era, ni siquiera si lo estaban los dos. En efecto, cualquiera de ellos podía razonar así: si sólo hay uno disfrazado debe haberse disfrazado de mí, puesto que yo lo estoy de él, y, por tanto, el auténtico sólo puede ser aquél de quien yo estoy disfrazado. Ahora bien, como no está disfrazado, no tiene por qué saber que lo estamos nosotros y, por consiguiente, al no tener ninguna razón para suponer una mixtificación no lo romperá. Y sí, por el contrario, lo están los dos, el que está disfrazado de mí es aquel de quien yo no estoy disfrazado, del cual ignora si está disfrazado o no. Así pues, no es posible saber quién está disfrazado de quién, a menos que uno -atreviéndose a revelar las intenciones que le llevaron a adoptar tal disfraz- se apresure a descubrir su identidad ante los demás, cosa en verdad poco probable.
En consecuencia -debieron pensar, cada cual por su lado--, si queremos preservar nuestros
más íntimos pensamientos e intenciones, hemos de seguir disfrazados para siempre, lo cual, si cada uno ha elegido con tino su disfraz, no cambiará nada las cosas.
Texto extraído de «Una tumba y otros relatos»
11.11.11
Agradecimiento
Julia Otxoa
(Relato de su libro Kískili-KáskalaVosa, Madrid 1994
Hortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.La dama, picada por la curiosidad, acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A.Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a pesar de que a ellos jamás acudió nadie.Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignoto e inasequible.
(Relato de su libro Kískili-KáskalaVosa, Madrid 1994
Hortensia Salazar recogió de la tintorería el abrigo rojo que días atrás había dejado para limpiar. El abrigo traía en su bolsillo izquierdo una pequeña carta dirigida a ella. Se le invitaba a acudir a una misteriosa cita en la playa, el martes doce a las tres de la tarde.La dama, picada por la curiosidad, acudió a la cita y esperó por espacio de tres largas horas. Cuando cansada e indignada se disponía a marcharse, un niño le entregó otra carta de color verde. En ella, el misterioso personaje, que firmaba con las iniciales A.Z. se excusaba por no haberse presentado y le volvía a convocar para dentro de siete días en los jardines de la catedral.Hortensia Salazar guardó fidelidad ininterrumpida durante más de veinte años a los sucesivos requerimientos, a pesar de que a ellos jamás acudió nadie.Gracias a la diversidad geográfica de las citas, la paciente dama llegó a conocer perfectamente todos los rincones de su ciudad. Y cuando murió, siendo ya muy anciana, lo hizo quedando profundamente agradecida a aquel desconocido, que durante tantos años había llenado su vida, manteniendo viva en ella la llama de la pasión por lo ignoto e inasequible.
10.11.11
Separa
Oscar Sipan
ERA VERANO y una mañana en la que no tenía nada que hacer decidí acompañar a la chica rubia al asilo para visitar a su abuela Petra. El sol quemaba lo suficiente para dejar de ser agradable y la chica rubia y yo nos dirigíamos al asilo. Caminábamos cogidos de la cintura, muy unidos, charlando animadamente, con las gafas de sol sucias y el sudor deslizándose por nuestro cuerpo como un torrente en época de crecida; cuando estás enamorado el tiempo y el espacio adquieren otra dimensión y por eso llegamos en un abrir y cerrar de ojos. Se trataba de una moderna construcción de ladrillo rojo -decorada con planchas caleidoscópicas de aluminio-de cuatro plantas de altura y repleta de amplios ventanales y cuidados jardines. Su situación privilegiada -una inmensa llanura rodeada de campos de cereal y alfalfa-hacía del lugar un paraíso para la tercera edad ya que, además de acercarles al entorno plenamente rural de su juventud, les llenaba de tranquilidad y sosiego. El edificio brillaba como una luciérnaga gigante en un país de invidentes y se divisaba a kilómetros de distancia.
Delante de la puerta principal -había además tres puertas auxiliares-, a escasos metros de la escalinata de mármol blanco, un coche mortuorio se encontraba estacionado; el alegre entorno se veía gravemente amenazado. La chica rubia se desprendió de mi cintura de una forma eléctrica, dio un chasquido nervioso con la punta de la lengua y cruzó los dedos deseando con toda su alma que aquel siniestro vehículo no fuera un taxi para su abuela Petra. Se despidió de mí con un beso rápido y seco y atravesó una selva de puertas de puertas automáticas de cristal. Cuando perdí de vista la silueta esbelta de su figura, me di a vuelta bruscamente y sentí cómo subía un escalofrío sin forma por el ascensor de mi columna vertebral; entonces decidí alejarme. Caminé hacia el ala este del edificio -una terraza con losas de gres rodeada por una barandilla metálica-y me senté en un sencillo y acogedor banco de madera. La visión del coche fúnebre me había producido un desagradable dolor de muelas en el alma y la verdad es que me sentía bastante incómodo allí sentado; algo en mi interior exigía movimiento. Enfilé mis pasos hacia un lateral y me apoyé en la valla que delimitaba la terraza con el jardín. Me quité las gafas de sol, turbias como el agua de una alcantarilla, y abrí los ojos todo lo que pude, intentando abarcar el mayor número de cosas posible. El sol calentaba todavía con más virulencia y en el horizonte una estrecha y descuidada carretera comarcal se abría paso entre los campos. Pequeñas figuras borrosas caminaban por el arcén de la misma en dirección al asilo. De repente, un gorrión macho se lanzó en picado y atrapó al vuelo una mariposa naranja con machas amarillas y negras. La mariposa nada pudo hacer. Lo vi como en un documental.
Apoyado en la valla de metal, pude comprobar cómo las pequeñas figuras -que avanzaban en una interminable procesión-eran algunos de los hombres y mujeres que habitaban aquel extraño hotel. Con un ritmo lento y casi diría doloroso, los ancianos caminaban en rigurosa fila india, como un grupo de boy-scouts perdidos en las brumas de un cementerio. No debían de ser más de quince o quizá veinte.
Con el paso de los minutos y las nubes de calor, fueron acercándose a su destino. Con muchísima dificultad, haciendo grandes esfuerzos, ascendieron la suave rampa que enlazaba la carretera con el asilo. Sus caras, apacibles y bondadosas, me recordaban a los rostros de los niños, extenuados tras un largo día de cumpleaños. Niños mayores de sesenta y cinco años que arrastraban un pasado. Niños ex bomberos, ex amas de casa, ex sargentos de la guardia civil, ex enfermeras o ex artistas de variedades, aunque también ex asesinos, ex prostitutas, ex violadores, ex parricidas o ex navajeros de la peor calaña; las canas y las arrugas implicaban respeto, pero las escorias de la vida pertenecían a cada uno.
Aunque no quise mirar, aunque me forcé a observar la infinita línea del horizonte en vez de apreciar el sufrimiento que aquella pequeña ondulación les producía, acabé volviendo la vista hacia la rampa. Era un espectáculo dantesto y decadente: parecían robots a los que se les estuviesen terminando las baterías. Según iban llegando a mi posición, me saludaban educadamente, entre respiraciones agitadas y palpitaciones asíncronas, y yo les devolvía el saludo con una cortés sonrisa. Cuando doblaron la esquina y se dieron de bruces con el coche fúnebre, dejaron de caminar, como inmovilizados por una fuerza descomunal y cercana, y se reunieron en un amplio círculo. En voz baja, como para no profanar el sueño de los muertos, fueron discutiendo a quién habría venido a buscar la dama de la guadaña.
En su tono de voz se podía apreciar el miedo, un miedo con el que tenían que convivir día a día. Un miedo que sólo desaparecería con la muerte.
Desde mi posición, desde de refugio al lado del jardín, pude apreciar la amargura de sus comentarios y, por un momento, perdí mi identidad, el contorno de mis recuerdos y lo que me pareció más importante: perdí la percepción de mi juventud. Me convertí en uno de ellos, en un pobre diablo que esperaba la muerte jugando al mus, recordando o haciendo pequeñas excursiones; saber a ciencia cierta que el monstruo viene hacia ti y disimular como si la cosa no fuese contigo, de eso se trataba. Lleno de un angustioso nerviosismo, caminé hacia la puerta principal, en un intento desesperado por desprenderme del miedo, viscoso e insondable, que aquel minúsculo grupo me había contagiado. Sentía las manos brutales y despiadadas de Dios en mi cuello -unas manos de largos dedos huesudos y llenos de callosidades-, ahogándome como a un perro, disfrutando con la destrucción de otra de sus imperfectas creaciones de barro y lágrimas. Me ahogaba y no podía evitarlo. Entonces, como por arte de magia, las puertas automáticas de cristal se abrieron y la chica rubia salió con su habitual entusiasmo y agitó la mano en mi dirección. De las profundidades de la entrepierna de mi pantalón vaquero surgió una oleada de calor incontrolable, una catedral de deseo que terminó por ahuyentar de mi lado aquel presagio de muerte. Cerré los ojos, inflé los pulmones de aire puro y me quedé allí, sonriendo, bajo el abrasador sol de agosto, con la extasiante alegría de haber recuperado mi juventud y la sensación de tener que aprovechar mi vida al máximo.
ERA VERANO y una mañana en la que no tenía nada que hacer decidí acompañar a la chica rubia al asilo para visitar a su abuela Petra. El sol quemaba lo suficiente para dejar de ser agradable y la chica rubia y yo nos dirigíamos al asilo. Caminábamos cogidos de la cintura, muy unidos, charlando animadamente, con las gafas de sol sucias y el sudor deslizándose por nuestro cuerpo como un torrente en época de crecida; cuando estás enamorado el tiempo y el espacio adquieren otra dimensión y por eso llegamos en un abrir y cerrar de ojos. Se trataba de una moderna construcción de ladrillo rojo -decorada con planchas caleidoscópicas de aluminio-de cuatro plantas de altura y repleta de amplios ventanales y cuidados jardines. Su situación privilegiada -una inmensa llanura rodeada de campos de cereal y alfalfa-hacía del lugar un paraíso para la tercera edad ya que, además de acercarles al entorno plenamente rural de su juventud, les llenaba de tranquilidad y sosiego. El edificio brillaba como una luciérnaga gigante en un país de invidentes y se divisaba a kilómetros de distancia.
Delante de la puerta principal -había además tres puertas auxiliares-, a escasos metros de la escalinata de mármol blanco, un coche mortuorio se encontraba estacionado; el alegre entorno se veía gravemente amenazado. La chica rubia se desprendió de mi cintura de una forma eléctrica, dio un chasquido nervioso con la punta de la lengua y cruzó los dedos deseando con toda su alma que aquel siniestro vehículo no fuera un taxi para su abuela Petra. Se despidió de mí con un beso rápido y seco y atravesó una selva de puertas de puertas automáticas de cristal. Cuando perdí de vista la silueta esbelta de su figura, me di a vuelta bruscamente y sentí cómo subía un escalofrío sin forma por el ascensor de mi columna vertebral; entonces decidí alejarme. Caminé hacia el ala este del edificio -una terraza con losas de gres rodeada por una barandilla metálica-y me senté en un sencillo y acogedor banco de madera. La visión del coche fúnebre me había producido un desagradable dolor de muelas en el alma y la verdad es que me sentía bastante incómodo allí sentado; algo en mi interior exigía movimiento. Enfilé mis pasos hacia un lateral y me apoyé en la valla que delimitaba la terraza con el jardín. Me quité las gafas de sol, turbias como el agua de una alcantarilla, y abrí los ojos todo lo que pude, intentando abarcar el mayor número de cosas posible. El sol calentaba todavía con más virulencia y en el horizonte una estrecha y descuidada carretera comarcal se abría paso entre los campos. Pequeñas figuras borrosas caminaban por el arcén de la misma en dirección al asilo. De repente, un gorrión macho se lanzó en picado y atrapó al vuelo una mariposa naranja con machas amarillas y negras. La mariposa nada pudo hacer. Lo vi como en un documental.
Apoyado en la valla de metal, pude comprobar cómo las pequeñas figuras -que avanzaban en una interminable procesión-eran algunos de los hombres y mujeres que habitaban aquel extraño hotel. Con un ritmo lento y casi diría doloroso, los ancianos caminaban en rigurosa fila india, como un grupo de boy-scouts perdidos en las brumas de un cementerio. No debían de ser más de quince o quizá veinte.
Con el paso de los minutos y las nubes de calor, fueron acercándose a su destino. Con muchísima dificultad, haciendo grandes esfuerzos, ascendieron la suave rampa que enlazaba la carretera con el asilo. Sus caras, apacibles y bondadosas, me recordaban a los rostros de los niños, extenuados tras un largo día de cumpleaños. Niños mayores de sesenta y cinco años que arrastraban un pasado. Niños ex bomberos, ex amas de casa, ex sargentos de la guardia civil, ex enfermeras o ex artistas de variedades, aunque también ex asesinos, ex prostitutas, ex violadores, ex parricidas o ex navajeros de la peor calaña; las canas y las arrugas implicaban respeto, pero las escorias de la vida pertenecían a cada uno.
Aunque no quise mirar, aunque me forcé a observar la infinita línea del horizonte en vez de apreciar el sufrimiento que aquella pequeña ondulación les producía, acabé volviendo la vista hacia la rampa. Era un espectáculo dantesto y decadente: parecían robots a los que se les estuviesen terminando las baterías. Según iban llegando a mi posición, me saludaban educadamente, entre respiraciones agitadas y palpitaciones asíncronas, y yo les devolvía el saludo con una cortés sonrisa. Cuando doblaron la esquina y se dieron de bruces con el coche fúnebre, dejaron de caminar, como inmovilizados por una fuerza descomunal y cercana, y se reunieron en un amplio círculo. En voz baja, como para no profanar el sueño de los muertos, fueron discutiendo a quién habría venido a buscar la dama de la guadaña.
En su tono de voz se podía apreciar el miedo, un miedo con el que tenían que convivir día a día. Un miedo que sólo desaparecería con la muerte.
Desde mi posición, desde de refugio al lado del jardín, pude apreciar la amargura de sus comentarios y, por un momento, perdí mi identidad, el contorno de mis recuerdos y lo que me pareció más importante: perdí la percepción de mi juventud. Me convertí en uno de ellos, en un pobre diablo que esperaba la muerte jugando al mus, recordando o haciendo pequeñas excursiones; saber a ciencia cierta que el monstruo viene hacia ti y disimular como si la cosa no fuese contigo, de eso se trataba. Lleno de un angustioso nerviosismo, caminé hacia la puerta principal, en un intento desesperado por desprenderme del miedo, viscoso e insondable, que aquel minúsculo grupo me había contagiado. Sentía las manos brutales y despiadadas de Dios en mi cuello -unas manos de largos dedos huesudos y llenos de callosidades-, ahogándome como a un perro, disfrutando con la destrucción de otra de sus imperfectas creaciones de barro y lágrimas. Me ahogaba y no podía evitarlo. Entonces, como por arte de magia, las puertas automáticas de cristal se abrieron y la chica rubia salió con su habitual entusiasmo y agitó la mano en mi dirección. De las profundidades de la entrepierna de mi pantalón vaquero surgió una oleada de calor incontrolable, una catedral de deseo que terminó por ahuyentar de mi lado aquel presagio de muerte. Cerré los ojos, inflé los pulmones de aire puro y me quedé allí, sonriendo, bajo el abrasador sol de agosto, con la extasiante alegría de haber recuperado mi juventud y la sensación de tener que aprovechar mi vida al máximo.
Cerraduras
OSCAR SIPÁN
Cerraduras
"Estamos todos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro", E.M. CIORAN
Miro a través del ojo de la cerradura y veo a una mujer madura
-alcanzando esa frontera marchita que es la menopausia-- sentada en la cama de una habitación en penumbra. Tiene la cara surcada de arrugas, una de esas caras irreductibles, ajadas por el tiempo, que jamás se dignan en integrarse con el paisaje, y acaricia un retrato con ambas manos, casi arañándolo, presa de una impaciencia incontrolable. Los ojos -oscuros, impregnados en una luz confusa -son un pozo de aguas profundas; las sienes hierba cana, zuzón aletargado por el invierno. Ahora que su única hija ha muerto los días transcurren lentos y extraños. Suspira, sin dejar de acariciar el retrato, y se yergue repentinamente, poseída por una fuerza descomunal, agitando la lámpara de araña del techo. Sueña con sus manos pequeñas y su sonrisa irrompible, a todas horas.
Pero el cordón umbilical se ha roto definitivamente.
Se incorpora, sintiéndose vieja e inútil, y recorre la habitación empujada por la ansiedad. Se detiene ante el tocador. Se sienta en una silla de mimbre y se cepilla el cabello lentamente, con la mano izquierda, imitando los gestos elegantes y precisos de su hija. La voz de un hombre -"me voy, no me esperes para cenar"- atraviesa la puerta cerrada. Una voz pausada y nasal, carente de misterio, apática, demasiado lenta para la vida. Sin responderle, concentrada en sus miserias, abre un joyero y levanta el doble fondo de terciopelo: la foto de un joven de gesto orgulloso y rostro simétrico, algo taimado, una carta de amor moteada de lágrimas, un poema de grafía alterada por el dolor ("Te quiero con ese extraño avanzar de las mareas/ silencioso y disciplinado/ víctima de un absurdo plan tan antiguo como el tiempo/ de un dueño invisible/ de una luz que enturbia nuestros abrazos/ Te quiero desde la órbita imposible de un despertar varado en un océano de cansancio/ Te quiero a través de los cuerpos que pupila, corazón y cerebro/ fabrican para nosotros/ Te quiero/ a pesar de todo/ pero no hay poesía en la traición"), una caja de preservativos, un número de teléfono anotado en una grasienta servilleta de cafetería. Revisa estos objetos con la minuciosidad de un arqueólogo y luego los guarda. Vuelve a la cama y, abatida por una mano invisible, por un viento interior, se deja caer. Ahora, fría como una misa televisada, desorientada como una princesa sin un espejo, aferrándose a un pasado que se desmorona, buscando oxígeno en los recuerdos, paladeando un jarabe de hiel (el jugo de la derrota), sin ilusiones, sin camino, puede sentir la aplastante soledad humana, el estómago vacío de Dios. Porque, ¿de qué le sirve a una madre rota el sabor de la primera cereza del verano? ¿Puede importarle algo el deterioro de la capa de ozono? ¿Las consecuencias devastadoras del sida en Africa?
Se necesita mucho dolor para no sentir nada.
El tic tac del reloj asesina toda esperanza en el cuarto cerrado, sembrado de motas de polvo y mariposas disecadas, atrapado en una atmósfera de levadura.
Arroja el retrato contra la pared, provocando un ruido ensordecedor, desasosegante, como de trenes chocando en la niebla, y sale del cuarto con un único pensamiento:
--"No existe cobijo para esta tormenta".
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer encorvada afeitando a su esposo. El filo de la navaja se desliza por el cuello y el mentón hasta llegar a un labio inferior, húmedo y amoratado, que se descuelga sin vida. La mujer le habla cariñosamente, como a un niño enfadado, mientras tensa la arrugas de la mejilla y secciona una barba cana e hirsuta. No puede evitarlo: una gota de sangre se desliza por un rostro que hacía volver la vista atrás y que ahora se encuentra reducido a una masa de carne inútil. Un cuerpo hermoso y solemne, de ideales acendrados y personalidad cautivadora, al que, por no quedarle, no le queda ni la dignidad del suicida: el cuerpo de un juez atrapado por una enfermedad de nombre impronunciable que nubla la vista y los sentidos, de un germen que asesina la lucidez, toda ilusión. Cuando termina, le masajea la cara de abajo a arriba, con su aftersabe preferido, y besa su frente herida, apenas rozándola; días atrás, se asustó al no reconocerse en el espejo y se golpeó en la huída con el armario del baño. Le quita el batín de seda japonesa (regalo de su último cumpleaños), desnudándole en un silencio quebradizo y, tumbándole en la cama, boca arriba, le coloca una cuña de metal bajo los genitales. Vierte agua templada y gel sobre un barreño de plástico y una esponja y limpia un cuerpo nervudo jaspeado de pecas y decadencia, dedicando especial atención a los pliegues de las articulaciones y el sexo. Tras secarlo concienzudamente, le cambia el pijama y le pone las zapatillas. Más tarde, deja caer la aguja de diamante sobre un disco gastado y, como cada mañana desde hace seis largos años, la "Danza húngara Nº 3" de Brahms se expande por el cuarto. Alzándolo de las axilas, lo coloca en posición vertical y entrelaza su mano a la suya, abrazando su gruesa cintura al mismo tiempo. El hombre mueve los pies pesadamente, sin prestar atención al ritmo ni al compás, fuera de toda armonía, como si se arrastrase por un lodazal. La mujer guía y dirige toda la operación. Es sólo un brillo, un destello que se diluye en sus ojos zarcos, de un azul abrasado, sin vida, lejos del bien y del mal, pero, por un momento, la luz de aquel viaje a Grecia le devuelve la esperanza: la sombra de un diciembre apasionado eternizándose en su cerebro, la sensación de inmortalidad al salir de puerto, el gentío agitando pañuelos blancos y derramando lágrimas de envidia o tristeza, las gaviotas, la fría brisa de la mañana y sus modales toscos, zafios hasta la exageración para un hombre de leyes, su mano poderosa ¾una mano de dedos tallados en bronce y uñas devoradas en el tedio de un despacho sin ventanas- acariciando el hueco de la nuca, la pequeña orquesta de jazz comandada por un pianista ciego, el baile, el capitán haciendo los honores con una condesa rusa, la risa y el alcohol, el silencio del camarote alterado por la música de los amantes, noches de cama con sabor masculino y dulzón, el sabor de la vida. No hay nada mejor que la vida. No hay nada tras la cortina de la vida.
Se aparta de él ¾acaba de orinarse y continúa bailando, ajeno a todo sufrimiento- y desea fuertemente que muera en mitad del sueño.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una enana velando el cadáver de su madre. Cuatro candelabros de hierro iluminan tenuemente la sala, una habitación umbría de altos techos poblados por manchas de humedad y jeroglíficos de moho. Una flor seca y un escapulario dorado reposan sobre la mesilla de noche, el único mueble que acompaña a la cama. Un halo de olor acre y desagradable (el aroma del naufragio) envuelve el cuerpo sin vida de la muerta, todavía joven y hermosa, que tiene el cabello recogido en una trenza color mostaza, los labios agrietados por la enfermedad y las manos -manos de uñas largas y afiladas moteadas por restos de esmalte barato-cruzadas sobre el pecho; el semblante, pálido y sin arrugas, es una obra de arte impoluta esculpida en mármol por un loco o un genio.
La enana -sentada sobre la cama, a su lado-le acaricia la mejilla delicadamente, mientras se esfuerza por odiarla: hasta en el final, bajo el yugo inabarcable del invierno perpetuo, parece reprocharle su existencia.
--Aquí está, madre, sin gritarme, sin avergonzarse de mi presencia, hermosa, dulce y tranquila, cuando en vida sólo tuvo para mí desprecio y brutalidad -le increpa furiosa--. ¿Dónde están sus hombres? ¿A dónde se fueron aquellos hombres de sienes plateadas y bucles rubios, aquellos hombres corpulentos y delgados, bebedores y abstemios, empleados de banca y tahúres, engreídos y simpáticos a los que, bajo ningún concepto, podía yo saludar? Capté el mensaje alto y claro, madre: de un vientre tan bello nunca pudo salir nada deforme. Se desprendió de mi cordón umbilical con asco y me ignoró: ignoró al bebé que lloraba de hambre en la cuna, ignoró a la niña que jugaba sola lejos de la vista de la gente, ignoró a la adolescente que se formulaba preguntas en el silencio de la madrugada, que mutaba a mujer en un cerco de amargura. Madre, rompió la más sagrada ley de la naturaleza: repudió a la sangre de su sangre. Me convirtió en el muñeco repugnante donde desahogar sus iras, en la criada eficiente e invisible de su pensión para hombres.
Nada más verla, nada más cruzar el umbral de la puerta de la casa de beneficencia, acompañada por la hermana-portera de voz inexistente y ojos esquivos, se ha llenado de odio: preciosa hasta el final, exuberante en su delgadez, refulgiendo en la penumbra de la habitación como un icono religioso. Un pensamiento trashumante la deja sin fuerzas: al igual que las bombillas aumentan su resplandor y luego se desvanecen, se iluminó antes de morir.
Aunque sabe que ha muerto sola y medio loca, en la más absoluta miseria, lejos de sus vestidos fabulosos, de sus perfumes franceses y de sus joyas, de sus hombres solitarios y sus placeres rápidos en un bazar sexual abierto las veinticuatro horas, bajo un crucifijo de madera arrasado por la carcoma y los rezos, en la habitación de una casa de amparo, consciente en su agonía, retorciéndose entre sábanas usadas y mugre, todavía siente su presencia altiva e irritable, imagina su sonrisa de ultratumba antes del castigo. Y eso la sobrecoge: la semilla del temor no necesita luz para germinar.
--No, basta ya, madre, cuando crucé esa puerta prometí que no volvería a intimidarme. Escapé a un mundo mejor, me exilié de su compañía y del muérdago de sus ojos turbios y, como padre, encontré la felicidad -le recrimina con un tono de voz impregnado en desesperación-Y, ¿sabe qué le digo, madre? Espero que se pudra en el infierno.
Sin mirar atrás, sintiendo un alivio indescriptible, se aleja con paso firme y sale del cuarto hacia la vida, mientras las velas se consumen en una danza anárquica y derraman riachuelos de cera.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer desnuda asiendo un violonchelo como a un amante apocado. Frente a ella, un gran espejo hexagonal le devuelve su imagen, inmóvil, petrificada en un suspiro; una cortina roja, pesada como un muro, aisla la habitación de la luz y el ruido. Tiene los ojos cerrados -ojos de pestañas cobrizas y rizadas, de párpados delicados y venosos- y respira pausadamente. El cabello rasurado al uno le da un aspecto de indefensión. Una hembra de lóbulos cristalinos, pubis laberíntico y piernas largas rematadas por tobillos de porcelana china que desembocan en unos pies pequeños. Una boca grande -de modelo consumida por las drogas, los hombres y la noche-retiene el silencio en un rictus de serenidad. Sus pequeñas manos parecen un prolongación del arco y el violonchelo. Desde su oscuridad, espera el momento adecuado, la décima de segundo mágica que infle las velas de la inspiración. Nada perturba ese rostro cincelado por dioses o demonios, ese rostro de piel pálida y nariz oblonga. De repente, rompe su mutismo y abre los ojos, iluminada por una luz indescifrable, por un néctar de sonidos y colores (licor de almas), y, siguiendo con fervor la partitura fijada en un atril invisible, extrae del instrumento notas que recuerdan aromas silvestres, aromas lejanos, aromas misteriosos: música refrescante para el alma de los que no esperan nada. Utiliza la improvisación como llave que abre la puerta entre dos mundos, como antídoto contra la locura. Se enfrenta a la pieza sin planes ni estratagemas, prisionera de su libertad, combatiendo, con una armonía indestructible, sus miedos, sus inquietudes, buscando el púrpura de la noche eterna, el clímax de su zigurat particular y, cuando parece alcanzarlo, una fuerza desconocida destruye su concentración y le arroja a la realidad. En una sola nota descendente toda la tristeza y el desencanto, toda la vejez y la enfermedad, todo el cansancio y el peso de la Historia, el reflejo de un millón de tardes de hastío en el agua clara, de despertares solitarios, de traiciones inesperadas, los dialectos del tiempo desvelados en una única nota inacabada, el tórrido e imparable camino hacia la muerte.
Se deja caer al suelo entre sollozos, firmemente abrazada a su amante, sintiendo la náusea de la impotencia, víctima, una vez más, de su propia imperfección.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer anclada en la moda de otro tiempo maquillándose ante un espejo de bolsillo. El espejo le dice que nunca fue bonita. Intenta borrar el paso del tiempo con varias capas de maquillaje apelmazado. Pero no es suficiente. Lleva un vestido rojo atardecer que se ciñe a sus caderas y a sus pechos -erguidos y voluptuosos en el pasado, que ahora se descuelgan como fruta podrida, lejos de la efervescencia de la juventud, avergonzados de su antigua lozanía- y parece sonreírle a una copa de vino. Un gran escote en forma de uve muestra las manchas de la vejez y el sol. Brinda a la salud de Gregory Peck, bebe un largo trago y golpea el vaso contra la mesa; los posos del vino se quedan impregnados en el carmín y una saliva oleaginosa se desliza por la comisura de sus labios. Se dispone a ofrecer a la sociedad seis horas de su tiempo libre. El teléfono de la esperanza es un método como cualquier otro para combatir las espinas de la soledad; una forma más de fortificarse contra el fracaso. Medio borracha, con la mirada chispeante y sincera, se levanta y hace café. La cocina -demasiado grande para una sola persona-refulge en una oscuridad tan sólo alterada por la llama del calentador. El silencio, esa ausencia de voces y ruido, parece sobrecogerla. Se sirve un café largo, le agrega un chorrito de anís casero y regresa junto al teléfono. En el cenicero, restos de carmín acunan a cinco cigarrillos consumidos. Termina un crucigrama sin demasiado interés -"sexta letra del alfabeto griego" ZETA--. Camina inquieta con sus zapatos de tacón, rehuyendo su imagen en el espejo, sintiendo un cansancio inexplicable, esperando. Regresa por el camino de la bebida y se sirve varias dosis. Un pensamiento obsceno, sacrílego atraviesa su cabeza: besar en la boca al hombre que, desde el crucifijo de bronce, preside la habitación, lamer la herida del costado y arrancarle el taparrabos, seducirlo, poseerlo en la plenitud de su calvario.
--¿Esta mentira es la vida? ¿Esta falacia? ¿Por qué nos arrastramos como serpientes por un sendero plagado de aristas cortantes? ¿A dónde se fue mi buena estrella? -se lamenta en voz alta, con la cabeza fijada entre las manos.
Se acerca al teléfono negro y desea con todas sus fuerzas que alguien llame. Alguien con una historia triste y sórdida, no importa que sea hombre o mujer. Alguien que se desaga en llantos y necesite su apoyo, su conversación. Porque ella aconseja, escucha, orienta...es una brújula en un mar de confusión; un mar que, en realidad, también arremete contra ella.
Cuando suena el teléfono contesta acariciando el gatillo de una pistola cargada que, tarde o temprano, tendrá que utilizar.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer inclinada sobre una máquina de escribir. El flexo --un círculo de luz ambarina-ilumina volutas de humo y ráfagas de palabras que, como por arte de magia, surgen de la nada, empujadas por unos dedos ágiles y huesudos, sin anillos, esculpidas para una absurda posteridad. Multitud de párrafos masacrados y frases ilegibles violan las cuartillas de papel reciclado, que se amontonan en la parte izquierda de la mesa y en la papelera de rejilla, convertidas en minúsculos satélites.
Escribe: "Le sonríe maquinalmente, sin ganas, y a cambio recibe otro abrazo desconfiado. Ha cedido en sus pretensiones, en su pequeña rebelión. Porque las mujeres le temen al fórceps oxidado que todo hombre lleva dentro".
Escribe: "Los partos, el paso del tiempo y el desamor la convirtieron en una mujer anfibia, una mujer que indistintamente podía vivir en el ostracismo de una tierra baldía de sentimientos o sumergida en un doloroso mar de lágrimas y desdicha".
Escribe: "Hombre y mujer están condenados a no entenderse, a desangrarse en la gélida bañera del amor. El sufrimiento de dos mundos opuestos abre el camino, un camino cuyo final siempre se hace solo y desnudo".
Remarca estas frases con un rotulador rojo y luego las estruja entre sus manos.
Comenzó el relato preguntándose "¿qué hay tras las puertas cerradas?", pero únicamente escribe sobre el esfuerzo: el esfuerzo de una madre por recuperar a su hija fallecida; el esfuerzo de malvivir con un marido víctima del Alzheimer; el esfuerzo por superar el recuerdo de una madre cruel y despiadada; el esfuerzo por vencer la mediocridad; el esfuerzo por escapar de la soledad, el hastío de los que esperan. Escribe sobre los seres que mejor conoce: las mujeres. Y utiliza las cerraduras como nexo entre su imaginación y la realidad. Porque, ¿qué es real y qué no lo es? Alguien dijo:
--"Una vida no existe si no es narrada y fijada en el papel".
Cerraduras
"Estamos todos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro", E.M. CIORAN
Miro a través del ojo de la cerradura y veo a una mujer madura
-alcanzando esa frontera marchita que es la menopausia-- sentada en la cama de una habitación en penumbra. Tiene la cara surcada de arrugas, una de esas caras irreductibles, ajadas por el tiempo, que jamás se dignan en integrarse con el paisaje, y acaricia un retrato con ambas manos, casi arañándolo, presa de una impaciencia incontrolable. Los ojos -oscuros, impregnados en una luz confusa -son un pozo de aguas profundas; las sienes hierba cana, zuzón aletargado por el invierno. Ahora que su única hija ha muerto los días transcurren lentos y extraños. Suspira, sin dejar de acariciar el retrato, y se yergue repentinamente, poseída por una fuerza descomunal, agitando la lámpara de araña del techo. Sueña con sus manos pequeñas y su sonrisa irrompible, a todas horas.
Pero el cordón umbilical se ha roto definitivamente.
Se incorpora, sintiéndose vieja e inútil, y recorre la habitación empujada por la ansiedad. Se detiene ante el tocador. Se sienta en una silla de mimbre y se cepilla el cabello lentamente, con la mano izquierda, imitando los gestos elegantes y precisos de su hija. La voz de un hombre -"me voy, no me esperes para cenar"- atraviesa la puerta cerrada. Una voz pausada y nasal, carente de misterio, apática, demasiado lenta para la vida. Sin responderle, concentrada en sus miserias, abre un joyero y levanta el doble fondo de terciopelo: la foto de un joven de gesto orgulloso y rostro simétrico, algo taimado, una carta de amor moteada de lágrimas, un poema de grafía alterada por el dolor ("Te quiero con ese extraño avanzar de las mareas/ silencioso y disciplinado/ víctima de un absurdo plan tan antiguo como el tiempo/ de un dueño invisible/ de una luz que enturbia nuestros abrazos/ Te quiero desde la órbita imposible de un despertar varado en un océano de cansancio/ Te quiero a través de los cuerpos que pupila, corazón y cerebro/ fabrican para nosotros/ Te quiero/ a pesar de todo/ pero no hay poesía en la traición"), una caja de preservativos, un número de teléfono anotado en una grasienta servilleta de cafetería. Revisa estos objetos con la minuciosidad de un arqueólogo y luego los guarda. Vuelve a la cama y, abatida por una mano invisible, por un viento interior, se deja caer. Ahora, fría como una misa televisada, desorientada como una princesa sin un espejo, aferrándose a un pasado que se desmorona, buscando oxígeno en los recuerdos, paladeando un jarabe de hiel (el jugo de la derrota), sin ilusiones, sin camino, puede sentir la aplastante soledad humana, el estómago vacío de Dios. Porque, ¿de qué le sirve a una madre rota el sabor de la primera cereza del verano? ¿Puede importarle algo el deterioro de la capa de ozono? ¿Las consecuencias devastadoras del sida en Africa?
Se necesita mucho dolor para no sentir nada.
El tic tac del reloj asesina toda esperanza en el cuarto cerrado, sembrado de motas de polvo y mariposas disecadas, atrapado en una atmósfera de levadura.
Arroja el retrato contra la pared, provocando un ruido ensordecedor, desasosegante, como de trenes chocando en la niebla, y sale del cuarto con un único pensamiento:
--"No existe cobijo para esta tormenta".
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer encorvada afeitando a su esposo. El filo de la navaja se desliza por el cuello y el mentón hasta llegar a un labio inferior, húmedo y amoratado, que se descuelga sin vida. La mujer le habla cariñosamente, como a un niño enfadado, mientras tensa la arrugas de la mejilla y secciona una barba cana e hirsuta. No puede evitarlo: una gota de sangre se desliza por un rostro que hacía volver la vista atrás y que ahora se encuentra reducido a una masa de carne inútil. Un cuerpo hermoso y solemne, de ideales acendrados y personalidad cautivadora, al que, por no quedarle, no le queda ni la dignidad del suicida: el cuerpo de un juez atrapado por una enfermedad de nombre impronunciable que nubla la vista y los sentidos, de un germen que asesina la lucidez, toda ilusión. Cuando termina, le masajea la cara de abajo a arriba, con su aftersabe preferido, y besa su frente herida, apenas rozándola; días atrás, se asustó al no reconocerse en el espejo y se golpeó en la huída con el armario del baño. Le quita el batín de seda japonesa (regalo de su último cumpleaños), desnudándole en un silencio quebradizo y, tumbándole en la cama, boca arriba, le coloca una cuña de metal bajo los genitales. Vierte agua templada y gel sobre un barreño de plástico y una esponja y limpia un cuerpo nervudo jaspeado de pecas y decadencia, dedicando especial atención a los pliegues de las articulaciones y el sexo. Tras secarlo concienzudamente, le cambia el pijama y le pone las zapatillas. Más tarde, deja caer la aguja de diamante sobre un disco gastado y, como cada mañana desde hace seis largos años, la "Danza húngara Nº 3" de Brahms se expande por el cuarto. Alzándolo de las axilas, lo coloca en posición vertical y entrelaza su mano a la suya, abrazando su gruesa cintura al mismo tiempo. El hombre mueve los pies pesadamente, sin prestar atención al ritmo ni al compás, fuera de toda armonía, como si se arrastrase por un lodazal. La mujer guía y dirige toda la operación. Es sólo un brillo, un destello que se diluye en sus ojos zarcos, de un azul abrasado, sin vida, lejos del bien y del mal, pero, por un momento, la luz de aquel viaje a Grecia le devuelve la esperanza: la sombra de un diciembre apasionado eternizándose en su cerebro, la sensación de inmortalidad al salir de puerto, el gentío agitando pañuelos blancos y derramando lágrimas de envidia o tristeza, las gaviotas, la fría brisa de la mañana y sus modales toscos, zafios hasta la exageración para un hombre de leyes, su mano poderosa ¾una mano de dedos tallados en bronce y uñas devoradas en el tedio de un despacho sin ventanas- acariciando el hueco de la nuca, la pequeña orquesta de jazz comandada por un pianista ciego, el baile, el capitán haciendo los honores con una condesa rusa, la risa y el alcohol, el silencio del camarote alterado por la música de los amantes, noches de cama con sabor masculino y dulzón, el sabor de la vida. No hay nada mejor que la vida. No hay nada tras la cortina de la vida.
Se aparta de él ¾acaba de orinarse y continúa bailando, ajeno a todo sufrimiento- y desea fuertemente que muera en mitad del sueño.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una enana velando el cadáver de su madre. Cuatro candelabros de hierro iluminan tenuemente la sala, una habitación umbría de altos techos poblados por manchas de humedad y jeroglíficos de moho. Una flor seca y un escapulario dorado reposan sobre la mesilla de noche, el único mueble que acompaña a la cama. Un halo de olor acre y desagradable (el aroma del naufragio) envuelve el cuerpo sin vida de la muerta, todavía joven y hermosa, que tiene el cabello recogido en una trenza color mostaza, los labios agrietados por la enfermedad y las manos -manos de uñas largas y afiladas moteadas por restos de esmalte barato-cruzadas sobre el pecho; el semblante, pálido y sin arrugas, es una obra de arte impoluta esculpida en mármol por un loco o un genio.
La enana -sentada sobre la cama, a su lado-le acaricia la mejilla delicadamente, mientras se esfuerza por odiarla: hasta en el final, bajo el yugo inabarcable del invierno perpetuo, parece reprocharle su existencia.
--Aquí está, madre, sin gritarme, sin avergonzarse de mi presencia, hermosa, dulce y tranquila, cuando en vida sólo tuvo para mí desprecio y brutalidad -le increpa furiosa--. ¿Dónde están sus hombres? ¿A dónde se fueron aquellos hombres de sienes plateadas y bucles rubios, aquellos hombres corpulentos y delgados, bebedores y abstemios, empleados de banca y tahúres, engreídos y simpáticos a los que, bajo ningún concepto, podía yo saludar? Capté el mensaje alto y claro, madre: de un vientre tan bello nunca pudo salir nada deforme. Se desprendió de mi cordón umbilical con asco y me ignoró: ignoró al bebé que lloraba de hambre en la cuna, ignoró a la niña que jugaba sola lejos de la vista de la gente, ignoró a la adolescente que se formulaba preguntas en el silencio de la madrugada, que mutaba a mujer en un cerco de amargura. Madre, rompió la más sagrada ley de la naturaleza: repudió a la sangre de su sangre. Me convirtió en el muñeco repugnante donde desahogar sus iras, en la criada eficiente e invisible de su pensión para hombres.
Nada más verla, nada más cruzar el umbral de la puerta de la casa de beneficencia, acompañada por la hermana-portera de voz inexistente y ojos esquivos, se ha llenado de odio: preciosa hasta el final, exuberante en su delgadez, refulgiendo en la penumbra de la habitación como un icono religioso. Un pensamiento trashumante la deja sin fuerzas: al igual que las bombillas aumentan su resplandor y luego se desvanecen, se iluminó antes de morir.
Aunque sabe que ha muerto sola y medio loca, en la más absoluta miseria, lejos de sus vestidos fabulosos, de sus perfumes franceses y de sus joyas, de sus hombres solitarios y sus placeres rápidos en un bazar sexual abierto las veinticuatro horas, bajo un crucifijo de madera arrasado por la carcoma y los rezos, en la habitación de una casa de amparo, consciente en su agonía, retorciéndose entre sábanas usadas y mugre, todavía siente su presencia altiva e irritable, imagina su sonrisa de ultratumba antes del castigo. Y eso la sobrecoge: la semilla del temor no necesita luz para germinar.
--No, basta ya, madre, cuando crucé esa puerta prometí que no volvería a intimidarme. Escapé a un mundo mejor, me exilié de su compañía y del muérdago de sus ojos turbios y, como padre, encontré la felicidad -le recrimina con un tono de voz impregnado en desesperación-Y, ¿sabe qué le digo, madre? Espero que se pudra en el infierno.
Sin mirar atrás, sintiendo un alivio indescriptible, se aleja con paso firme y sale del cuarto hacia la vida, mientras las velas se consumen en una danza anárquica y derraman riachuelos de cera.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer desnuda asiendo un violonchelo como a un amante apocado. Frente a ella, un gran espejo hexagonal le devuelve su imagen, inmóvil, petrificada en un suspiro; una cortina roja, pesada como un muro, aisla la habitación de la luz y el ruido. Tiene los ojos cerrados -ojos de pestañas cobrizas y rizadas, de párpados delicados y venosos- y respira pausadamente. El cabello rasurado al uno le da un aspecto de indefensión. Una hembra de lóbulos cristalinos, pubis laberíntico y piernas largas rematadas por tobillos de porcelana china que desembocan en unos pies pequeños. Una boca grande -de modelo consumida por las drogas, los hombres y la noche-retiene el silencio en un rictus de serenidad. Sus pequeñas manos parecen un prolongación del arco y el violonchelo. Desde su oscuridad, espera el momento adecuado, la décima de segundo mágica que infle las velas de la inspiración. Nada perturba ese rostro cincelado por dioses o demonios, ese rostro de piel pálida y nariz oblonga. De repente, rompe su mutismo y abre los ojos, iluminada por una luz indescifrable, por un néctar de sonidos y colores (licor de almas), y, siguiendo con fervor la partitura fijada en un atril invisible, extrae del instrumento notas que recuerdan aromas silvestres, aromas lejanos, aromas misteriosos: música refrescante para el alma de los que no esperan nada. Utiliza la improvisación como llave que abre la puerta entre dos mundos, como antídoto contra la locura. Se enfrenta a la pieza sin planes ni estratagemas, prisionera de su libertad, combatiendo, con una armonía indestructible, sus miedos, sus inquietudes, buscando el púrpura de la noche eterna, el clímax de su zigurat particular y, cuando parece alcanzarlo, una fuerza desconocida destruye su concentración y le arroja a la realidad. En una sola nota descendente toda la tristeza y el desencanto, toda la vejez y la enfermedad, todo el cansancio y el peso de la Historia, el reflejo de un millón de tardes de hastío en el agua clara, de despertares solitarios, de traiciones inesperadas, los dialectos del tiempo desvelados en una única nota inacabada, el tórrido e imparable camino hacia la muerte.
Se deja caer al suelo entre sollozos, firmemente abrazada a su amante, sintiendo la náusea de la impotencia, víctima, una vez más, de su propia imperfección.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer anclada en la moda de otro tiempo maquillándose ante un espejo de bolsillo. El espejo le dice que nunca fue bonita. Intenta borrar el paso del tiempo con varias capas de maquillaje apelmazado. Pero no es suficiente. Lleva un vestido rojo atardecer que se ciñe a sus caderas y a sus pechos -erguidos y voluptuosos en el pasado, que ahora se descuelgan como fruta podrida, lejos de la efervescencia de la juventud, avergonzados de su antigua lozanía- y parece sonreírle a una copa de vino. Un gran escote en forma de uve muestra las manchas de la vejez y el sol. Brinda a la salud de Gregory Peck, bebe un largo trago y golpea el vaso contra la mesa; los posos del vino se quedan impregnados en el carmín y una saliva oleaginosa se desliza por la comisura de sus labios. Se dispone a ofrecer a la sociedad seis horas de su tiempo libre. El teléfono de la esperanza es un método como cualquier otro para combatir las espinas de la soledad; una forma más de fortificarse contra el fracaso. Medio borracha, con la mirada chispeante y sincera, se levanta y hace café. La cocina -demasiado grande para una sola persona-refulge en una oscuridad tan sólo alterada por la llama del calentador. El silencio, esa ausencia de voces y ruido, parece sobrecogerla. Se sirve un café largo, le agrega un chorrito de anís casero y regresa junto al teléfono. En el cenicero, restos de carmín acunan a cinco cigarrillos consumidos. Termina un crucigrama sin demasiado interés -"sexta letra del alfabeto griego" ZETA--. Camina inquieta con sus zapatos de tacón, rehuyendo su imagen en el espejo, sintiendo un cansancio inexplicable, esperando. Regresa por el camino de la bebida y se sirve varias dosis. Un pensamiento obsceno, sacrílego atraviesa su cabeza: besar en la boca al hombre que, desde el crucifijo de bronce, preside la habitación, lamer la herida del costado y arrancarle el taparrabos, seducirlo, poseerlo en la plenitud de su calvario.
--¿Esta mentira es la vida? ¿Esta falacia? ¿Por qué nos arrastramos como serpientes por un sendero plagado de aristas cortantes? ¿A dónde se fue mi buena estrella? -se lamenta en voz alta, con la cabeza fijada entre las manos.
Se acerca al teléfono negro y desea con todas sus fuerzas que alguien llame. Alguien con una historia triste y sórdida, no importa que sea hombre o mujer. Alguien que se desaga en llantos y necesite su apoyo, su conversación. Porque ella aconseja, escucha, orienta...es una brújula en un mar de confusión; un mar que, en realidad, también arremete contra ella.
Cuando suena el teléfono contesta acariciando el gatillo de una pistola cargada que, tarde o temprano, tendrá que utilizar.
* * * * * *
MIRO A TRAVÉS DEL OJO de la cerradura y veo a una mujer inclinada sobre una máquina de escribir. El flexo --un círculo de luz ambarina-ilumina volutas de humo y ráfagas de palabras que, como por arte de magia, surgen de la nada, empujadas por unos dedos ágiles y huesudos, sin anillos, esculpidas para una absurda posteridad. Multitud de párrafos masacrados y frases ilegibles violan las cuartillas de papel reciclado, que se amontonan en la parte izquierda de la mesa y en la papelera de rejilla, convertidas en minúsculos satélites.
Escribe: "Le sonríe maquinalmente, sin ganas, y a cambio recibe otro abrazo desconfiado. Ha cedido en sus pretensiones, en su pequeña rebelión. Porque las mujeres le temen al fórceps oxidado que todo hombre lleva dentro".
Escribe: "Los partos, el paso del tiempo y el desamor la convirtieron en una mujer anfibia, una mujer que indistintamente podía vivir en el ostracismo de una tierra baldía de sentimientos o sumergida en un doloroso mar de lágrimas y desdicha".
Escribe: "Hombre y mujer están condenados a no entenderse, a desangrarse en la gélida bañera del amor. El sufrimiento de dos mundos opuestos abre el camino, un camino cuyo final siempre se hace solo y desnudo".
Remarca estas frases con un rotulador rojo y luego las estruja entre sus manos.
Comenzó el relato preguntándose "¿qué hay tras las puertas cerradas?", pero únicamente escribe sobre el esfuerzo: el esfuerzo de una madre por recuperar a su hija fallecida; el esfuerzo de malvivir con un marido víctima del Alzheimer; el esfuerzo por superar el recuerdo de una madre cruel y despiadada; el esfuerzo por vencer la mediocridad; el esfuerzo por escapar de la soledad, el hastío de los que esperan. Escribe sobre los seres que mejor conoce: las mujeres. Y utiliza las cerraduras como nexo entre su imaginación y la realidad. Porque, ¿qué es real y qué no lo es? Alguien dijo:
--"Una vida no existe si no es narrada y fijada en el papel".
4.11.11
Ramón Gómez de la Serna
RAMÓN GóMEZ DE LA SERNA (1888-1963). Nació en Madrid. Publicó su primer libro a los 13 años; su obra sobrepasa los 80 volúmenes. Entre sus muchas características innovadoras está la de transformar los géneros que toca dándoles un sello y configuración muy personales. Fue el creador de la greguería, frase aguda, breve y paradójica. Como el pintor Dalí, sus excentricidades abonaron su fama: pronunció conferencias, encaramado en un trapecio, o encima de una mesa colocada sobre el lomo de un elefante pintado de blonco y negro; solía decir que las siete plumas de fuente que invarioblemente llevaba en el bolsillo interior del saco se llenaban solas por la sangre que extraían de su corazón. La admiración hacia él llegó a ser motivo de un culto conocido con el nombre de ramonismo. No crea en su literatura propiamente personajes, sino tipos que encarnan ideas. Su novela más conocida, La viuda blanca y negra, acusa cierta influencia unamunesca.
El pez único
Ramón Gómez de la Serna
El gabinete brasileño tenía aire de decoración del rey Midas, con biombos del emperador del Japón. Sobre una mesita brillaba una pecera de cristal azuloso, en que el pez, más inverosímil del mundo se paseaba como por un palacio. Se veía que el centro de la habitación era aquella pecera. En la paz sestera del salón de Río de Janeiro, todo floreciente hacia la bahía luminosa, la pecera era como el símbolo de un misterio y de una adoración.
Don Américo, repleto y callado, y doña Lía, silenciosa y amuñecada, estaban satisfechos de sus rentas. Se sentía en aquella paz un silencio fecundo, cuajado en cafetales, rico en raíces, resurgidor de cosechas. Don Américo y doña Lía no tenían más deber que no interrumpir lo que iba cundiendo en la atmósfera, como riqueza de lluvia en día claro y candente.
—Lía, estás demasiado inmóvil —dijo don Américo, asustando al pez con sus palabras.
—Américo, así se conserva mejor la etiqueta, y ya sabes que viene a cenar el excelentísimo don Reinaldo dos Santos.
—Lo sé, pero es demasiada tu inmovilidad... Mécele,... Cuando tan compuesta y perfumada te mueves en la, mecedora, parece que entran vientos perfumados en la habjtación.
Doña Lía se movió un poco y por las ramas y las flores dibujadas en la casa y taraceadas en los biombos pasó una brisa que lo animó todo.
—¿Sabes el signo que me parece que hace nuestro pez en el agua? —preguntó don Américo.
—¿Cuál? —dijo doña Lía.
—El signo del dólar, la ese endemoniada.
—Como que nuestro pez en un pez capitalista.
Había llegado la hora de encender luz, y doña Lía encendió tantas lámparas como se encienden en un teatro inyectando enchufes en todas las paredes y animando de luz las más bellas pantallas céreas y sonrosadas.
El timbre sonó en el fondo de 1a casa, y a los pocos momentos se oyó el badajo de un bastón en la campana de cobre de la bastonera y poco después en el felpudo del pasillo se sintieron pasos en voz baja, y como remate un criado, al que destacaron en el umbral de la habitación las linternas de sus guantes blancos, pronunció e1 nombre del excelentísimo señor don Reinaldo dos Santos de Alburquerque da Silva.
Durante un largo rato como cuando los pájaros trinan al encontrarse en el mismo árbol, se repartieron cortesías, saludos y excelencias entre los tres reunidos. El excelentísimo don Reinaldo dos Santos traía un esmoquin intachable y en su pechera lucía esa perla verdadera en que se conoce a los americanos verdaderos.
Don Reinaldo comenzó a acariciar las pantallas como si fuesen gorrotes de niños, y alabó copiosamente todas aquellas riquezas que convertían en sacristía búdica el salón de doña Lía y don Américo. Al llegar al pez se quedó asombrado, como si hubiese hallado uno de esos joyeles únicos que se muestran en las vitrinas centrales de los museos.
—Pero ¿qué pez es éste? —preguntó balbuciendo ante las irisaciones con que coqueteaba bajo sus miradas, soltando burbujas de ópalo, mientras sonreía como un pez irónico y superior.
—¡Ah, este pez es un pez inencontrable y mágico! —dijo ponderativo don Américo.
Don Reinaldo miraba el fondo de la pecera como un pájaro que sólo mira con un ojo para ver mejor lo que cae bajo su vista.
—¡Un pez como éste no lo habrá visto su excelencia jamás! —añadió doña Lía, aumentando el interés de la visión.
El pez se movía en el agua con pretensiones de bolsillo de brillantes y zafiros montados sobre malla de oro.
—Este pez —insistió don Américo— es un pez único de la India, que ha necesitado cien años de cruces y cuidados para tener tan bellos matices. Ha consumido las vidas de un padre, un hijo y un nieto, dedicados a añadirle lóbulos de perfección.
—¡Si le dijéramos lo que ha costado, se quedaría usted patidifuso!... ¡Cinco mil pesos! —declaró doña Lía, dejando inmóvil al invitado.
Durante unos minutos, el joven de tierra adentro tomó el aspecto enigmático del indígena malicioso acariciando la idea de un crimen. El bigotico con que imitaba a los héroes de la pantalla se despegaba de su rostro de color amulatado, y su sonrisa se fue abriendo en sonrisa de máscara.
Don Américo y doña Lía se miraron satisfechos de ver una admiración tan enorme frente a su pez único.
Don Reinaldo espiaba en un espejo lejano el gesto de los dueños de la casa, y, volviéndoles la espalda, en un santiamén metió la mano en la pecera, apañó el pez, y en un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, se tragó el pez inaudito, el pez insólito, la filigrana tierna y centenaria.
—¡Oh!
—¡Ah!
Dos inmensas exclamaciones de pavor atravesaron como dos balas el espejo en que don Reinaldo, después de haber hecho el gesto infernal de quien se ha tragado toda la caja de las píldoras en vez de la pildorita indicada, volvía a sonreír satisfecho.
—¿Pero qué ha hecho su excelencia? -¿Pero cómo ha podido hacer su excelencia eso? —preguntaron uno tras otro, con idéntica incomprensión, doña Lía y don Américo.
Don Reinaldo, cínico y lleno de sensatez salvaje, respondió:
—¡Un pez de cinco mil pesos! ¡Pues no es nada la suerte! ¿Es que creen ustedes que volveré a encontrarme nunca un pez así? Lo contaré en todas partes como la fechoría más gloriosa de mi vida ¡Haberse comido un pez de cinco mil pesos!
Don Américo, que le oía atónito y colérico, se dirigió a él con gesto de rey de la tribu que echa del poblado al transgresor de la ley, y, señalándole con el dedo la puerta, le dijo:
—¡Váyase!... Ya ha comido usted en mi casa para toda la vida.
—Muchas gracias —respondió don Reinaldo—, ha bastado el entremés para quitarme el apetito... Muchas gracias.
Y don Reinaldo desapareció en el pasillo.
GREGUERÍAS («humorismo + metáfora = greguería»)
De Ramón Gómez de la Serna
Como daba besos lentos duraban más sus amores.
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A veces un beso no es más que chewing gum compartido.
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La reja es el teléfono de más corto hilo para hablar de amor.
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Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.
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Daba besos de segunda boca.
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El primer beso es un robo.
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Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.
_________________
Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos perfecciona el pecado original.
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El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
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En la manera de matar la colilla contra el cenicero se reconoce a la mujer cruel.
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Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.
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Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales.
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Si os tiembla la cerilla al dar lumbre a una mujer, estáis perdidos.
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El beso es hambre de inmortalidad.
_________________
Debajo de un traje de terciopelo parece que la mujer va sin ropa interior.
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Como con los sellos de correo sucede con los besos que los hay los que pegan y los que no pegan.
El pez único
Ramón Gómez de la Serna
El gabinete brasileño tenía aire de decoración del rey Midas, con biombos del emperador del Japón. Sobre una mesita brillaba una pecera de cristal azuloso, en que el pez, más inverosímil del mundo se paseaba como por un palacio. Se veía que el centro de la habitación era aquella pecera. En la paz sestera del salón de Río de Janeiro, todo floreciente hacia la bahía luminosa, la pecera era como el símbolo de un misterio y de una adoración.
Don Américo, repleto y callado, y doña Lía, silenciosa y amuñecada, estaban satisfechos de sus rentas. Se sentía en aquella paz un silencio fecundo, cuajado en cafetales, rico en raíces, resurgidor de cosechas. Don Américo y doña Lía no tenían más deber que no interrumpir lo que iba cundiendo en la atmósfera, como riqueza de lluvia en día claro y candente.
—Lía, estás demasiado inmóvil —dijo don Américo, asustando al pez con sus palabras.
—Américo, así se conserva mejor la etiqueta, y ya sabes que viene a cenar el excelentísimo don Reinaldo dos Santos.
—Lo sé, pero es demasiada tu inmovilidad... Mécele,... Cuando tan compuesta y perfumada te mueves en la, mecedora, parece que entran vientos perfumados en la habjtación.
Doña Lía se movió un poco y por las ramas y las flores dibujadas en la casa y taraceadas en los biombos pasó una brisa que lo animó todo.
—¿Sabes el signo que me parece que hace nuestro pez en el agua? —preguntó don Américo.
—¿Cuál? —dijo doña Lía.
—El signo del dólar, la ese endemoniada.
—Como que nuestro pez en un pez capitalista.
Había llegado la hora de encender luz, y doña Lía encendió tantas lámparas como se encienden en un teatro inyectando enchufes en todas las paredes y animando de luz las más bellas pantallas céreas y sonrosadas.
El timbre sonó en el fondo de 1a casa, y a los pocos momentos se oyó el badajo de un bastón en la campana de cobre de la bastonera y poco después en el felpudo del pasillo se sintieron pasos en voz baja, y como remate un criado, al que destacaron en el umbral de la habitación las linternas de sus guantes blancos, pronunció e1 nombre del excelentísimo señor don Reinaldo dos Santos de Alburquerque da Silva.
Durante un largo rato como cuando los pájaros trinan al encontrarse en el mismo árbol, se repartieron cortesías, saludos y excelencias entre los tres reunidos. El excelentísimo don Reinaldo dos Santos traía un esmoquin intachable y en su pechera lucía esa perla verdadera en que se conoce a los americanos verdaderos.
Don Reinaldo comenzó a acariciar las pantallas como si fuesen gorrotes de niños, y alabó copiosamente todas aquellas riquezas que convertían en sacristía búdica el salón de doña Lía y don Américo. Al llegar al pez se quedó asombrado, como si hubiese hallado uno de esos joyeles únicos que se muestran en las vitrinas centrales de los museos.
—Pero ¿qué pez es éste? —preguntó balbuciendo ante las irisaciones con que coqueteaba bajo sus miradas, soltando burbujas de ópalo, mientras sonreía como un pez irónico y superior.
—¡Ah, este pez es un pez inencontrable y mágico! —dijo ponderativo don Américo.
Don Reinaldo miraba el fondo de la pecera como un pájaro que sólo mira con un ojo para ver mejor lo que cae bajo su vista.
—¡Un pez como éste no lo habrá visto su excelencia jamás! —añadió doña Lía, aumentando el interés de la visión.
El pez se movía en el agua con pretensiones de bolsillo de brillantes y zafiros montados sobre malla de oro.
—Este pez —insistió don Américo— es un pez único de la India, que ha necesitado cien años de cruces y cuidados para tener tan bellos matices. Ha consumido las vidas de un padre, un hijo y un nieto, dedicados a añadirle lóbulos de perfección.
—¡Si le dijéramos lo que ha costado, se quedaría usted patidifuso!... ¡Cinco mil pesos! —declaró doña Lía, dejando inmóvil al invitado.
Durante unos minutos, el joven de tierra adentro tomó el aspecto enigmático del indígena malicioso acariciando la idea de un crimen. El bigotico con que imitaba a los héroes de la pantalla se despegaba de su rostro de color amulatado, y su sonrisa se fue abriendo en sonrisa de máscara.
Don Américo y doña Lía se miraron satisfechos de ver una admiración tan enorme frente a su pez único.
Don Reinaldo espiaba en un espejo lejano el gesto de los dueños de la casa, y, volviéndoles la espalda, en un santiamén metió la mano en la pecera, apañó el pez, y en un abrir y cerrar de ojos, ¡zas!, se tragó el pez inaudito, el pez insólito, la filigrana tierna y centenaria.
—¡Oh!
—¡Ah!
Dos inmensas exclamaciones de pavor atravesaron como dos balas el espejo en que don Reinaldo, después de haber hecho el gesto infernal de quien se ha tragado toda la caja de las píldoras en vez de la pildorita indicada, volvía a sonreír satisfecho.
—¿Pero qué ha hecho su excelencia? -¿Pero cómo ha podido hacer su excelencia eso? —preguntaron uno tras otro, con idéntica incomprensión, doña Lía y don Américo.
Don Reinaldo, cínico y lleno de sensatez salvaje, respondió:
—¡Un pez de cinco mil pesos! ¡Pues no es nada la suerte! ¿Es que creen ustedes que volveré a encontrarme nunca un pez así? Lo contaré en todas partes como la fechoría más gloriosa de mi vida ¡Haberse comido un pez de cinco mil pesos!
Don Américo, que le oía atónito y colérico, se dirigió a él con gesto de rey de la tribu que echa del poblado al transgresor de la ley, y, señalándole con el dedo la puerta, le dijo:
—¡Váyase!... Ya ha comido usted en mi casa para toda la vida.
—Muchas gracias —respondió don Reinaldo—, ha bastado el entremés para quitarme el apetito... Muchas gracias.
Y don Reinaldo desapareció en el pasillo.
GREGUERÍAS («humorismo + metáfora = greguería»)
De Ramón Gómez de la Serna
Como daba besos lentos duraban más sus amores.
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A veces un beso no es más que chewing gum compartido.
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La reja es el teléfono de más corto hilo para hablar de amor.
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Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.
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Daba besos de segunda boca.
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El primer beso es un robo.
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Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.
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Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos perfecciona el pecado original.
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El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
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En la manera de matar la colilla contra el cenicero se reconoce a la mujer cruel.
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Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.
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Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales.
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Si os tiembla la cerilla al dar lumbre a una mujer, estáis perdidos.
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El beso es hambre de inmortalidad.
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Debajo de un traje de terciopelo parece que la mujer va sin ropa interior.
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Como con los sellos de correo sucede con los besos que los hay los que pegan y los que no pegan.
Marcelo Brito (cuento)
CAMILO JOSÉ CELA (1916). Nació en Galicia. Su formación universitaria se vio truncada por la guerra. Por breves períodos fue periodista y empleado burocrático. Es una figura literaria que siempre ha suscitado polémicas: ha recibido por igual elogios y denuestos. Viajó por América y conoce muy bien España. Algunas de sus obras son: Viaje a la Alcarria. Esas nubes que pasan y El molino de viento, narraciones cortas; La familia de PascuaI Duarte, Nuevas andanzas de Lazarillo de Tormes, La colmena, La catira, novelas. Cela posee una gran habilidad para dar rápidos retratos, y admirables dotes verbales. Es uno de los escritores españoles más traducidos y leídos en el extranjero.
Marcelo Brito
Camilo José Cela
Durante muchos meses no se habló de otra cosa por el pueblo... Marcelo Brito, el mulato portugués, cantor de fados y analfabeto, sentimental y soplador de vidrio, con su terno color de café con leche, su sempiterna y amarga sonrisa y su mirar cansino de bestia familiar y entrañable, había salido de presidio. Tenía por entonces alrededor de cuarenta años, y allá —como él decía— se habían quedado sus diez anteriores, mustios, monótonos, reducidos a una reproducción de la carabela Santa María, metida inverosímilmente dentro de una botella de vidrio verde, que había regalado —sabrá Dios por qué—, con una dedicatoria cadenciosa que tardó once meses en copiar de la muestra que le hiciera vaya usted a saber qué ignorado calígrafo presidiario, a don Alejandro, su abogado, el mismo que no consiguió convencer al juez de su inocencia. Porque Marcelo Brito, para que usted lo sepa, era inocente; no fue él quien le pegó con el hacha en mitad de la cabeza a Marta, su mujer; no fue él, que fue la señora Justina, su suegra, la madre de Marta. Pero como parecía que había sido él, y como —después de todo— al juez le era lo mismo que hubiera sido como que no, le mandaron a presidio, y allá le tuvieron casi diez años, metiendo las largas pinzas —con las jarcias y los obenques y los foques de la Santa María—, por el cuello de la botella. Sobre el camastro tenía una fotografía dc Marta, su difunta mujer, de traje negro y con un ramo de azahar en la mano; y, según me contó José Martínez Calvet —su compañero de celda, a quien hube de conocer, andando el tiempo, en Betanzos, en la romería D'os caneiros—, algunas veces su exaltación al verla llegaba a tal extremo, que había que esconderle la botella, con su carabelita dentro, porque no echase a perder toda su labor estragando lo que —cuando no le daba por pensar— era lo único que le entretenía. Después volvía el retrato de su mujer de cara a la pared, y así lo tenía tres o cuatro días, hasta que se le pasaba el arrechucho y lo volvía a poner del derecho. Cuando esto hacía, la cubría materialmente de besos, con tal frenesí, que acababa derrumbándose sobre el jergón, boca abajo, postura en la que quedaba a lo mejor hasta tres o cuatro horas seguidas, llorando como un niño.
Una vez fueron por la penitenciaría, en viaje de estudios, unos abogados recién salidos de la Facultad, sentenciosos y presumidillos como seminaristas de último año de la carrera, que hablaban enfáticamente de la Patología criminal y que no encontraban una cosa a derechas. Quiso la Divina Providencia que fueran testigos de una de las crisis de Marcelo, y como si se hubieran puesto de acuerdo, tuvieron a bien opinar —sin que nadie les preguntase nada— sobre lo que ellos llamaban “caracteres específicos del criminal nato”, sentando como incontrastable la teoría de que esos arrebatos del mulato no eran sino expresión del arrepentimiento que experimentaba por “haber segado en flor” —la frase es de uno de los letrados visitantes— la vida de la mujer a quien en otro tiempo había amado. Los abogadetes se marcharon con su sonrisa satisfecha y su aire triunfal, y yo muchas veces me he preguntado qué habrán dicho, si es que llegaron a enterarse, de lo que más tarde hemos sabido todos: que la pobre Marta se fue para el purgatorio con la cabeza atada con unos cordeles, puestos para enmendar lo que su marido ni hizo ni probablemente se le ocurrió jamás hacer.
La interpretación de los sentimientos es complicada, porque no queremos hacerla sencilla. Sin su complicación, mucha gente a quien saludamos ron orgullo —y con un poco de envidia y otro poco de temor también— y a quien dejamos respetuosamente la derecha cuando nos cruzamos con ella por la calle, no tendría con qué comprar automóviles, ni radios, ni pendientes para sus mujeres, ni nosotros, los que somos sencillos y no tenemos automóvil, ni radio, ni pendientes para regalar, ni, en última instancia, mujer a quien regalárselos, ¿para qué queremos complicar las cosas, si en cuanto dejan de ser sencillas ya no las entendemos? Usted se preguntará por qué sonrío cuando digo esto. Usted se pregunta eso porque no interpreta los sentimientos del prójimo —los míos en este caso— con sencillez. Usted piensa que yo sonrío para hacerme enigmático, para llevar a su alma una sombra de duda sobre mi sencillez; pero yo le podría jurar por lo que quisiera que si sonrío no es más que porque me asusta el convencerme de que no entiendo las cosas en cuanto han dado más de dos vueltas por mi cabeza. Mi sonrisa no es ni más ni menos de lo que creería un niño que me viese sonreír y entendiese lo que digo; mi sonrisa no es sino escudo de mi impotencia, de esta impotencia que amo, por mía y por sencilla, y que me hace llorar y rabiar sin avergonzarme de ello, aunque los abogados crean que si lloro y rabio es porque he dejado de ser sencillo, porque he matado —quién sabe si de un hachazo en la cabeza— mi sencillez y mi candor, recobrados ahora que ya soy viejo, como un primer tesoro...
Lo que sí puedo asegurarles es que el llanto del desgraciado portugués no estaba provocado por arrepentimiento de ninguna clase, porque de ninguna clase podía ser un arrepentimiento producido por una cosa de la que uno no puede arrepentirse porque no la hizo; el llanto de Marcelo no era ni más ni menos —Y qué sencillo es— que por haber perdido lo que no quiso nunca perder y lo que quería más en el mundo, más que a su madre, más que a Portugal, más que a los fados, más que a la varilla de soplar que le había traído don Wolf la vez que fue a Jena de viaje... El llanto de Marcelo era por Marta, por no poder tenerla, por no poder hablarle y besarla como antes, por no poder cantar con ella —parsimoniosamente, a dos voces ya la guitarra— aquellas tristes canciones que cantara años atrás...
—¡Voy muy desordenado, don Camilo José, y usted me lo perdonará! Pero cuando hablo de todas estas cosas es cuando miro jugar a los niños, ¡que no importa adónde van a parar, como no importa mirar si es más hondo o menos hondo el agujero que hacen las criaturas en la arena de la playa!...
Habíamos quedado en que no fuera él, sino la señora Justina, su suegra, la que diera fin a los veintitrés años de Marta. El caso es que tardó en averiguarse la verdad tanto como la vieja tardó en morir, porque la muy bruja —que debía de tener miedo a la muerte— tuvo buen cuidado de callar siempre, aun cuando más comprometido veía al yerno, y menos mal que cuando se la llevó Satanás tuvo la ocurrencia de dejar una carta escrita diciendo la verdad; que si no, a estas alturas el pobre Marcelo seguía añadiéndole detallitos a la Santa María... Tal maldad tenía la vieja, que para mí no dijo la verdad ni aun en trance de muerte, al confesor ni a nadie, porque, aunque, según cuentan, pedía confesión a gritos, me cuesta trabajo creer que no fuese hereje. El caso es que, como digo, dejó una carta escrita diciendo lo que había, y al inocente le sacaron de la cárcel —con tanto, por lo menos, papel de oficio como cuando le metieron—, y como era un buen soplador y don Wolf le estimaba, volvió a colocarse en la fábrica —que por entonces tenía dos pabellones más— y a trabajar, si no feliz, por lo menos descansado.
Transcurrieron dos años sin que ocurriera novedad, y al cabo de eso tiempo nos vimos sorprendidos con la noticia de que Marcelo Brito, temeroso de la soledad, se casaba de nuevo.
La soledad, con Marcelo tan al margen, tan a la parte de fuera de lo que le rodeaba, como tiempo atrás lo estuviera de su compañero José Martínez Calvet, era dura y desabrida, y tan pesada y tan difícil de llevar, que Marcelo Brito —quizá un poco por miedo y otro poco por egoísmo, aunque él es posible que no se diese mucha cuenta de este segundo supuesto y que incluso lo rechazara si llegase a percatarse de su verdad— se decidió a dar el paso, a arreglar una vez más sus papeles (aumentados ahora con el certificado de defunción de Marta) y a «erigir un nuevo hogar», como don Raimundo, el cura, hubo de decir con motivo de la boda. Esta vez fue Dolores, la hija del guarda del paso a nivel, la escogida. Marcelo lo pensó mucho antes de decidirse, y su previsión, para que la triste historia no se repitiese, la llevó hasta tal extremo, que, según cuentan, sometió durante meses a su nueva suegra a las más extrañas y difíciles pruebas; la señora Jacinta, la madre de Dolores, era tonta e incauta como una oveja, y fueron precisamente su tontería y su falta de cautela las que la hicieron salir victoriosa —la inocencia, al cabo, siempre triunfa— de las zancadillas y los baches que, por probarla, no por mala intención, le preparara su yerno.
Dolores era joven y guapa, aunque viuda ya de un marinero a quien la mar quiso tragarse, y el único hijo que había tenido —de unos cuatro años por entonces— había sido muerto diez u once meses atrás, por un mercancías que pasó sin avisar... Los trenes —no sé si usted sabrá—, cuando van a ser seguidos de otro cuyo paso no ha sido comunicado a los guardabarreras, llevan colgado del vagón de cola un farolillo verde para avisar. El mixto de Santiago, que era el que precedió al mercancías, no llevaba farol, y si lo llevaba, iría apagado; porque nadie lo vio. El caso es que Dolores no tomó cuidado del chiquillo y que el mercancías —con treinta y dos unidades— le pasó por encima y le dejó la cabecita como una hoja de bacalao... Al principio hubo el consiguiente revuelo; pero después —como, desgraciadamente, siempre ocurre— no pasó más sino que a la víctima le hicieron la autopsia, la metieron en una cajita blanca —que, eso sí, le regaló la Compañía— y la enterraron.
El gerente le echó la culpa al jefe de Servicios; el jefe de Servicios, al jefe de la estación de La Esclavitud; el jefe de la estación de La Esclavitud, al jefe de tren; el jefe de tren, al viento... El viento —permítame que me ría— es irresponsable.
La boda se celebró, y aunque los dos eran viudos, no hubo cencerrada, porque el pueblo, ya sabe usted, es cariñoso y afectivo como los niños, y tanto Marcelo como Dolores eran más dignos de afecto y de cariño —por todo lo que habían pasado— que de otra cosa. Transcurrieron los meses, y al año y pico de casarse tuvieron un niño, a quien llamaron Marcelo, y que daba gozo verle de sano y colorado como era. Marcelo padre estaba radiante de alegría; cuando vino el verano y ya el chiquillo tenía unos meses, iba todos los días, después del vidrio, al río con la mujer y con el hijo; al niño le ponían sobre una manta, y Marcelo y la mujer, por entretenerse, jugaban a la brisca. Los domingos llevaban, además, chorizo y vino para merendar, y la guitarra (mejor dicho, otra guitarra, porque la otra se desfondó una mañana que la señora Justina se sentó encima de ella) para cantar fados.
La vida en el matrimonio era feliz. No andaban boyantes, pero tampoco apurados; y como al jornal de Marcelo hubo de unirse el de Dolores, que empezó a trabajar en una aserrería que estaba por Bastabales, llegaron a reunir entre los dos la cantidad bastante para no tener que sentir agobio de dinero. El niño crecía poquito a poco, como crecen los niños, pero sano y seguro, como si quisiera darse prisa para apurar la poca vida que había de restarle.
Primero echó un diente; después rompió a dar carreritas de dos o tres pasos; después empezó a hablar... A los cinco años, Marcelo hijo era un rapaz moreno y plantado, con los labios rojos y un poco abultados, las piernas rectas y duras... No había pasado el sarampión; no había tenido la tosferina; no había sufrido lo mismo para echar la dentadura...
Los padres seguían yendo con él —y con el chorizo, el vino y la guitarra— a sentarse en la hierbita del río los domingos por la tarde. Cuando se cansaban de cantar, sacaban las cartas y se ponían a jugar —como cinco años atrás— a la brisca. Marcelo seguía gastándole a su mujer la broma de siempre —dejarse ganar—, y Dolores seguía correspondiendo al marido con la seriedad de siempre; una seriedad un poco cómica que a Marcelo —un sentimental en el fondo— le resultaba encantadora.
Al niño le quitaban las alpargatas y correteaba sobre el verde, o bajaba hasta la arena de la orilla, o metía los pies en el agua, arremangándose los pantaloncillos de pana hasta por encima de las rodillas.
Hasta que un día —la fatalidad se ensañaba con el desgraciado Brito— sucedió lo que todo el mundo (después de que sucedió, qué antes nadie lo dijo) salió diciendo que tenía que suceder: el niño —nadie sino Dios, que está en lo alto, supo nunca exactamente cómo fue— debió de caerse, o resbalar, o perder pie, o marearse, el caso es que se lo llevó la corriente y se ahogó.
¡Sabe Dios lo que habrá sufrido el angelito! Don Anselmo, que conocía bien los horrores de verse rodeado de agua por completo, que sabía bien el pobre —tres naufragios, uno de ellos gravísimo, hubo de soportar— de los miedos que se han de pasar al luchar, impotentes, contra el elemento, comentaba siempre con escalofrío la desgracia de Marcelo hijo.
No se oyó ni un grito ni un quejido; si la criatura gritó, bien sabe Dios que por nadie fue oída... Le habrían oído sólo los peces, los helechos de la orilla, las moléculas del agua... ¡lo que no podía salvarle! Le habrían sólo oído Dios y sus santos, los ángeles, niños a lo mejor como él, y quien sabe si, por la voluntad divina, parados en sus cinco años inocentes, aunque en sus alas hubieran soplado ya vendavales de tantos siglos...
El cadáver fue a aparecer preso en la reja del molino, al lado de una gallina muerta que llevaría allí vaya usted a saber los días, y a quien nadie hubiera encontrado jamás si no se hubiera ahogado el niño del portugués; la gallina se hubiera ido medio consumiendo, medio disolviendo lentamente, ya la dueña siempre le habría quedado la sospecha de que se la había robado cualquier vecina o aquel caminante de la barba y el morral que se llevaba la culpa de todo...
Si el molino no hubiera tenido reja, al niño no le habría encontrado nadie. ¡Quién sabe si se hubiera molido, poquito a poco; si se hubiera convertido en polvo fino, como si fuera maíz, y nos lo hubiéramos comido entre todos! El juez se daría por vencido, y doña Julia —que tenía un paladar muy delicado— quizá hubiera dicho:
—¡Qué raro sabe este pan! Pero nadie le hubiera hecho caso, porque todos habríamos creído que eran rarezas de doña Julia...
Marcelo Brito
Camilo José Cela
Durante muchos meses no se habló de otra cosa por el pueblo... Marcelo Brito, el mulato portugués, cantor de fados y analfabeto, sentimental y soplador de vidrio, con su terno color de café con leche, su sempiterna y amarga sonrisa y su mirar cansino de bestia familiar y entrañable, había salido de presidio. Tenía por entonces alrededor de cuarenta años, y allá —como él decía— se habían quedado sus diez anteriores, mustios, monótonos, reducidos a una reproducción de la carabela Santa María, metida inverosímilmente dentro de una botella de vidrio verde, que había regalado —sabrá Dios por qué—, con una dedicatoria cadenciosa que tardó once meses en copiar de la muestra que le hiciera vaya usted a saber qué ignorado calígrafo presidiario, a don Alejandro, su abogado, el mismo que no consiguió convencer al juez de su inocencia. Porque Marcelo Brito, para que usted lo sepa, era inocente; no fue él quien le pegó con el hacha en mitad de la cabeza a Marta, su mujer; no fue él, que fue la señora Justina, su suegra, la madre de Marta. Pero como parecía que había sido él, y como —después de todo— al juez le era lo mismo que hubiera sido como que no, le mandaron a presidio, y allá le tuvieron casi diez años, metiendo las largas pinzas —con las jarcias y los obenques y los foques de la Santa María—, por el cuello de la botella. Sobre el camastro tenía una fotografía dc Marta, su difunta mujer, de traje negro y con un ramo de azahar en la mano; y, según me contó José Martínez Calvet —su compañero de celda, a quien hube de conocer, andando el tiempo, en Betanzos, en la romería D'os caneiros—, algunas veces su exaltación al verla llegaba a tal extremo, que había que esconderle la botella, con su carabelita dentro, porque no echase a perder toda su labor estragando lo que —cuando no le daba por pensar— era lo único que le entretenía. Después volvía el retrato de su mujer de cara a la pared, y así lo tenía tres o cuatro días, hasta que se le pasaba el arrechucho y lo volvía a poner del derecho. Cuando esto hacía, la cubría materialmente de besos, con tal frenesí, que acababa derrumbándose sobre el jergón, boca abajo, postura en la que quedaba a lo mejor hasta tres o cuatro horas seguidas, llorando como un niño.
Una vez fueron por la penitenciaría, en viaje de estudios, unos abogados recién salidos de la Facultad, sentenciosos y presumidillos como seminaristas de último año de la carrera, que hablaban enfáticamente de la Patología criminal y que no encontraban una cosa a derechas. Quiso la Divina Providencia que fueran testigos de una de las crisis de Marcelo, y como si se hubieran puesto de acuerdo, tuvieron a bien opinar —sin que nadie les preguntase nada— sobre lo que ellos llamaban “caracteres específicos del criminal nato”, sentando como incontrastable la teoría de que esos arrebatos del mulato no eran sino expresión del arrepentimiento que experimentaba por “haber segado en flor” —la frase es de uno de los letrados visitantes— la vida de la mujer a quien en otro tiempo había amado. Los abogadetes se marcharon con su sonrisa satisfecha y su aire triunfal, y yo muchas veces me he preguntado qué habrán dicho, si es que llegaron a enterarse, de lo que más tarde hemos sabido todos: que la pobre Marta se fue para el purgatorio con la cabeza atada con unos cordeles, puestos para enmendar lo que su marido ni hizo ni probablemente se le ocurrió jamás hacer.
La interpretación de los sentimientos es complicada, porque no queremos hacerla sencilla. Sin su complicación, mucha gente a quien saludamos ron orgullo —y con un poco de envidia y otro poco de temor también— y a quien dejamos respetuosamente la derecha cuando nos cruzamos con ella por la calle, no tendría con qué comprar automóviles, ni radios, ni pendientes para sus mujeres, ni nosotros, los que somos sencillos y no tenemos automóvil, ni radio, ni pendientes para regalar, ni, en última instancia, mujer a quien regalárselos, ¿para qué queremos complicar las cosas, si en cuanto dejan de ser sencillas ya no las entendemos? Usted se preguntará por qué sonrío cuando digo esto. Usted se pregunta eso porque no interpreta los sentimientos del prójimo —los míos en este caso— con sencillez. Usted piensa que yo sonrío para hacerme enigmático, para llevar a su alma una sombra de duda sobre mi sencillez; pero yo le podría jurar por lo que quisiera que si sonrío no es más que porque me asusta el convencerme de que no entiendo las cosas en cuanto han dado más de dos vueltas por mi cabeza. Mi sonrisa no es ni más ni menos de lo que creería un niño que me viese sonreír y entendiese lo que digo; mi sonrisa no es sino escudo de mi impotencia, de esta impotencia que amo, por mía y por sencilla, y que me hace llorar y rabiar sin avergonzarme de ello, aunque los abogados crean que si lloro y rabio es porque he dejado de ser sencillo, porque he matado —quién sabe si de un hachazo en la cabeza— mi sencillez y mi candor, recobrados ahora que ya soy viejo, como un primer tesoro...
Lo que sí puedo asegurarles es que el llanto del desgraciado portugués no estaba provocado por arrepentimiento de ninguna clase, porque de ninguna clase podía ser un arrepentimiento producido por una cosa de la que uno no puede arrepentirse porque no la hizo; el llanto de Marcelo no era ni más ni menos —Y qué sencillo es— que por haber perdido lo que no quiso nunca perder y lo que quería más en el mundo, más que a su madre, más que a Portugal, más que a los fados, más que a la varilla de soplar que le había traído don Wolf la vez que fue a Jena de viaje... El llanto de Marcelo era por Marta, por no poder tenerla, por no poder hablarle y besarla como antes, por no poder cantar con ella —parsimoniosamente, a dos voces ya la guitarra— aquellas tristes canciones que cantara años atrás...
—¡Voy muy desordenado, don Camilo José, y usted me lo perdonará! Pero cuando hablo de todas estas cosas es cuando miro jugar a los niños, ¡que no importa adónde van a parar, como no importa mirar si es más hondo o menos hondo el agujero que hacen las criaturas en la arena de la playa!...
Habíamos quedado en que no fuera él, sino la señora Justina, su suegra, la que diera fin a los veintitrés años de Marta. El caso es que tardó en averiguarse la verdad tanto como la vieja tardó en morir, porque la muy bruja —que debía de tener miedo a la muerte— tuvo buen cuidado de callar siempre, aun cuando más comprometido veía al yerno, y menos mal que cuando se la llevó Satanás tuvo la ocurrencia de dejar una carta escrita diciendo la verdad; que si no, a estas alturas el pobre Marcelo seguía añadiéndole detallitos a la Santa María... Tal maldad tenía la vieja, que para mí no dijo la verdad ni aun en trance de muerte, al confesor ni a nadie, porque, aunque, según cuentan, pedía confesión a gritos, me cuesta trabajo creer que no fuese hereje. El caso es que, como digo, dejó una carta escrita diciendo lo que había, y al inocente le sacaron de la cárcel —con tanto, por lo menos, papel de oficio como cuando le metieron—, y como era un buen soplador y don Wolf le estimaba, volvió a colocarse en la fábrica —que por entonces tenía dos pabellones más— y a trabajar, si no feliz, por lo menos descansado.
Transcurrieron dos años sin que ocurriera novedad, y al cabo de eso tiempo nos vimos sorprendidos con la noticia de que Marcelo Brito, temeroso de la soledad, se casaba de nuevo.
La soledad, con Marcelo tan al margen, tan a la parte de fuera de lo que le rodeaba, como tiempo atrás lo estuviera de su compañero José Martínez Calvet, era dura y desabrida, y tan pesada y tan difícil de llevar, que Marcelo Brito —quizá un poco por miedo y otro poco por egoísmo, aunque él es posible que no se diese mucha cuenta de este segundo supuesto y que incluso lo rechazara si llegase a percatarse de su verdad— se decidió a dar el paso, a arreglar una vez más sus papeles (aumentados ahora con el certificado de defunción de Marta) y a «erigir un nuevo hogar», como don Raimundo, el cura, hubo de decir con motivo de la boda. Esta vez fue Dolores, la hija del guarda del paso a nivel, la escogida. Marcelo lo pensó mucho antes de decidirse, y su previsión, para que la triste historia no se repitiese, la llevó hasta tal extremo, que, según cuentan, sometió durante meses a su nueva suegra a las más extrañas y difíciles pruebas; la señora Jacinta, la madre de Dolores, era tonta e incauta como una oveja, y fueron precisamente su tontería y su falta de cautela las que la hicieron salir victoriosa —la inocencia, al cabo, siempre triunfa— de las zancadillas y los baches que, por probarla, no por mala intención, le preparara su yerno.
Dolores era joven y guapa, aunque viuda ya de un marinero a quien la mar quiso tragarse, y el único hijo que había tenido —de unos cuatro años por entonces— había sido muerto diez u once meses atrás, por un mercancías que pasó sin avisar... Los trenes —no sé si usted sabrá—, cuando van a ser seguidos de otro cuyo paso no ha sido comunicado a los guardabarreras, llevan colgado del vagón de cola un farolillo verde para avisar. El mixto de Santiago, que era el que precedió al mercancías, no llevaba farol, y si lo llevaba, iría apagado; porque nadie lo vio. El caso es que Dolores no tomó cuidado del chiquillo y que el mercancías —con treinta y dos unidades— le pasó por encima y le dejó la cabecita como una hoja de bacalao... Al principio hubo el consiguiente revuelo; pero después —como, desgraciadamente, siempre ocurre— no pasó más sino que a la víctima le hicieron la autopsia, la metieron en una cajita blanca —que, eso sí, le regaló la Compañía— y la enterraron.
El gerente le echó la culpa al jefe de Servicios; el jefe de Servicios, al jefe de la estación de La Esclavitud; el jefe de la estación de La Esclavitud, al jefe de tren; el jefe de tren, al viento... El viento —permítame que me ría— es irresponsable.
La boda se celebró, y aunque los dos eran viudos, no hubo cencerrada, porque el pueblo, ya sabe usted, es cariñoso y afectivo como los niños, y tanto Marcelo como Dolores eran más dignos de afecto y de cariño —por todo lo que habían pasado— que de otra cosa. Transcurrieron los meses, y al año y pico de casarse tuvieron un niño, a quien llamaron Marcelo, y que daba gozo verle de sano y colorado como era. Marcelo padre estaba radiante de alegría; cuando vino el verano y ya el chiquillo tenía unos meses, iba todos los días, después del vidrio, al río con la mujer y con el hijo; al niño le ponían sobre una manta, y Marcelo y la mujer, por entretenerse, jugaban a la brisca. Los domingos llevaban, además, chorizo y vino para merendar, y la guitarra (mejor dicho, otra guitarra, porque la otra se desfondó una mañana que la señora Justina se sentó encima de ella) para cantar fados.
La vida en el matrimonio era feliz. No andaban boyantes, pero tampoco apurados; y como al jornal de Marcelo hubo de unirse el de Dolores, que empezó a trabajar en una aserrería que estaba por Bastabales, llegaron a reunir entre los dos la cantidad bastante para no tener que sentir agobio de dinero. El niño crecía poquito a poco, como crecen los niños, pero sano y seguro, como si quisiera darse prisa para apurar la poca vida que había de restarle.
Primero echó un diente; después rompió a dar carreritas de dos o tres pasos; después empezó a hablar... A los cinco años, Marcelo hijo era un rapaz moreno y plantado, con los labios rojos y un poco abultados, las piernas rectas y duras... No había pasado el sarampión; no había tenido la tosferina; no había sufrido lo mismo para echar la dentadura...
Los padres seguían yendo con él —y con el chorizo, el vino y la guitarra— a sentarse en la hierbita del río los domingos por la tarde. Cuando se cansaban de cantar, sacaban las cartas y se ponían a jugar —como cinco años atrás— a la brisca. Marcelo seguía gastándole a su mujer la broma de siempre —dejarse ganar—, y Dolores seguía correspondiendo al marido con la seriedad de siempre; una seriedad un poco cómica que a Marcelo —un sentimental en el fondo— le resultaba encantadora.
Al niño le quitaban las alpargatas y correteaba sobre el verde, o bajaba hasta la arena de la orilla, o metía los pies en el agua, arremangándose los pantaloncillos de pana hasta por encima de las rodillas.
Hasta que un día —la fatalidad se ensañaba con el desgraciado Brito— sucedió lo que todo el mundo (después de que sucedió, qué antes nadie lo dijo) salió diciendo que tenía que suceder: el niño —nadie sino Dios, que está en lo alto, supo nunca exactamente cómo fue— debió de caerse, o resbalar, o perder pie, o marearse, el caso es que se lo llevó la corriente y se ahogó.
¡Sabe Dios lo que habrá sufrido el angelito! Don Anselmo, que conocía bien los horrores de verse rodeado de agua por completo, que sabía bien el pobre —tres naufragios, uno de ellos gravísimo, hubo de soportar— de los miedos que se han de pasar al luchar, impotentes, contra el elemento, comentaba siempre con escalofrío la desgracia de Marcelo hijo.
No se oyó ni un grito ni un quejido; si la criatura gritó, bien sabe Dios que por nadie fue oída... Le habrían oído sólo los peces, los helechos de la orilla, las moléculas del agua... ¡lo que no podía salvarle! Le habrían sólo oído Dios y sus santos, los ángeles, niños a lo mejor como él, y quien sabe si, por la voluntad divina, parados en sus cinco años inocentes, aunque en sus alas hubieran soplado ya vendavales de tantos siglos...
El cadáver fue a aparecer preso en la reja del molino, al lado de una gallina muerta que llevaría allí vaya usted a saber los días, y a quien nadie hubiera encontrado jamás si no se hubiera ahogado el niño del portugués; la gallina se hubiera ido medio consumiendo, medio disolviendo lentamente, ya la dueña siempre le habría quedado la sospecha de que se la había robado cualquier vecina o aquel caminante de la barba y el morral que se llevaba la culpa de todo...
Si el molino no hubiera tenido reja, al niño no le habría encontrado nadie. ¡Quién sabe si se hubiera molido, poquito a poco; si se hubiera convertido en polvo fino, como si fuera maíz, y nos lo hubiéramos comido entre todos! El juez se daría por vencido, y doña Julia —que tenía un paladar muy delicado— quizá hubiera dicho:
—¡Qué raro sabe este pan! Pero nadie le hubiera hecho caso, porque todos habríamos creído que eran rarezas de doña Julia...
Fallos en el Sistema
ÁNGELA VALLVEY
escritora española, (1964).
Si tenía que ser sincero, él nunca había pensado seriamente sobre ello. Si hacía un esfuerzo, recordaba con una vaga inquietud algo de sus días de instituto, sus aburridas clases de ciencias, su indiferencia respecto a muchos asuntos que parecían ser esenciales a juicio de sus profesores.
Pero reflexionar, lo que se dice meditar formalmente sobre la cuestión, no lo había hecho nunca. Hasta aquella tarde. La tarde en que pensó, con las mejores palabras del mejor de los lenguajes existentes en el mundo más perfecto posible, unas cuentas cosas. La gravedad, los cuerpos celestes, la rotación de la Tierra, volcanes, meteoritos... Todo eso.
Ah, cielo santo... ¿Dónde se metía Dios, el Dios de Newton que, aunque no hacía mucho por arreglar miserias y el dolor humanos, al menos se dedicaba a reajustar de vez en cuando las órbitas de los planetas y a mantener el sistema, caótico por naturaleza, funcionando correctamente?
Se acordó de repente de asuntos que alguna vez había leído u oído, incluso memorizado sin prestar atención, como se hace con los anuncios de la tele, que todo el mundo cree ignorar hasta que un día se da cuenta de que está tarareando una melodía ridícula en la que se exaltan las benéficas virtudes de una determinada marca de cereales chocolateados.
Primero fue una pequeña sacudida, como un espasmo de impaciencia que no supo en principio si achacar a su propio estado anímico, alterado y nervioso por el cambio de ambiente. Después, un desacompasado vaivén lleno de furia. Una sacudida fuerte que lo agitó como un sonajero en las manos de un bebé monstruoso. ¿Era el impacto de un meteorito, otro como aquél que exterminó a los dinosaurios? ¿O un terremoto? Sí, se trataba de un maldito terremoto, y él no había presenciado ninguno hasta entonces. Habían pasado 10 días desde que llegó a aquella ciudad y ya una sacudida de la Tierra le había dejado el estómago y el espíritu arrasados por el pánico.
Cuando todo pasó, pensó en aquella Ley de la Gravitación Universal que decía que todos los cuerpos celestes están suspendidos en el espacio insondable y se atraen y se repelen unos a otros de manera que mantienen entre ellos un equilibrio estable, o una inestabilidad más o menos estable. No recordaba con exactitud los términos científicos, pero era algo parecido.
Sólo entonces se dio cuenta de que realmente flotamos a la deriva en medio de un espacio indefinible, negro, salvaje e inexplorado. Que ningún gigante o semidiós ciclópeo y ceñudo sujeta la Tierra para que no se caiga, al fin y al cabo. Que estamos suspendidos sobre la oscuridad y algo que parece vacío, pero que es aún más sobrecogedor porque está lleno de todo eso que no conocemos.
Comenzó a sudar como un pobre diablo, inundado de presagios aciagos. ¿Y si la cosa dejaba de funcionar así, de buenas a primeras? ¿Y si el caos llamaba a la puerta de la vida pocos minutos después del terremoto? Es más: ¿y si aquel temblor era sólo el principio del fin del Orden Universal? Él era tan ingenuo que, realmente, toda su vida había creído que tal cosa existía. Al fin y al cabo era un joven cónsul, una persona diplomática de oficio y de vocación, cuerda y segura. Pero... ¿y si acababa de presenciar el prolegómeno del derrumbamiento definitivo?
Ah, tembló. Nunca debió salir de Bruselas. Tendría que haber utilizado sus contactos para impedir que lo trasladaran al Nuevo Mundo. Le gustaban más los viejos mundos, decadentes pero aparentemente tranquilos.
Pero nada es eterno: él lo había comprobado hacía unos minutos. Había visto con siniestra claridad cuál era la verdad: ¡estar suspendidos en el vacío!, y estar así, además, en una tierra poco civilizada como aquella.
¡Dios mío! ¿Quién podría sentirse confiado ante la magnitud de aquel horror que era la fragilidad de la existencia? ¿Quién podría vivir tranquilo sabiendo cuál era la espantosa realidad? ¿Cómo sentarse, dormir, hacer un trabajo conociendo aquello? Y sobre todo: ¿hasta cuándo duraría la calma? ¿cuánto tardaría la Tierra en rajarse con un vértigo conmovido y furioso? ¿Hacia arriba o hacia abajo? No lo sabía. Pero quizá caeríamos eternamente hasta ser tragados por uno de esos agujeros negros. O hasta chocar contra el sol. Hasta abrasarnos en el infierno de lo desconocido. O tal vez la antimateria hará añicos el planeta, desperdigándonos en una frialdad hierática por el espacio estelar, como trozos de nada helada y triste vagando por los siglos de los siglos.
¿Cómo vivir, para qué hacerlo, sabiendo todo eso? La posibilidad no es más que la conciencia que presiente lo posible, aunque no sea probable.
Se secó de nuevo el sudor con un grasiento pañuelo y lloriqueó como un niño perdido.
Se oían sirenas y gritos en la calle. Hacía rato que el terremoto había cesado afuera, en la Tierra. Sin embargo, dentro de él, el seísmo de locura y terror no había hecho más que iniciar su ciclo, interminable y vertiginoso.
escritora española, (1964).
Si tenía que ser sincero, él nunca había pensado seriamente sobre ello. Si hacía un esfuerzo, recordaba con una vaga inquietud algo de sus días de instituto, sus aburridas clases de ciencias, su indiferencia respecto a muchos asuntos que parecían ser esenciales a juicio de sus profesores.
Pero reflexionar, lo que se dice meditar formalmente sobre la cuestión, no lo había hecho nunca. Hasta aquella tarde. La tarde en que pensó, con las mejores palabras del mejor de los lenguajes existentes en el mundo más perfecto posible, unas cuentas cosas. La gravedad, los cuerpos celestes, la rotación de la Tierra, volcanes, meteoritos... Todo eso.
Ah, cielo santo... ¿Dónde se metía Dios, el Dios de Newton que, aunque no hacía mucho por arreglar miserias y el dolor humanos, al menos se dedicaba a reajustar de vez en cuando las órbitas de los planetas y a mantener el sistema, caótico por naturaleza, funcionando correctamente?
Se acordó de repente de asuntos que alguna vez había leído u oído, incluso memorizado sin prestar atención, como se hace con los anuncios de la tele, que todo el mundo cree ignorar hasta que un día se da cuenta de que está tarareando una melodía ridícula en la que se exaltan las benéficas virtudes de una determinada marca de cereales chocolateados.
Primero fue una pequeña sacudida, como un espasmo de impaciencia que no supo en principio si achacar a su propio estado anímico, alterado y nervioso por el cambio de ambiente. Después, un desacompasado vaivén lleno de furia. Una sacudida fuerte que lo agitó como un sonajero en las manos de un bebé monstruoso. ¿Era el impacto de un meteorito, otro como aquél que exterminó a los dinosaurios? ¿O un terremoto? Sí, se trataba de un maldito terremoto, y él no había presenciado ninguno hasta entonces. Habían pasado 10 días desde que llegó a aquella ciudad y ya una sacudida de la Tierra le había dejado el estómago y el espíritu arrasados por el pánico.
Cuando todo pasó, pensó en aquella Ley de la Gravitación Universal que decía que todos los cuerpos celestes están suspendidos en el espacio insondable y se atraen y se repelen unos a otros de manera que mantienen entre ellos un equilibrio estable, o una inestabilidad más o menos estable. No recordaba con exactitud los términos científicos, pero era algo parecido.
Sólo entonces se dio cuenta de que realmente flotamos a la deriva en medio de un espacio indefinible, negro, salvaje e inexplorado. Que ningún gigante o semidiós ciclópeo y ceñudo sujeta la Tierra para que no se caiga, al fin y al cabo. Que estamos suspendidos sobre la oscuridad y algo que parece vacío, pero que es aún más sobrecogedor porque está lleno de todo eso que no conocemos.
Comenzó a sudar como un pobre diablo, inundado de presagios aciagos. ¿Y si la cosa dejaba de funcionar así, de buenas a primeras? ¿Y si el caos llamaba a la puerta de la vida pocos minutos después del terremoto? Es más: ¿y si aquel temblor era sólo el principio del fin del Orden Universal? Él era tan ingenuo que, realmente, toda su vida había creído que tal cosa existía. Al fin y al cabo era un joven cónsul, una persona diplomática de oficio y de vocación, cuerda y segura. Pero... ¿y si acababa de presenciar el prolegómeno del derrumbamiento definitivo?
Ah, tembló. Nunca debió salir de Bruselas. Tendría que haber utilizado sus contactos para impedir que lo trasladaran al Nuevo Mundo. Le gustaban más los viejos mundos, decadentes pero aparentemente tranquilos.
Pero nada es eterno: él lo había comprobado hacía unos minutos. Había visto con siniestra claridad cuál era la verdad: ¡estar suspendidos en el vacío!, y estar así, además, en una tierra poco civilizada como aquella.
¡Dios mío! ¿Quién podría sentirse confiado ante la magnitud de aquel horror que era la fragilidad de la existencia? ¿Quién podría vivir tranquilo sabiendo cuál era la espantosa realidad? ¿Cómo sentarse, dormir, hacer un trabajo conociendo aquello? Y sobre todo: ¿hasta cuándo duraría la calma? ¿cuánto tardaría la Tierra en rajarse con un vértigo conmovido y furioso? ¿Hacia arriba o hacia abajo? No lo sabía. Pero quizá caeríamos eternamente hasta ser tragados por uno de esos agujeros negros. O hasta chocar contra el sol. Hasta abrasarnos en el infierno de lo desconocido. O tal vez la antimateria hará añicos el planeta, desperdigándonos en una frialdad hierática por el espacio estelar, como trozos de nada helada y triste vagando por los siglos de los siglos.
¿Cómo vivir, para qué hacerlo, sabiendo todo eso? La posibilidad no es más que la conciencia que presiente lo posible, aunque no sea probable.
Se secó de nuevo el sudor con un grasiento pañuelo y lloriqueó como un niño perdido.
Se oían sirenas y gritos en la calle. Hacía rato que el terremoto había cesado afuera, en la Tierra. Sin embargo, dentro de él, el seísmo de locura y terror no había hecho más que iniciar su ciclo, interminable y vertiginoso.
Menú día diez
BERNARDO CASADO
Nació en Madrid en 1964. Cursó estudios de Filología Hispánica y Técnicas de Locución. Ha colaborado en diferentes revistas, volúmenes colectivos y actos.
Libros publicados
· Circunstancia de árboles
· Colectivo Altazor -Colección El Arca de Noé, Murcia 1999
· Si hoy prometiera decena de viento
· Editorial Premura - Barcelona, 2000
· Hombre bajo señales de Octubre
· Revista Badosa - Barcelona, 2001
· Treinta y dos saludos de la boca
Editorial Anceo.com, 2001
Menú día diez
Se envalentonó e hizo caer sobre sus hombros la chaqueta con un alarde taurino. Quiso salir haciendo el menor ruido posible, pero la puerta no colaboró mucho, y temió que su padre se levantara y comenzara de nuevo a insistir sobre la necesidad de terminar la carrera. Las escaleras, aunque eran las mismas de todos los días, tenían un aspecto diferente. Mientras las bajaba, recordaba insistentemente las palabras que le había oído a su padre la noche anterior.
- Tú primero terminas la carrera -, y las palabras salían de su boca acompañadas del humo del cigarro que estaba fumando. - ¿Me entiendes?. Te digo que primero terminas la carrera, y después, ya veremos.
Los tres tramos de escaleras le llevaron hasta la puerta principal. Cuando puso la mano en el pomo de la puerta, inspiró con fuerza y tuvo deseos de santiguarse como había visto hacer a su abuela cuando era pequeño. El era un libra equilibrado, que necesitaba cordialidad entre las partes, ambiente extendido de acuerdo, pero si continuaba con esta disposición a su signo, no lograría en la vida salir del portal, y alcanzar el autobús, el 28, buen número, porque cuando se trata de liberación cualquier número es válido.
Había conseguido encaramarse en el cuarto curso de Derecho, con más ahínco de su padre que disposición suya. Y es que ningún artículo del código penal mencionaba todavía la estrecha relación existente entre el monumental olor de un incipiente sofrito y el deseo de elevarse por el aire articulando un artístico salto. Aquel anuncio en el periódico de la facultad, durante el primer año de carrera, que invitaba a los alumnos a sorprender al jurado del III Concurso de Gastronomía para Universitarios, fue el detonante para empezar a detestar, de forma abierta, las innumerables prótesis legales que se le iban añadiendo a los distintos códigos, para actualizarlos, y así obligarle a memorizar de nuevo, componendas y variantes de leyes y protocolos. Encontró que una mesa, donde se hallan expuestas las diferentes viandas para afrontar el viaje de una buena labor de cocina, se asemejaba mucho al círculo que formaban los distintos signos del zodiaco. Allá, los Leo, gentes como la sal, el cerdo, el vinagre, gentes de empaque y mandato. Girando, los Libra, asunto de equilibrio, como él mismo, la merluza suave que todo permitía, el caldo de verdura dispuesto a alegrar cualquier cuenco. Eso sí, acompañado de un breve apunte de vino, que es la sequía dolencia amarga. O acaso convendría mencionar a Tauro, que como signo de tierra, concitaba a las zanahorias fieles, la amable patata, y el puerro obstinado. Aquella fue la primera y única visión esclarecedora sobre su futuro.
Tomó el autobús con decisión y sin culpa. Vio pasar cada una de las paradas, y en cada una de ellas, al abrirse la puerta para que descendieran viajeros, descendían también asignaturas con nombres latinizados y fantasmagoría de palabras. Cuando volvía a arrancar el autobús, giraba su cabeza y miraba en la calzada para solazarse con los restos inmóviles de las disciplinas expulsadas de su paraíso particular.
- Ahí te quedas, arpía -. Había perdido pie Derecho Romano, y yacía sobre el asfalto enfangado en los humos que soltaba el autobús.
Cuando llegó a su parada, había tenido tiempo para deshacerse de todas las materias acumuladas durante aquellos años. Se abrieron las puertas, y al bajar, encontró que la calle tenía un buen sabor. Un escaparate exponía ciudades y destinos turísticos con los precios expresados en pesetas y euros. Dos números más arriba, la calle se convertía en dos ventanales con marco de madera y una puerta de trazado rústico, tocada por cerrajería negra de forjado. En la parte superior, una placa recordaba que el establecimiento había sido fundado en 1910, y que su nombre era "El FOGON ANTIGUO", así, sin segundo apellido.
Al entrar, un caballete de pintor exponía la carta para aquel día diez, sobre la pared, un educado cuadro, informaba sobre las tarjetas que se aceptaban. Había olor. No aquel olor leguleyo de la página 107 a la 212. Era un olor que sabía relacionado con él, que le reconfortaba, y le disponía.
- Mendieta, adelante, adelante -. El dueño miró su reloj que se asomó con instinto de cabeza de tortuga por la manga de la americana azul. - Has llegado muy pronto.
- Tenía que salir de casa, antes de que sucediera alguna catástrofe.
- ¿Ya lo sabe tu padre?
- Hace lo posible por no quererlo saber. Pero mi decisión está muy clara.
Daniel había sido el dueño durante los últimos catorce años. El anterior, se jubiló sin hijos a quienes confiar el legado familiar, y los trastos de matar habían terminado en su poder con más tesón que conocimiento. Había sabido rodearse de buenas manos atendiendo al público, y de iguales destrezas en la sala de máquinas, como a él le gustaba denominar a la cocina. Su hijo estudiaba también en la Facultad de Derecho, y a cuenta de ello conoció los irrefrenables deseos del joven Mendieta, que sentía ahogarse entre las paredes de las aulas. Muchas habían sido las tardes que había alternado el repaso de los treinta últimos artículos, con los modos de firmar una buena Salsa Cazadora, con el champiñón rondando hasta tomar algo de buen color.
Título VII. De las relaciones Paterno-Filiales. Arts.154 -180: Se acomodará una sartén a fuego vivo, que contenga la mantequilla y el aceite de oliva, el champiñón, laminado…… .
Tal embadurne de lo de aquí y lo de allá, dio la última victoria a las cosas de la creatividad, y terminó por perder las también últimas ganas que le acreditaban como estudiante de derecho.
- Amigo Mendieta -pronunció Daniel, poniéndole la mano sobre el hombro.
- Veamos nuestra sala de máquinas.
Cruzaron el pasillo en dirección a la cocina, y a pesar de haberla visto tan repetidas veces, y de haber estado en su interior como mano de dios que mezcla, dora o hierve, no pudo evitar sentirse reconfortado ante las cosas de su preferencia.
- Aquí está, toda tuya.
La cocina ya tenía dispuestas algunas fuentes para la comida, aunque no pudo ver lo que contenían. Sobre una de las grandes mesas tenían paciencia algunas viandas al natural, y fue entonces cuando tuvo la sensación de haber vivido aquella situación anteriormente. Se hallaban a la vista, como en un zodiaco perfectamente ordenado, metódicos cortes de carne salidos de una gran pieza, que alguien había terminado de cortar sobre una tabla de madera; ruedas de zanahoria que descansaban apoyadas unas sobre otras, en un equilibrio de color naranja, contrastaba el color de la patata sin pelar con el de la harina siempre pulcro. Así, como planetas menores en el cielo de la mesa.
- Buen provecho Mendieta -dijo sonriendo Daniel, y con un leve apretón en el brazo le dio la bienvenida.
© Bernardo Casado
Texto extraído de http://www.angelfire.com/nt/cuentistas/Pages29.html
Nació en Madrid en 1964. Cursó estudios de Filología Hispánica y Técnicas de Locución. Ha colaborado en diferentes revistas, volúmenes colectivos y actos.
Libros publicados
· Circunstancia de árboles
· Colectivo Altazor -Colección El Arca de Noé, Murcia 1999
· Si hoy prometiera decena de viento
· Editorial Premura - Barcelona, 2000
· Hombre bajo señales de Octubre
· Revista Badosa - Barcelona, 2001
· Treinta y dos saludos de la boca
Editorial Anceo.com, 2001
Menú día diez
Se envalentonó e hizo caer sobre sus hombros la chaqueta con un alarde taurino. Quiso salir haciendo el menor ruido posible, pero la puerta no colaboró mucho, y temió que su padre se levantara y comenzara de nuevo a insistir sobre la necesidad de terminar la carrera. Las escaleras, aunque eran las mismas de todos los días, tenían un aspecto diferente. Mientras las bajaba, recordaba insistentemente las palabras que le había oído a su padre la noche anterior.
- Tú primero terminas la carrera -, y las palabras salían de su boca acompañadas del humo del cigarro que estaba fumando. - ¿Me entiendes?. Te digo que primero terminas la carrera, y después, ya veremos.
Los tres tramos de escaleras le llevaron hasta la puerta principal. Cuando puso la mano en el pomo de la puerta, inspiró con fuerza y tuvo deseos de santiguarse como había visto hacer a su abuela cuando era pequeño. El era un libra equilibrado, que necesitaba cordialidad entre las partes, ambiente extendido de acuerdo, pero si continuaba con esta disposición a su signo, no lograría en la vida salir del portal, y alcanzar el autobús, el 28, buen número, porque cuando se trata de liberación cualquier número es válido.
Había conseguido encaramarse en el cuarto curso de Derecho, con más ahínco de su padre que disposición suya. Y es que ningún artículo del código penal mencionaba todavía la estrecha relación existente entre el monumental olor de un incipiente sofrito y el deseo de elevarse por el aire articulando un artístico salto. Aquel anuncio en el periódico de la facultad, durante el primer año de carrera, que invitaba a los alumnos a sorprender al jurado del III Concurso de Gastronomía para Universitarios, fue el detonante para empezar a detestar, de forma abierta, las innumerables prótesis legales que se le iban añadiendo a los distintos códigos, para actualizarlos, y así obligarle a memorizar de nuevo, componendas y variantes de leyes y protocolos. Encontró que una mesa, donde se hallan expuestas las diferentes viandas para afrontar el viaje de una buena labor de cocina, se asemejaba mucho al círculo que formaban los distintos signos del zodiaco. Allá, los Leo, gentes como la sal, el cerdo, el vinagre, gentes de empaque y mandato. Girando, los Libra, asunto de equilibrio, como él mismo, la merluza suave que todo permitía, el caldo de verdura dispuesto a alegrar cualquier cuenco. Eso sí, acompañado de un breve apunte de vino, que es la sequía dolencia amarga. O acaso convendría mencionar a Tauro, que como signo de tierra, concitaba a las zanahorias fieles, la amable patata, y el puerro obstinado. Aquella fue la primera y única visión esclarecedora sobre su futuro.
Tomó el autobús con decisión y sin culpa. Vio pasar cada una de las paradas, y en cada una de ellas, al abrirse la puerta para que descendieran viajeros, descendían también asignaturas con nombres latinizados y fantasmagoría de palabras. Cuando volvía a arrancar el autobús, giraba su cabeza y miraba en la calzada para solazarse con los restos inmóviles de las disciplinas expulsadas de su paraíso particular.
- Ahí te quedas, arpía -. Había perdido pie Derecho Romano, y yacía sobre el asfalto enfangado en los humos que soltaba el autobús.
Cuando llegó a su parada, había tenido tiempo para deshacerse de todas las materias acumuladas durante aquellos años. Se abrieron las puertas, y al bajar, encontró que la calle tenía un buen sabor. Un escaparate exponía ciudades y destinos turísticos con los precios expresados en pesetas y euros. Dos números más arriba, la calle se convertía en dos ventanales con marco de madera y una puerta de trazado rústico, tocada por cerrajería negra de forjado. En la parte superior, una placa recordaba que el establecimiento había sido fundado en 1910, y que su nombre era "El FOGON ANTIGUO", así, sin segundo apellido.
Al entrar, un caballete de pintor exponía la carta para aquel día diez, sobre la pared, un educado cuadro, informaba sobre las tarjetas que se aceptaban. Había olor. No aquel olor leguleyo de la página 107 a la 212. Era un olor que sabía relacionado con él, que le reconfortaba, y le disponía.
- Mendieta, adelante, adelante -. El dueño miró su reloj que se asomó con instinto de cabeza de tortuga por la manga de la americana azul. - Has llegado muy pronto.
- Tenía que salir de casa, antes de que sucediera alguna catástrofe.
- ¿Ya lo sabe tu padre?
- Hace lo posible por no quererlo saber. Pero mi decisión está muy clara.
Daniel había sido el dueño durante los últimos catorce años. El anterior, se jubiló sin hijos a quienes confiar el legado familiar, y los trastos de matar habían terminado en su poder con más tesón que conocimiento. Había sabido rodearse de buenas manos atendiendo al público, y de iguales destrezas en la sala de máquinas, como a él le gustaba denominar a la cocina. Su hijo estudiaba también en la Facultad de Derecho, y a cuenta de ello conoció los irrefrenables deseos del joven Mendieta, que sentía ahogarse entre las paredes de las aulas. Muchas habían sido las tardes que había alternado el repaso de los treinta últimos artículos, con los modos de firmar una buena Salsa Cazadora, con el champiñón rondando hasta tomar algo de buen color.
Título VII. De las relaciones Paterno-Filiales. Arts.154 -180: Se acomodará una sartén a fuego vivo, que contenga la mantequilla y el aceite de oliva, el champiñón, laminado…… .
Tal embadurne de lo de aquí y lo de allá, dio la última victoria a las cosas de la creatividad, y terminó por perder las también últimas ganas que le acreditaban como estudiante de derecho.
- Amigo Mendieta -pronunció Daniel, poniéndole la mano sobre el hombro.
- Veamos nuestra sala de máquinas.
Cruzaron el pasillo en dirección a la cocina, y a pesar de haberla visto tan repetidas veces, y de haber estado en su interior como mano de dios que mezcla, dora o hierve, no pudo evitar sentirse reconfortado ante las cosas de su preferencia.
- Aquí está, toda tuya.
La cocina ya tenía dispuestas algunas fuentes para la comida, aunque no pudo ver lo que contenían. Sobre una de las grandes mesas tenían paciencia algunas viandas al natural, y fue entonces cuando tuvo la sensación de haber vivido aquella situación anteriormente. Se hallaban a la vista, como en un zodiaco perfectamente ordenado, metódicos cortes de carne salidos de una gran pieza, que alguien había terminado de cortar sobre una tabla de madera; ruedas de zanahoria que descansaban apoyadas unas sobre otras, en un equilibrio de color naranja, contrastaba el color de la patata sin pelar con el de la harina siempre pulcro. Así, como planetas menores en el cielo de la mesa.
- Buen provecho Mendieta -dijo sonriendo Daniel, y con un leve apretón en el brazo le dio la bienvenida.
© Bernardo Casado
Texto extraído de http://www.angelfire.com/nt/cuentistas/Pages29.html
Gael o la obsesión de unas noches de verano
LUCÍA ETXEBARRÍA
Lucía Etxebarría de Asteinza nació en 1966 en Bermeo, Vizcaya
Dicen que la obsesión es el más peligroso de los sentimientos humanos.
La primera obsesionada fue Eva. Conmigo. Eva era la prima de Rubén, que se bajó hasta Altea para pasar un fin de semana y acabó quedándose quince días. En principio tenía que dormir en el sofá, porque no había otro sitio en la casa que compartíamos. Pero acabó instalándose en mi cama, que era doble, con la excusa de que los muelles del sofá desfondado le hacían daño en la espalda. Es una pena que no se pueda denunciar a una mujer por intento de violación. El caso es que yo acabé harta de ella ( nunca me han gustado los acosos) y amenazando con volver a Madrid si la prima no me dejaba en paz. Ella, ofendida, desapareció una noche para irse sola de bares, y a la mañana siguiente se descolgó por casa del brazo de un chico que tenía un cuerpo de vértigo y el tipo exacto de labios carnosos que prometen imperios de dicha con su solo roce. Eva se deshacía en mimos y carantoñas, pero sin dejar de mirarme, pues me estaba dedicando todo aquel delirio matinal de ojitos, babas y sandeces. Quería decirme "no me importas tanto como tú te crees" y "mira lo que es capaz de conseguir la chica que tú has despreciado". Dos días después se volvió a Madrid, sin haber conseguido impresionarme.
El que sí se impresionó fue Rubén, que se convirtió en el segundo obsesionado. Enterado de que aquel prodigio rubio como la llama trabajaba de camarero en uno de los bares de la Plaza, bajaba por allí cada noche, a primera hora, antes de que empezara a llegar la gente, para hablar con el chaval de lúbricos labios. Por la mañana, en la playa, nos atorraba a Abejita y a mí con la descripción detallada de la conversación (Abejita, se me ha olvidado decirlo, era la tercera compañera de piso. La llamábamos así a cuenta de una camiseta a rayas amarillas y negras que se ponía para dormir). "Entiende", decía y repetía Rubén, " Seguro que entiende. Si se ha liado con Eva, que es el tío más tío que hayamos conocido, ¿cómo no se va a liar conmigo?" No le había visto tan mordido por una manía desde aquella vez en la que se encontró con su padre en el cuarto oscuro del Venial. Por fin, un sábado, nos descolgamos los tres por el bar decididos a que Gael cayera. Habíamos pillado unos éxtasis potentísimos que, según nuestro camello, podrían poner caliente hasta a Loyola de Palacio, y estabamos decididos a probar su eficacia. El plan era recoger a Gael cuando el bar cerrara y organizar una fiestecilla en casa, a ver qué pasaba. Dicho y hecho. Acompañados por unas turistas suecas, unos colgados de Benidorm, el disjockey y el resto de los camareros, improvisamos en el hogar nuestro chill out.
La cosa parecía marchar bastante bien ( Rubén se había pasado un buen rato susurrando al oído de Gael unas gracias que el camarero reía estrepitosamente, ambos muy juntitos en el sofá desfondado) hasta que yo decidí irme a la cocina a fregar unos cuantos vasos. Agachada sobre el fregadero, sentí de pronto unos brazos rodeándome la cintura y una presión recitílinea, inconfundible, en las nalgas. Casi no me dio tiempo a darme la vuelta cuando ya tenía los labios prendidos en un espejismo, y la secreta premura de la sangre - febril, fatal, femenina- ascendiendo hasta acelerarme el corazón. Pero por muy puesta que yo fuera no se me escapaba que Rubén podría matarme si me liaba con "su" objetivo, así que me deshice del camarero de un empujón y volví trotando al salón como si no hubiera pasado nada.
El que no volvió al salón fue Gael. De alguna manera, debió encontrarse con Abejita en el camino que iba de la cocina al salón y acabó la fiesta en su cama. Durante unos días reinó en la casa un silencio tenso como las cuerdas de un violín. Rubén se negaba a hablar a Abejita, y Abejita - la tercera obsesionada- pensaba demasiado en Gael como para darle excesiva importancia a aquel mutismo. Pero Gael no llamó nunca, ni se dignó a dirigir la palabra a Abejita en el bar más allá de un "¿cómo estás?" lacónico. Así que, unidos en la desgracia y el despecho, Rubén y Abejita acabaron por volver a hablarse y todos tomamos la decisión de no volver por el bar de la plaza para evitar la visión de aquella Némesis en forma de galán.
Yo me lo encontré varias veces, sin embargo. Una en el supermercado, otra en la tienda de periódicos, la tercera comprando un helado. No se me escapó en ninguna ocasión la mirada incendiaria que me dirigía. Resultaba evidente que no había olvidado la escenita de la cocina. Yo tampoco. Así que me convertí en la cuarta obsesionada. Saber que lo tenía allí, al alcance de la mano, como quien dice, que bastaría pasarme por el bar una noche para tenerlo, pero no atreverme a dar el paso para no ofender a mis compañeros de piso, me estaba volviendo loca. Le veía incluso en sueños, mi inconsciente traspasado por la aguda espina del deseo.
Por fin, la última noche del verano, me decidí. Total, al día siguiente nos marchábamos, y si teníamos una bronca a cuenta del tal Gael, por lo menos no estaríamos viviendo en la misma casa a la hora de resolverla. Emulando a Tamara, me presenté en el bar en minifalda y sin ropa interior y me lo encontré en la barra - los ojos incitantes, los labios entreabiertos - como si me hubiese estado esperando todo aquel tiempo. " Salgo en media hora", me dijo, "Espérame, y nos vamos a la playa".
Pero, ya en la playa, y con semejante mole sobre mí, chupeteándome el cuello, las atareadas manos magreándome las tetas, empecé a encontrar absurdo todo aquello. ¿Qué hacía yo con aquel chulo de playa que no había hojeado en su vida otro libro que la guía telefónica? ¿De verdad lo deseaba o sólo creía desearlo por que los demás sí lo hacían? Además ¿qué iba a ser yo aparte de una más de sus muescas, una entre mil aventuras de barra, una de las tantísimas a las que ya se habría tirado y se tiraría en una tumbona? Sentí mi cuerpo distante, extraño como yo misma, en aquella playa extraña, vestida de aquella extraña manera. De modo que me levanté de pronto y, estirándome la exigua falda como bien o mal podía, le dije que no me encontraba bien y que necesitaba volver a casa, sola. Adiós Gael, guarda esos labios por si vuelvo el próximo verano, le dije sin decirlo, más bien para mí misma, pues acababa de descubrir que existe un sentimiento humano más poderoso que la obsesión.
El orgullo.
Lucía Etxebarría de Asteinza nació en 1966 en Bermeo, Vizcaya
Dicen que la obsesión es el más peligroso de los sentimientos humanos.
La primera obsesionada fue Eva. Conmigo. Eva era la prima de Rubén, que se bajó hasta Altea para pasar un fin de semana y acabó quedándose quince días. En principio tenía que dormir en el sofá, porque no había otro sitio en la casa que compartíamos. Pero acabó instalándose en mi cama, que era doble, con la excusa de que los muelles del sofá desfondado le hacían daño en la espalda. Es una pena que no se pueda denunciar a una mujer por intento de violación. El caso es que yo acabé harta de ella ( nunca me han gustado los acosos) y amenazando con volver a Madrid si la prima no me dejaba en paz. Ella, ofendida, desapareció una noche para irse sola de bares, y a la mañana siguiente se descolgó por casa del brazo de un chico que tenía un cuerpo de vértigo y el tipo exacto de labios carnosos que prometen imperios de dicha con su solo roce. Eva se deshacía en mimos y carantoñas, pero sin dejar de mirarme, pues me estaba dedicando todo aquel delirio matinal de ojitos, babas y sandeces. Quería decirme "no me importas tanto como tú te crees" y "mira lo que es capaz de conseguir la chica que tú has despreciado". Dos días después se volvió a Madrid, sin haber conseguido impresionarme.
El que sí se impresionó fue Rubén, que se convirtió en el segundo obsesionado. Enterado de que aquel prodigio rubio como la llama trabajaba de camarero en uno de los bares de la Plaza, bajaba por allí cada noche, a primera hora, antes de que empezara a llegar la gente, para hablar con el chaval de lúbricos labios. Por la mañana, en la playa, nos atorraba a Abejita y a mí con la descripción detallada de la conversación (Abejita, se me ha olvidado decirlo, era la tercera compañera de piso. La llamábamos así a cuenta de una camiseta a rayas amarillas y negras que se ponía para dormir). "Entiende", decía y repetía Rubén, " Seguro que entiende. Si se ha liado con Eva, que es el tío más tío que hayamos conocido, ¿cómo no se va a liar conmigo?" No le había visto tan mordido por una manía desde aquella vez en la que se encontró con su padre en el cuarto oscuro del Venial. Por fin, un sábado, nos descolgamos los tres por el bar decididos a que Gael cayera. Habíamos pillado unos éxtasis potentísimos que, según nuestro camello, podrían poner caliente hasta a Loyola de Palacio, y estabamos decididos a probar su eficacia. El plan era recoger a Gael cuando el bar cerrara y organizar una fiestecilla en casa, a ver qué pasaba. Dicho y hecho. Acompañados por unas turistas suecas, unos colgados de Benidorm, el disjockey y el resto de los camareros, improvisamos en el hogar nuestro chill out.
La cosa parecía marchar bastante bien ( Rubén se había pasado un buen rato susurrando al oído de Gael unas gracias que el camarero reía estrepitosamente, ambos muy juntitos en el sofá desfondado) hasta que yo decidí irme a la cocina a fregar unos cuantos vasos. Agachada sobre el fregadero, sentí de pronto unos brazos rodeándome la cintura y una presión recitílinea, inconfundible, en las nalgas. Casi no me dio tiempo a darme la vuelta cuando ya tenía los labios prendidos en un espejismo, y la secreta premura de la sangre - febril, fatal, femenina- ascendiendo hasta acelerarme el corazón. Pero por muy puesta que yo fuera no se me escapaba que Rubén podría matarme si me liaba con "su" objetivo, así que me deshice del camarero de un empujón y volví trotando al salón como si no hubiera pasado nada.
El que no volvió al salón fue Gael. De alguna manera, debió encontrarse con Abejita en el camino que iba de la cocina al salón y acabó la fiesta en su cama. Durante unos días reinó en la casa un silencio tenso como las cuerdas de un violín. Rubén se negaba a hablar a Abejita, y Abejita - la tercera obsesionada- pensaba demasiado en Gael como para darle excesiva importancia a aquel mutismo. Pero Gael no llamó nunca, ni se dignó a dirigir la palabra a Abejita en el bar más allá de un "¿cómo estás?" lacónico. Así que, unidos en la desgracia y el despecho, Rubén y Abejita acabaron por volver a hablarse y todos tomamos la decisión de no volver por el bar de la plaza para evitar la visión de aquella Némesis en forma de galán.
Yo me lo encontré varias veces, sin embargo. Una en el supermercado, otra en la tienda de periódicos, la tercera comprando un helado. No se me escapó en ninguna ocasión la mirada incendiaria que me dirigía. Resultaba evidente que no había olvidado la escenita de la cocina. Yo tampoco. Así que me convertí en la cuarta obsesionada. Saber que lo tenía allí, al alcance de la mano, como quien dice, que bastaría pasarme por el bar una noche para tenerlo, pero no atreverme a dar el paso para no ofender a mis compañeros de piso, me estaba volviendo loca. Le veía incluso en sueños, mi inconsciente traspasado por la aguda espina del deseo.
Por fin, la última noche del verano, me decidí. Total, al día siguiente nos marchábamos, y si teníamos una bronca a cuenta del tal Gael, por lo menos no estaríamos viviendo en la misma casa a la hora de resolverla. Emulando a Tamara, me presenté en el bar en minifalda y sin ropa interior y me lo encontré en la barra - los ojos incitantes, los labios entreabiertos - como si me hubiese estado esperando todo aquel tiempo. " Salgo en media hora", me dijo, "Espérame, y nos vamos a la playa".
Pero, ya en la playa, y con semejante mole sobre mí, chupeteándome el cuello, las atareadas manos magreándome las tetas, empecé a encontrar absurdo todo aquello. ¿Qué hacía yo con aquel chulo de playa que no había hojeado en su vida otro libro que la guía telefónica? ¿De verdad lo deseaba o sólo creía desearlo por que los demás sí lo hacían? Además ¿qué iba a ser yo aparte de una más de sus muescas, una entre mil aventuras de barra, una de las tantísimas a las que ya se habría tirado y se tiraría en una tumbona? Sentí mi cuerpo distante, extraño como yo misma, en aquella playa extraña, vestida de aquella extraña manera. De modo que me levanté de pronto y, estirándome la exigua falda como bien o mal podía, le dije que no me encontraba bien y que necesitaba volver a casa, sola. Adiós Gael, guarda esos labios por si vuelvo el próximo verano, le dije sin decirlo, más bien para mí misma, pues acababa de descubrir que existe un sentimiento humano más poderoso que la obsesión.
El orgullo.
Zapatos
LUCÍA ETXEBARRÍA
No se trató del mejor verano de mi vida. Y creo que el mejor verano de mi vida, como el mejor amante, está aún por llegar. He tenido veranos buenos y malos; ninguno, que yo recuerde, especialmente maravillosos, excepto los de la primera infancia. En cualquier caso, voy a contar una historia verídica. Durante tres años mantuve una relación que ahora no podía calificar de amorosa, pues pienso que quien ama no humilla a su pareja ni la acosa ni la hace sufrir. Digamos, pues, que mantenía una relación (sin adjetivo) con un hombre ciclotímico, inmaduro, extremadamente celoso y muy dado a los arrebatos de mal genio, cuya influencia me cambió el carácter de tal manera que mis amigos empezaron a preocuparse viendo cómo la antigua alegría de las fiestas iba languideciendo y marchitándose a ojos vista, como quien dice. Mi amiga Gemma trabaja en el Festival de Cine de San Sebastián y dispone cada verano de un piso estupendo en primera línea de playa. Viéndome tan mal como yo entonces estaba, casi habría que decir que me suplicó que fuera a verla, en lugar de afirmar que me invitó a pasar una semana en la ciudad. Convencí a mi amigo Nacho para que subiera conmigo, pues así podríamos aprovechar para ver el Festival de Jazz. Cuando volvimos a casa tras la primera noche e n la ciudad, achispados los tres, y compartidos nuestro primer concierto y nuestra primera juerga donostiarra, reparé en que la pantalla de mi móvil me avisaba de que tenía almacenados tres mensajes de voz. Se trataba de mi amante, borracho perdido e indignado porque no me localizaba. Cuando le llamé, me contestó con una serie de improperios dictados por el alcohol o los celos, o por la combinación de ambos factores. No encontré manera de hacerle razonar. Cuanto más amable me mostraba yo, más desagradable se ponía él, supongo que porque le reafirmaba verme sufriendo y le hacía sentirse superior, o al menos más fuerte. Me puse a llorar de tal manera, sollozando e hipando a lágrima viva, que Nacho me obligó a desconectar el teléfono. Luego se sentó frente a mí y me repitió el discurso que me había repetido ya miles de veces sin conseguir nada: que me estaba arruinando la vida, que aquel hombre evidentemente no me quería, y que no me quedaba más remedio que cortar con esa relación de una vez.
Cada vez que Nacho, o cualquier otra de mis amistades, me soltaba sermón idéntico o parecido, yo comprendía que tenían razón y hacía firmes propósitos de enmienda, y me juraba cortar por lo sano con aquella historia, pero luego me vencía el dolor de corazón y, a la mañana siguiente, volvía a llamar a mi amante. Así que, tras escuchar a Nacho y asentir a lo que decía más por educación que por convencimiento, me fui a dormir agotada física y emocionalmente, y convencida de que no tendría fuerza de voluntad como para acabar con aquella historia que me estaba consumiendo viva.
A la mañana siguiente Gemma, nacho y yo decidimos salir a pasear a la playa. Nos sorprendió mucho encontrar, justo frente al portal del edificio, un par de zapatos negros perfectamente alineados. Lo curioso es que se trataba de unos zapatos nuevos, del número 38 y medio, que es precisamente el mío y que muy pocos diseñadores fabrican, y firmados por la diseñadora Atenía Alexander, que siempre me ha gustado pero cuyos modelos son dificilísimos de encontrar. Intentamos buscar una explicación al hecho de que alguien hubiera dejado tirados en la calle unos zapatos tan caros y prácticamente sin usar. Pensamos en una historia romántica: el chico que se ofrece a subir a su novia hasta casa cruzando el umbral/portal del edificio con ella en brazos, como quien entra a una novia. Y quizá un vecino, al ver los zapatos desparramados en la acera -la chica lo deja caer mientras patalea, entre la alegría y la vergüenza, fingiendo que se resiste, pero encantada de que él la alce-, los hubiese alineado en una esquina. Pensamos en una inglesa borracha que, harta de las ampollas que estaban martirizándole los pies, se deshizo de los zapatos en dos literales patadas y decidió seguir camino sin ellos. Pasamos la mañana imaginando historias sobre el par de zapatos perdido y hallado. El caso es que yo decidí quedármelos, porque no sólo me gustaban mucho, sino que me sentaban como un guante.
Llamé por la tarde a mi amigo Francisco, especialista en temas esotéricos, y le conté la historia, convencida de que el hallazgo de los zapatos revestía una significación especial. Él me dijo que unos zapatos que esperan a la puerta -y era obvio que aquéllos me esperaban, puesto que es raro que yo encuentre unos zapatos de mi horma, demasiado ancha, y de mi número, ese medio que no quiere ni ser 38 ni 39, y que además se adapten a mi gusto extravagante-, unos zapatos preparados para que alguien emprenda con ellos camino, significan un cambio radical en la vida, la señal de que se anuncia un desvío en el próximo recodo del camino, donde los pasos se torcerán para bien e iniciarán un nuevo rumbo. Y el caso es que nunca más volví a llamar a aquel amante, aunque durante tres años había conocido discusiones telefónicas mucho más airadas y sonadas que las de la noche anterior, y me habían soltado bienintencionados sermones tanto o más convincentes que el que Nacho me había largado, pero sé que el hallazgo de los zapatos fue determinante para mi cambio de vida, no sé si porque realmente se trataba de una marca del destino o si porque la certeza del destino me alentaba a tomar una decisión de una vez por todas, y fue mi propia sugestión, mi propia creencia en un destino trazado de antemano, la que me animó a cambiar de rumbo y, así, mi propia voluntad se hizo destino, aunque el destino no exista, o aunque existiera pero no fuera su mano la que hubiera colocado los zapatos a mi puerta. Yo nunca lo sabré, ni me importa.
No se trató del mejor verano de mi vida. Y creo que el mejor verano de mi vida, como el mejor amante, está aún por llegar. He tenido veranos buenos y malos; ninguno, que yo recuerde, especialmente maravillosos, excepto los de la primera infancia. En cualquier caso, voy a contar una historia verídica. Durante tres años mantuve una relación que ahora no podía calificar de amorosa, pues pienso que quien ama no humilla a su pareja ni la acosa ni la hace sufrir. Digamos, pues, que mantenía una relación (sin adjetivo) con un hombre ciclotímico, inmaduro, extremadamente celoso y muy dado a los arrebatos de mal genio, cuya influencia me cambió el carácter de tal manera que mis amigos empezaron a preocuparse viendo cómo la antigua alegría de las fiestas iba languideciendo y marchitándose a ojos vista, como quien dice. Mi amiga Gemma trabaja en el Festival de Cine de San Sebastián y dispone cada verano de un piso estupendo en primera línea de playa. Viéndome tan mal como yo entonces estaba, casi habría que decir que me suplicó que fuera a verla, en lugar de afirmar que me invitó a pasar una semana en la ciudad. Convencí a mi amigo Nacho para que subiera conmigo, pues así podríamos aprovechar para ver el Festival de Jazz. Cuando volvimos a casa tras la primera noche e n la ciudad, achispados los tres, y compartidos nuestro primer concierto y nuestra primera juerga donostiarra, reparé en que la pantalla de mi móvil me avisaba de que tenía almacenados tres mensajes de voz. Se trataba de mi amante, borracho perdido e indignado porque no me localizaba. Cuando le llamé, me contestó con una serie de improperios dictados por el alcohol o los celos, o por la combinación de ambos factores. No encontré manera de hacerle razonar. Cuanto más amable me mostraba yo, más desagradable se ponía él, supongo que porque le reafirmaba verme sufriendo y le hacía sentirse superior, o al menos más fuerte. Me puse a llorar de tal manera, sollozando e hipando a lágrima viva, que Nacho me obligó a desconectar el teléfono. Luego se sentó frente a mí y me repitió el discurso que me había repetido ya miles de veces sin conseguir nada: que me estaba arruinando la vida, que aquel hombre evidentemente no me quería, y que no me quedaba más remedio que cortar con esa relación de una vez.
Cada vez que Nacho, o cualquier otra de mis amistades, me soltaba sermón idéntico o parecido, yo comprendía que tenían razón y hacía firmes propósitos de enmienda, y me juraba cortar por lo sano con aquella historia, pero luego me vencía el dolor de corazón y, a la mañana siguiente, volvía a llamar a mi amante. Así que, tras escuchar a Nacho y asentir a lo que decía más por educación que por convencimiento, me fui a dormir agotada física y emocionalmente, y convencida de que no tendría fuerza de voluntad como para acabar con aquella historia que me estaba consumiendo viva.
A la mañana siguiente Gemma, nacho y yo decidimos salir a pasear a la playa. Nos sorprendió mucho encontrar, justo frente al portal del edificio, un par de zapatos negros perfectamente alineados. Lo curioso es que se trataba de unos zapatos nuevos, del número 38 y medio, que es precisamente el mío y que muy pocos diseñadores fabrican, y firmados por la diseñadora Atenía Alexander, que siempre me ha gustado pero cuyos modelos son dificilísimos de encontrar. Intentamos buscar una explicación al hecho de que alguien hubiera dejado tirados en la calle unos zapatos tan caros y prácticamente sin usar. Pensamos en una historia romántica: el chico que se ofrece a subir a su novia hasta casa cruzando el umbral/portal del edificio con ella en brazos, como quien entra a una novia. Y quizá un vecino, al ver los zapatos desparramados en la acera -la chica lo deja caer mientras patalea, entre la alegría y la vergüenza, fingiendo que se resiste, pero encantada de que él la alce-, los hubiese alineado en una esquina. Pensamos en una inglesa borracha que, harta de las ampollas que estaban martirizándole los pies, se deshizo de los zapatos en dos literales patadas y decidió seguir camino sin ellos. Pasamos la mañana imaginando historias sobre el par de zapatos perdido y hallado. El caso es que yo decidí quedármelos, porque no sólo me gustaban mucho, sino que me sentaban como un guante.
Llamé por la tarde a mi amigo Francisco, especialista en temas esotéricos, y le conté la historia, convencida de que el hallazgo de los zapatos revestía una significación especial. Él me dijo que unos zapatos que esperan a la puerta -y era obvio que aquéllos me esperaban, puesto que es raro que yo encuentre unos zapatos de mi horma, demasiado ancha, y de mi número, ese medio que no quiere ni ser 38 ni 39, y que además se adapten a mi gusto extravagante-, unos zapatos preparados para que alguien emprenda con ellos camino, significan un cambio radical en la vida, la señal de que se anuncia un desvío en el próximo recodo del camino, donde los pasos se torcerán para bien e iniciarán un nuevo rumbo. Y el caso es que nunca más volví a llamar a aquel amante, aunque durante tres años había conocido discusiones telefónicas mucho más airadas y sonadas que las de la noche anterior, y me habían soltado bienintencionados sermones tanto o más convincentes que el que Nacho me había largado, pero sé que el hallazgo de los zapatos fue determinante para mi cambio de vida, no sé si porque realmente se trataba de una marca del destino o si porque la certeza del destino me alentaba a tomar una decisión de una vez por todas, y fue mi propia sugestión, mi propia creencia en un destino trazado de antemano, la que me animó a cambiar de rumbo y, así, mi propia voluntad se hizo destino, aunque el destino no exista, o aunque existiera pero no fuera su mano la que hubiera colocado los zapatos a mi puerta. Yo nunca lo sabré, ni me importa.
12.10.11
Poeta en Nueva York. Federico García Lorca
LA AURORA (De Poeta en Nueva York, 1929-1930)
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en imúdico reto de ciencia y sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
PAISAJE CON DOS TUMBAS Y UN PERRO ASISIRO (De Poeta en Nueva York, 1929-1930)
Amigo,
levántate para que oigas aúllar
al perro asirio.
Las tres ninfas del cáncer han estado bailando,
hijo mío,
Trajeron unas montañas de lacre rojo
y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido.
El caballo tenía un ojo en el cuello
y la luna estaba en un cielo tan frío
que tuvo que desgarrarse su monte de Venus
y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos.
Amigo.
despierta, que los montes todavía no respiran
y las hierbas de mi corazón están en otro sitio.
No importa que estés lleno de agua de mar.
Yo amé mucho tiempo a un niño
que tenía una pñumilla en la lengua
y vivimos cien años dentro de un cuchillo.
Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco.
El aullido
es una larga lengua morada que deja
hormigas de espanto y licor de lirios.
Ya viene hacia la roca. ¡No alargues tus raíces!
Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo.
¡Amigo!
Levántate para que oigas aullar
al perro asirio.
La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en imúdico reto de ciencia y sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.
PAISAJE CON DOS TUMBAS Y UN PERRO ASISIRO (De Poeta en Nueva York, 1929-1930)
Amigo,
levántate para que oigas aúllar
al perro asirio.
Las tres ninfas del cáncer han estado bailando,
hijo mío,
Trajeron unas montañas de lacre rojo
y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido.
El caballo tenía un ojo en el cuello
y la luna estaba en un cielo tan frío
que tuvo que desgarrarse su monte de Venus
y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos.
Amigo.
despierta, que los montes todavía no respiran
y las hierbas de mi corazón están en otro sitio.
No importa que estés lleno de agua de mar.
Yo amé mucho tiempo a un niño
que tenía una pñumilla en la lengua
y vivimos cien años dentro de un cuchillo.
Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco.
El aullido
es una larga lengua morada que deja
hormigas de espanto y licor de lirios.
Ya viene hacia la roca. ¡No alargues tus raíces!
Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo.
¡Amigo!
Levántate para que oigas aullar
al perro asirio.
11.10.11
Rafael Alberti
CITA TRISTE DE CHARLOT
(De Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, 1929)
(De Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, 1929)
Mi corbata, mis guantes,
Mis guantes, mi corbata.
La mariposa ignora la muerte de los sastres
la derrota del mar por los escaparates.
Mi edad, señores, 900,000 años. ¡Oh!
Era yo un niño cuando los peces no nadaban,
cuando las ocas no decían misa
ni el caracol embestía al gato.
Juguemos al ratón y añ gato, señorita.
Lo más triste, caballero, un reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
A las tres en punto morirá un transeúnte.
Tú, luna, no te asustes;
tú, luna, de los taxis retrasados,
luna de holín de los bomberos.
La ciudad está ardiendo por el cielo,
un traje igual al mío se hastía por el campo.
Mi edad, de pronto, 25 años.
Es que nieva, que nieva,
y mi cuerpo se vuelve choza de madera.
Yo te invito al descanso, viento.
Muy tarde es ya para cenar estrellas.
Pero podemos bailar, árbol perdido
un vals para los lobos,
para el seuño de las gallinas sin las uñas del zorro.
Se me ha extraviado el bastón.
Es muy triste pensarlo solo por el mundo.
¡Mi bastón!
Mi sombrero, mis puños,
mis guantes, mis zapatos.
El hueso que más duele, amor mío, es el reloj:
las 11, las 12, la 1, las 2.
Las 3 en punto.
En la farmacia se evapora un cadáver desnudo.
12.9.11
Tema 1. Época prerromana. Tiempos primitivos. Instrucciones.
Instrucciones:
1. Lee los textos.
2. Consigue un mapa en donde aparezcan Europa, África y Cercano Oriente (cópialo, cálcalo, recortálo y pégalo en tu cuaderno con el título de "Época pre-romana)
3. Consulta en una enciclopedia o en un libro de historia cualquiera que trate el tema de la época, localiza la ubicación geográfica que le corresponde a cada uno de estos pueblos, y pon (o pega) una señal (un icono) sobre el mapa.
4. Elabora una tabla en tu cuaderno y en cada columna pon el encabezado de cada uno de los pueblos que menciona el texto, y abajo de cada encabezado pon las palabras que esos pueblos aportaron al español. Si puedes aumentar los ejemplos hazlo, si no, sólo utiliza los que vienen en el texto. Lo único que tienes que hacer entonces es organizar la información en forma de tabla.
Tarea (Tema 1. Época Prerromana. "La virgen y el toro". Instrucciones.
1. Lee el capítulo I de El espejo enterrado, de Carlos Fuentes.}
2. Mientras haces la lectura, identifica datos importantes (nombres, lugares, fechas, acontecimientos), así como ideas o conceptos que te parezcan importantes (puedes subrayarlos, o ir copiándolos, como en forma de lista, indicando de qué página los tomaste).
3. Contesta el siguiente cuestionario.
1. Lee los textos.
2. Consigue un mapa en donde aparezcan Europa, África y Cercano Oriente (cópialo, cálcalo, recortálo y pégalo en tu cuaderno con el título de "Época pre-romana)
3. Consulta en una enciclopedia o en un libro de historia cualquiera que trate el tema de la época, localiza la ubicación geográfica que le corresponde a cada uno de estos pueblos, y pon (o pega) una señal (un icono) sobre el mapa.
4. Elabora una tabla en tu cuaderno y en cada columna pon el encabezado de cada uno de los pueblos que menciona el texto, y abajo de cada encabezado pon las palabras que esos pueblos aportaron al español. Si puedes aumentar los ejemplos hazlo, si no, sólo utiliza los que vienen en el texto. Lo único que tienes que hacer entonces es organizar la información en forma de tabla.
Tarea (Tema 1. Época Prerromana. "La virgen y el toro". Instrucciones.
1. Lee el capítulo I de El espejo enterrado, de Carlos Fuentes.}
2. Mientras haces la lectura, identifica datos importantes (nombres, lugares, fechas, acontecimientos), así como ideas o conceptos que te parezcan importantes (puedes subrayarlos, o ir copiándolos, como en forma de lista, indicando de qué página los tomaste).
3. Contesta el siguiente cuestionario.
Según el capítulo I de El espejo enterrado, de Carlos Fuentes:
a) ¿Qué pueblos habitaron la península Ibérica?
b) ¿Cuál es el testimnonio más antiguo de la identidad española?
c) ¿Cuál es el origen de la corrida de toros?
d) ¿Qué relación tiene Hércules con el rito del sacrificio de los toros?
e) ¿Cuándo llegan los iberos a España?
f) ¿Quiénes crearon a la dama de Elche?
g) ¿Qué quiere decir Carlos Fuentes con sentido lúdico del espectáculo religioso?
h) ¿Qué contraste y a la vez complemento ofrece la bailaora flamenca?
i) ¿Qué virgen es la patrona de los toreros?
a) ¿Qué pueblos habitaron la península Ibérica?
b) ¿Cuál es el testimnonio más antiguo de la identidad española?
c) ¿Cuál es el origen de la corrida de toros?
d) ¿Qué relación tiene Hércules con el rito del sacrificio de los toros?
e) ¿Cuándo llegan los iberos a España?
f) ¿Quiénes crearon a la dama de Elche?
g) ¿Qué quiere decir Carlos Fuentes con sentido lúdico del espectáculo religioso?
h) ¿Qué contraste y a la vez complemento ofrece la bailaora flamenca?
i) ¿Qué virgen es la patrona de los toreros?
8.9.11
Cosante
Diego Hurtado de Mendoza
(1364-1404) (padre del marqués de Santillana)
A aquel árbol que mueve la hoja
Algo se le antoja.
Aquel árbol del bel mirar
Hace de maniera flores quiere dar:
Algo se le antoja.
Aquel árbol del bel veyer
Hace de maniera quiere florecer:
Algo se le antoja.
Hace de maniera quiere florecer:
Ya se demuestra; salidlas a ver:
Algo se le antoja.
Ya se demuestra; salidlas a mirar.
Vengan las damas las frutas cortar:
Algo se le antoja.
Ya se demuestra: venidlas a ver;
Vengan las damas las frutas coger:
Algo se le antoja.
(1364-1404) (padre del marqués de Santillana)
A aquel árbol que mueve la hoja
Algo se le antoja.
Aquel árbol del bel mirar
Hace de maniera flores quiere dar:
Algo se le antoja.
Aquel árbol del bel veyer
Hace de maniera quiere florecer:
Algo se le antoja.
Hace de maniera quiere florecer:
Ya se demuestra; salidlas a ver:
Algo se le antoja.
Ya se demuestra; salidlas a mirar.
Vengan las damas las frutas cortar:
Algo se le antoja.
Ya se demuestra: venidlas a ver;
Vengan las damas las frutas coger:
Algo se le antoja.
Serranilla
Marqués de Santillana
(1398-1458) (nació en Carrión de los condes, Palencia)
SERRANILLA
Moza tan fermosa
Non vi en la frontera,
Como una vaquera
De la Finojosa
Faciendo la vía
Del Calatraveño
A Santa María,
Vencido del sueño
Por tierra fragosa
Perdí la carrera,
do vi la vaquera
De la Finojosa.
En un verde Prado
De rosas eflores,
Guardando ganado
Con otros pastores,
La vi tan graciosa
Que apenas creyera
Que fuese vaquera
De la Finojosa.
Non creo las rosas
De la primavera
Sean tan fermosas
Nin de tal manera,
Fablando sin glosa,
Si antes sopiera
D’aquella vaquera
De la Finojosa.
Non tanto mirara
Su mecha beldad,
Porque me dejara
En mi libertad.
Mas dije: “Donosa
(Por saber quiénera),
¿Dónde es la vaquera
De la Finojosa...?”
Bien como riendo
Dijo: “Bien vengades;
Que yo bien entiendo
Lo que demandadaes:
Non es deseosa
De amar, nin lo espera,
Aquesa vaquera
De la Finojosa”.
(1398-1458) (nació en Carrión de los condes, Palencia)
SERRANILLA
Moza tan fermosa
Non vi en la frontera,
Como una vaquera
De la Finojosa
Faciendo la vía
Del Calatraveño
A Santa María,
Vencido del sueño
Por tierra fragosa
Perdí la carrera,
do vi la vaquera
De la Finojosa.
En un verde Prado
De rosas eflores,
Guardando ganado
Con otros pastores,
La vi tan graciosa
Que apenas creyera
Que fuese vaquera
De la Finojosa.
Non creo las rosas
De la primavera
Sean tan fermosas
Nin de tal manera,
Fablando sin glosa,
Si antes sopiera
D’aquella vaquera
De la Finojosa.
Non tanto mirara
Su mecha beldad,
Porque me dejara
En mi libertad.
Mas dije: “Donosa
(Por saber quiénera),
¿Dónde es la vaquera
De la Finojosa...?”
Bien como riendo
Dijo: “Bien vengades;
Que yo bien entiendo
Lo que demandadaes:
Non es deseosa
De amar, nin lo espera,
Aquesa vaquera
De la Finojosa”.
Gerineldo y la infanta. Romance
GERINELDO Y LA INFANTA
Gerineldo era un buen mozo,
siervo del rey muy querido.
Cuando sale del palacio,
de hacer allí su servicio,
en la puerta del palacio
la infanta lo ha perseguido:
- Gerineldo, Gerineldo,
mi Gerineldo querido,
¡quién te pillara esta noche
tres horas de mi albedrío!
- No se burle la señora
que criado vuestro he sido.
- No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.
- Y ¿a qué hora, gran señora
se cumple lo prometido?
- Entre las doce y la una,
cuando el rey esté dormido.
Daba vueltas Gerineldo
daba vueltas al castillo.
Y cuando ya comprendió
que el rey estaba dormido
con pasito sigiloso
al cuarto la infanta ha ido.
La infanta que lo aguardaba:
- ¿Quién ha sido el atrevido?
- Gerineldo es, gran señora,
que vengo a lo prometido.
Lo ha cogido de la mano
y a su cama lo ha subido.
Se pusieron a luchar
como mujer y marido.
Con el trote de la lucha
los dos se quedan dormidos.
Llama el rey a Gerineldo
que le alargue su vestido.
Y unos dicen: no está en casa;
y otros dicen: no ha salido.
Y el rey, que lo sospechaba,
al cuarto la infanta ha ido.
Y si mato a Gerineldo,
tanto como lo he querido,
tan bien que me había
| servido.
Y si mato a la princesa
queda mi reino perdido.
Yo le meterémi espada
pa que sirva de testigo.
Con el frío de la espada
la infanta se ha estremecido:
- ¡Despiértate, Gerineldo,
mi Gerineldo querido,
que la espada de mi padre
con nosotros ha dormido!
- ¡Y qué podré hacer yo ahora
que no sea conocido!
Me marcho por los jardines
a pisar rosas y lirios.
- No te asustes, Gerineldo
y vuelve ya a tu servicio.
Gerineldo fue ante el rey
y la infanta lo ha seguido.
– Perdónalo, padre mío,
ya sabes lo sucedido.
Solamente yo deseo
me lo otorguéis por marido.
Y el rey, que lo deseaba,
el permiso ha concedido.
- Y así tendré Gerineldo
un hijo más muy querido.
Y celebraron su boda
muy llenos de regocijo.
Gerineldo era un buen mozo,
siervo del rey muy querido.
Cuando sale del palacio,
de hacer allí su servicio,
en la puerta del palacio
la infanta lo ha perseguido:
- Gerineldo, Gerineldo,
mi Gerineldo querido,
¡quién te pillara esta noche
tres horas de mi albedrío!
- No se burle la señora
que criado vuestro he sido.
- No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.
- Y ¿a qué hora, gran señora
se cumple lo prometido?
- Entre las doce y la una,
cuando el rey esté dormido.
Daba vueltas Gerineldo
daba vueltas al castillo.
Y cuando ya comprendió
que el rey estaba dormido
con pasito sigiloso
al cuarto la infanta ha ido.
La infanta que lo aguardaba:
- ¿Quién ha sido el atrevido?
- Gerineldo es, gran señora,
que vengo a lo prometido.
Lo ha cogido de la mano
y a su cama lo ha subido.
Se pusieron a luchar
como mujer y marido.
Con el trote de la lucha
los dos se quedan dormidos.
Llama el rey a Gerineldo
que le alargue su vestido.
Y unos dicen: no está en casa;
y otros dicen: no ha salido.
Y el rey, que lo sospechaba,
al cuarto la infanta ha ido.
Y si mato a Gerineldo,
tanto como lo he querido,
tan bien que me había
| servido.
Y si mato a la princesa
queda mi reino perdido.
Yo le meterémi espada
pa que sirva de testigo.
Con el frío de la espada
la infanta se ha estremecido:
- ¡Despiértate, Gerineldo,
mi Gerineldo querido,
que la espada de mi padre
con nosotros ha dormido!
- ¡Y qué podré hacer yo ahora
que no sea conocido!
Me marcho por los jardines
a pisar rosas y lirios.
- No te asustes, Gerineldo
y vuelve ya a tu servicio.
Gerineldo fue ante el rey
y la infanta lo ha seguido.
– Perdónalo, padre mío,
ya sabes lo sucedido.
Solamente yo deseo
me lo otorguéis por marido.
Y el rey, que lo deseaba,
el permiso ha concedido.
- Y así tendré Gerineldo
un hijo más muy querido.
Y celebraron su boda
muy llenos de regocijo.
El enamorado y la muerte. Romance
Romance del enamorado y la Muerte (anónimo)
Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
-Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¿Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
la hora ya está cumplida.
Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
-No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
-Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
-Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.
Muy de prisa se calzaba,
más de prisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.
-¿Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
-¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio,
mi madre no está dormida.
-Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
-Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.
La fina seda se rompe;
la Muerte que allí venía:
-Vamos, el enamorado,
la hora ya está cumplida.
Romance de la guirnalda
Romance novelesco
ROMANCE DE LA GUIRNALDA
—“Esa guirnalda de rosas,
hija, ¿quién te la endonara?”
—“Donómela un caballero
que por mi puerta pasara;
tomárame por la mano,
a su casa me llevara,
en un portalico oscuro
conmigo se deleitara,
echóme en cama de rosas
en la cual nunca fui echada,
hízome —no sé qué hizo—
que d’él vengo enamorada;
traigo, madre, la camisa
de sangre toda manchada.”
—“¡Oh sobresalto rabioso,
que mi ánima es turbada!
Si dices verdad, mi hija,
Tu honra no vale nada;
Que la gente es maldiciente,
Luego serás deshonrada.”
—“Calledes, madre, calledes,
calléis, madre muy amada.
Que más vale un buen amigo
Que no ser mal maridada.
Dame el buen amigo, madre,
Buen martillo y buena saya:
La que cobra mal marido
Vive malaventurada.”
—“Hija, pues queréis así,
Tú contenta, yo pagada.”
ROMANCE DE LA GUIRNALDA
—“Esa guirnalda de rosas,
hija, ¿quién te la endonara?”
—“Donómela un caballero
que por mi puerta pasara;
tomárame por la mano,
a su casa me llevara,
en un portalico oscuro
conmigo se deleitara,
echóme en cama de rosas
en la cual nunca fui echada,
hízome —no sé qué hizo—
que d’él vengo enamorada;
traigo, madre, la camisa
de sangre toda manchada.”
—“¡Oh sobresalto rabioso,
que mi ánima es turbada!
Si dices verdad, mi hija,
Tu honra no vale nada;
Que la gente es maldiciente,
Luego serás deshonrada.”
—“Calledes, madre, calledes,
calléis, madre muy amada.
Que más vale un buen amigo
Que no ser mal maridada.
Dame el buen amigo, madre,
Buen martillo y buena saya:
La que cobra mal marido
Vive malaventurada.”
—“Hija, pues queréis así,
Tú contenta, yo pagada.”
6.7.11
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